Je, je, je

Octubre 11, 2009 por Literary News

Pasaba por aquí…

Nuria Van den Berghe

La onomatopeya denota una risilla aviesa. Como la del perro Pulgoso. Je, je, je… Por favor, ríanse conmigo de los derechos y garantías que, con tanta pulcritud y buen tono, aparecen en nuestro texto constitucional. Eso sí y en honor a la verdad, tener una Constitución rebosante de derechos resulta “muy” elegante. Luego, la aplicación de “esos” Altos Principios es cuestión más peliaguda y bastante más incómoda e inoportuna.

   Y lo digo refiriéndome al caso Gurtel, donde, por la prensa, nos hemos podido enterar de las trascripciones de las conversaciones telefónicas e incluso asistir, con un espasmo de horror, al hecho siniestro de que, los imputados, tenían intervenidas las comunicaciones con sus abogados. ¡Tomen garantías!.

  El que ya, hasta los letrados, desconfíen de los locutorios por si la policía está gravando con la aquiescencia de un juez, es algo que produce escalofríos. Lógico el poner en cuarentena los derechos constitucionales cuando se trata de delitos de terrorismo o que afecten a la seguridad del Estado. Vulneración de los derechos más elementales cuando no se investiga terrorismo ni se va a salvar vidas, sino que se investigan trajines y no hay más fin que joder al adversario político. Pero ¿Ustedes se extrañan de este estado de cosas? Pues si lo hacen es que son unos obtusos. O unos crédulos. O padecen algún tipo de minusvalía mental que les hace merecedores de uno de esos subsidios a los que, el pueblo llano, llama “paguillas”.

   Yo estoy libre de pecado. Porque, la larga experiencia me ha hecho, no incrédula, sino realista, así que puedo tirar la primera piedra que no es tal , sino un  salivazo dirigido certeramente a quienes hoy ponen el grito en el cielo por la publicación de datos y fechas de un procedimiento, escuchas incluidas y estrategias de abogados demostradas. Dicen que, los Gurteles, elegían a letrados bien relacionados. Normal en un Estado Dedocrático que es aquel en el que se señala con el dedo, no la excelencia, sino el amiguismo, “la mano” y “los contactos”. Todo funciona así. Y así ha sido siempre aceptado, ya dice nuestro sabio refranero lo de que “el que no tiene padrinos no se bautiza” y se capitaliza más el alardear de que se tiene a un colega juez, o fiscal, o a uno con muchas “influencias” que el ir con el conocimiento, la rectitud y la voluntad como único activo a ofertar al cliente. Así las “influencias” valen en esta moral de ladillas mucho más que la inteligencia. Hay los antivalores que hay y no nos vamos a sulfurar porque liberamos la hormona del estrés y se nos tuercen las moléculas y puede entrarnos un “repente”.

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   Je, je, je… Cara de “repente” se les ha puesto a los peperos con lo que ellos deben denominar internamente “escandalazo” y externamente “proceso inquisitorial” o alguna mandanga afín. Sin razón. ¿O es que los Gurteles han ocupado horas y horas es las más vulgares tertulias del corazón televisivo como aquellas en las que crucificaban públicamente a los “malayos”? ¿Clamaban los del PP por las garantías constitucionales cuando salían los malayos esposados de casas y despachos, cuando mandaban detener a las hijas para machacar a los padres y cuando repartían equitativamente las grabaciones de las casas de los “presuntos inocentes” (es coña) y vendían las fotos de sus fichas policiales a revistas y televisiones? No. No clamaban. La peliteñida alcaldesa de Marbella sigue alardeando de que ha sido “ella” que no la Justicia, la que mantiene al ex alcalde Juan Antonio Roca en la cárcel. ¿Por “influencias”?. Otra. Cuando presentamos más de un millón de firmas pidiendo el indulto para el héroe General Rodríguez Galindo, el hombre que ha desarticulado más comandos de ETA y en cuya biografía, último párrafo de la última hoja aparecemos mi marido, el viejo pintor y yo, cuando España entera asistía horrorizada a la soledad y a la enfermedad del soldado, tirado como un perro en Ocaña, Aznar se cerró en bandas y no quiso indultar. ¡Jódase General!. Vale. Y ahora los del PP, tan terribles en sus venganzas, se ven con más pregones que la Semana Santa y tienen que tragar quina. Y no lamentarse, por aquello de la festividad de San Martín y porque son afortunados en el fondo. Al menos Belén Esteban no es la cronista oficial televisiva del Gurtel como lo fuera en “Aquí hay tomate” de la Malaya.

   Y todos estos lodos son bienvenidos si nos llevan a la convicción de que hay que reformar la Constitución y exigir que diga la verdad. ¿Derecho al secreto de las comunicaciones? ¿Derecho al honor y a la intimidad? ¿Derecho a la presunción de inocencia?. Je, je, je…

  Y Belén Esteban como cronista de la Gurtel. Y fotos de las fichas policiales de los trajinosos al revisteo, pa que nos empapemos. Y a ver cuando coño detienen a los hijos y las hijas de los imputados, que eso desmoraliza mucho. Je, je, je…

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¿…?

Octubre 9, 2009 por Literary News

¿Para qué sirve un premio Nobel de literatura?

Por: Andrés Hax

Revista Ñ - 9/10/2009

Otra vez nos quedamos sorprendidos con la elección para el premio más importante de literatura en el mundo. Desde 1901 se otorga el Nobel y mientras que autores de excelencia indiscutible como William Faulkner o Gabriel García Márquez se quedaron con el galardón, son muchos más aquellos que después del premio quedaron en el olvido. Aquí, más que una respuesta, una opinión hecha de preguntas.

ALGUNOS PREMIOS NOBEL DE LITERATURA: Henryk Sienkiewicz, 1905; Axel Karlfeldt, 1931; Johannes Vilhelm Jensen, 1944; Frans Eemil Sillanpää, 1939; Patrick White, 1973; Herta Müller, 2009.

ALGUNOS PREMIOS NOBEL DE LITERATURA: Henryk Sienkiewicz, 1905; Axel Karlfeldt, 1931; Johannes Vilhelm Jensen, 1944; Frans Eemil Sillanpää, 1939; Patrick White, 1973; Herta Müller, 2009.

Una pregunta: ¿Qué tienen en común León Tolstoi, James Joyce, Marcel Proust, Ezra Pound, Franz Kafka, Joseph Conrad, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Jack Kerouac y William Burroughs?

Que ninguno de ellos ganó el premio Nobel de literatura.

Segunda pregunta: ¿Qué tienen en común: Bjørnstjerne Bjørnson, Rudolf Eucken, Carl Gustaf Verner von Heidenstam, Carl Friedrich Georg Spitteler, Frans Eemil Sillanpää, Halldór Kiljan Laxness y Herta Müller.

Me imagino que ya adivinó la respuesta. Todos ganaron el Premio Nobel de Literatura.

Apuesto que el lector común, como lo definió Virginia Woolf, podría nombrar una obra de cada uno de la primera lista. Y apuesto que el mismo lector común (un amante voraz de la literatura, el que no se va ni siquiera al baño sin un libro) tendría gran dificultad en nombrar solo una obra de la segunda lista de autores.

Esto es un juego de salón, vale. Pero en el juego se ejemplifica la pregunta que da título a esta columna de opinión: ¿Para qué sirve el Premio Nobel de Literatura?

Vamos a la fuente. Según el dice el testamento de Alfred Nobel el su premio en la categoría de letras es para “un autor de cualquier país en el campo de literatura el trabajo más extraordinario en una dirección ideal.”

Puede ser que por aquí empiezan las dificultades, porque es una definición ambigua.

Tampoco ella ganó el Nóbel

Tampoco ella ganó el Nobel

Pero sin duda La guerra y la paz, Ulises, Los cantos, El corazón de las tinieblas, Almuerzo desnudo, o La metamorfosis podrían ser considerados como ejemplares dignos de esta definición. O Vida, instrucciones de uso de George Perec. O hasta la obra bizarra de H.P. Lovecraft o las novelas de Philip K. Dick o Raymond Chandler y Italo Calvino.

Ya se discutió hasta el hastío sobre el uso político del premio de literatura. Veamos los otros premios. Obviamente el de la paz es un premio político. ¿Pero el de física? ¿El de medicina? ¿El de química? ¿Y el de economía?

El problema central para contestar esta pregunta es que resulta difícil que nuestro lector común tenga la educación suficiente para entender los trabajos científicos de vanguardia. La ciencia se ha especializado y se ha ido a un nivel de abstracción que hace falta por lo menos un pos-grado para realmente comprender qué es lo que hacen los mejore físicos, químicos y médicos del planeta.

Tal vez el premio de economía –la ciencia atroz (“the dismal science” como lo denominó Thomas Carlyle)- sea tan ambiguo como el de literatura y se explota con fines políticos. Pero la economía, en su más alta expresión teórica también es lejana a la inteligencia común y corriente, hasta de una persona considerada culta.

Además, si entendieran de verdad los economistas cómo funciona la economía, ¿por qué no pudieron predecir la catástrofe financiera de los últimos años? ¿Por qué no pueden solucionar el problema de la pobreza mundial? Pero eso quedará para otra columna de opinión.

La excelencia en la literatura es subjetiva. No podría ser de otra manera. La literatura no descubre nada. O sí: descubre la vida. La que vivimos todos, yendo al trabajo, tomando café, enterrando nuestros muertos… Los grandes escritores, premiados o no, son los que nos dan vida con su obra. Que crean con letras sobre papel un simulacro de la vida tan potente que casi se parece más a la vida que la vida misma.

El problema, al fin, del Premio Nobel, es que ya nos dejó de sorprender (e, irónicamente, si hay una cualidad que comparte toda la gran literatura es aquella de sorprender). O se le otorga a una eminencia gris que se lo merece de sobras (en la lista de esta categoría que aún esperan el premio, los conocemos a todos: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Milan Kundera, Philip Roth, Don Delillo…); o se le da a un escritor o escritora que –francamente– es de muy poca trascendencia (lo que no significa que sea mala escritora). Como es el caso este año con Herta Müler.

¿Me van a decir que Herta Müller ha escrito textos “más extraordinarios” y que van más en “una dirección ideal” que Cormac McCarthy, Thomas Pynchon, James Ellroy, Gonzalo Rojas, William T. Vollmann, Geoffrey Hill, Steven Millhauser, Jonathan Littell o –si, también- Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y etcétera.

Esto es una columna de opinión escrita en la Web: súmese al debate en el espacio de los comentarios.

Vade retro, Foxá

Octubre 9, 2009 por Literary News

 

 

ALBERTO GARCÍA REYES | SEVILLA
ABC – 9/10/2009
Los mismos que en aplicación de la «Ley de Memoria Histórica» le quitaron una calle en Sevilla al General Merry por su vinculación con el franquismo -sin saber que la calle no estaba dedicada a Pedro Merry Gordon, sino a su padre, que fue combatiente en la Guerra de Cuba-, para dársela a Pilar Bardem -«Nací en Sevilla porque en algún sitio hay que nacer»- han prohibido la celebración de un homenaje literario a Agustín de Foxá con motivo del 50 aniversario de su muerte «por respeto a la memoria histórica». El acto pretendía recordar las virtudes literarias de Foxá, autor de obras tan importantes como «Madrid, de Corte a checa». Pero los organizadores se econtraron con el veto del grupo municipal de IU al llegar al Centro Cívico en el que iban a glosar su figura. Una carta que les dejó el guarda de la puerta les impedía el paso, pese a que tenían el permiso pertinente del Ayuntamiento. «Siguiendo instrucciones de la delegada de Participación Ciudadana, se le deniega el acceso». Lo mejor es que la redicha delegada, Josefa Medrano, comunista que llegó al poder por su intensa actividad sindical en la Fábrica de Tabacos de Sevilla, tenía sus argumentos preparados: «Esta determinación se ha tomado por respeto a la memoria histórica y por evitar que el acto se convirtiera en una apología del franquismo».
Medrano descubrió después de dar el permiso a los organizadores que Agustín de Foxá fue falangista, diplomático y articulista de ABC. Suficientes datos como para permitir que se le homenajeara. Así que obligó a los ponentes a dar su conferencia en plena calle.
Aqulino Duque y Antonio Rivero improvisaron el homenaje a Foxá en plena calle

Aqulino Duque y Antonio Rivero improvisaron el homenaje a Foxá en plena calle

A los poetas participantes, que acusaron a los censores de «estalinistas rancios», no se le cayeron los anillos por dar su charla debajo de un árbol. El premio nacional de Poesía Aquilino Duque incluso agradeció el veto «porque es un honor mucho mayor que el hecho de que le den a uno la Medalla de Andalucía». Y Antonio Rivero Taravillo, que acaba de recibir el premio Comillas de biografía por su obra sobre los primeros años de Luis Cernuda -pura apología del franquismo- insistió en que «sólo ellos hacen interferir lo político con lo literario, porque yo sólo quiero decir que Agustín de Foxá es un prosista y un poeta excepcional». El filólogo Javier Compás, organizador del acto, matizó: «Esto es como si prohibimos los actos sobre Rafael Alberti porque era comunista. Los demandaremos por prevaricación».
Mientras los poetas hablaban a la intemperie, en las dependencias municipales seguía colgando la bandera republicana y un cartel sobre los actos que el Ayuntamiento sufraga para celebrar el «50 aniversario de la Revolución Cubana». Porque la literatura la pone Josefa Medrano, la cigarrera.

Las uvas de la ira

Octubre 9, 2009 por Literary News

Foto

La mujer de la fotografía se llamaba Florence Owen Thompson. Falleció en 1983. La imagen fue tomada por Dorothea Lange en 1936, cuando Florence contaba los 32 años de su edad. Muy mal llevados, desde luego, pero en aquellos tiempos, considerando las circunstancias y modo de vida que la obligaron a convertirse en inmigrante dentro de su propio país -los Estados Unidos de América -, no parecía probable que presentase mejor aspecto y más lucido color de cara.
Dorothea Lange (1895-1965), realizó una serie de fotografías como parte de su trabajo en California durante la Gran Depresión. En esa época, muchos campesinos pobres huían de la “Dust Bowl”, en busca de trabajo y una vida mejor, fugitivos del nefasto “Erial Polvoriento” de las grandes llanuras. Los retratos de Lange documentan las extremas condiciones que estos trashumantes -popularmente conocidos como “okis”, por su mayoritaria procedencia de Oklahoma -, encontraron al llegar a California. El trabajo de Lange fue encargado por el gobierno de Washington, en concreto la Administración de Reubicación, y se fundamentó en investigaciones previas sobre la vida de los campesinos y granjeros de Nipomo y el Valle de Imperial. Estas imágenes ayudaron a sensibilizar a la opinión pública norteamericana sobre las penurias que los emigrados soportaban, y ayudaron a ganar apoyo para los programas gubernamentales de ayuda. Lange publicó esta fotografía con el título “Recolectores de guisantes indigentes en California. Madre de siete hijos”.

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Nueve años de sequía y la terrible aridez de una tierra surcada durante muchas generaciones por arados baratos, de baja aleación y escasa capacidad para profundizar en el suelo, convirtieron inmensas extensiones, desde el Golfo de México hasta Canadá, en desolados campos de ceniza donde vientos y huracanes levantaban una polvareda persistente, tan densa que ocultaba la luz del sol. Este fenómeno, la catástrofe ambiental más grave del siglo XX, empobreció de tal manera a los agricultores que, en poco tiempo, se produjo el masivo fenómeno migratorio. Viajaban de la oscuridad y la miseria a la dorada California, donde a la inmensa mayoría les esperaba la explotación salvaje, la implacable carestía y una existencia errabunda bajo la atenta sospecha de las autoridades y el rechazo de la población. Cientos de miles acabaron allí sus días; a unos se los llevó la enfermedad, a otros la locura, la prisión y la violencia que campa a sus anchas en el sórdido hacinamiento de las masas empobrecidas.

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Jhon Steinbeck escribió y publicó en 1939 su celebérrima novela “Las uvas de la ira” con objeto de narrar aquel drama de sus compatriotas. La novela fue llevada al cine en 1940 por Jhon Ford, de quien se dice que “no tuvo estómago” para adaptar fielmente el sobrecogedor final de la narración, cambiándolo por otro más llevadero a la ya de por sí conmovida conciencia del espectador. Son ambas obras, película y novela, descripción muy dura de una realidad inmisericorde, un largo viaje hacia el vacío y la muerte durante el cual nada ni nadie se apiadaron de los campesinos despojados y expulsados de sus tierras. Sin embargo, hay en el título de la obra un amago o concesión al “tremendismo”, por otra parte absolutamente innecesario si nos atenemos al motivo de la misma. Me refiero a la ira. No hay ira en los campesinos pobres, los desarraigados “okis” que trabajaban los campos de California por veinte centavos de dólar al día. Hay fatal ignorancia, inevitable brutalidad, resignación ante el adverso destino, sumisión… hay una trágica determinación de sobrevivir que convierte a los protagonistas del relato en inermes héroes de una causa perdida. En algunos momentos de la narración aflora la rebeldía, cierto. Pero se trata de una respuesta ante la adversidad tan inocente, tan predestinada a lo inocuo, que desde su nacimiento despierta nuestra compasión.

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El rostro de Florence Owen Thompson no es el rostro de la ira. La extraordinaria fotografía de Dorothea Lange nos muestra una mujer vencida que intenta mantenerse digna en la calamidad de la derrota, como tantas iguales a ella: las que hubo, hay y habrá. Sobre qué estaría pensando en ese momento, conjeturó el escritor Raúl Guerra Garrido: “Cuando Dios está de joder, todos los santos ayudan”. Ella no desmintió pensamientos parecidos hasta el lecho de muerte. No seré yo quien lo haga ahora.

La Opinión de Granada – 9/10/2009

Tabardillos pasajeros

Octubre 4, 2009 por Literary News

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Paco, el mecánico de electrodomésticos con taller en la calle Sederos, nunca acudía a los avisos la primera vez que era requerido. Mantenía la teoría, muy digna de tener en cuenta, de que es tiempo perdido presentase de prisa y corriendo para reparar cualquier cacharro porque, según él, “muchas veces las cosas se arreglan solas”. Únicamente cuando la desolada ama de casa con el lavavajillas descuajeringado insistía tres o cuatro veces, se personaba él, dinámico y redentor, en el hogar con los platos amontonados en el fregadero. Todos a salvo, incluidos la lógica y el sentido común.
Si atribuimos a las máquinas la capacidad de “estropearse”, también tendrá punto de apoyo en lo razonable la presunción de que cualquier aparato, igual que solito se descompuso, podrá volver a funcionar repentinamente. Algunos autores denominan a este fenómeno “la perfidia de los objetos inanimados”, y yo creo que todo el mundo se ha sentido en alguna ocasión víctima de dichos tormentos. ¿Cuántas veces ha accionado usted el interruptor de la luz, y no iba, y luego sí y luego no… hasta que el contratiempo se resolvió por su propia, misteriosa inercia? Y quien dice el interruptor, dice el autoradio, la TV, la batidora o el ordenador. Concretamente, y hablando de estos artilugios cibernéticos, creo haber perdido la cuenta de las veces que han dejado de funcionarme, sin previo aviso ni aparente remedio, para recomponerse a los diez minutos, convenientemente reiniciado el sistema”. Tanto se reinician los ordenadores, ya por costumbre, que hemos inventado una palabra nueva, más rotunda y compleja, para definir esta acción: “Reinicializar”. Sospecho que el anglicismo es de aúpa, pero entendámonos: no es lo mismo encender algo que, cargados de experiencia y tesón, nos dispongamos con toda pompa a reinicializarlo, nada menos. A ver qué PC se resiste.
Hace breves fechas, sin embargo, encontré un término perfectamente exacto para señalar estas disfunciones aleatorias del ordenador. La situación era típica: a ratos funcionaba, a ratos no. Tras unos cuantos días de sufrir este inconveniente, el “computer”decidió “motu propio” resolver lo problemas consigo mismo y ponerse a trabajar, que para eso lo tengo como los chorros del oro y le pago su tarifa plana. Ni un sí ni un no desde entonces. Mi adorable prójima, quien comparte conmigo sus días pero, lógicamente, no su ordenador, resumió el incidente con estas sabias palabras: “Eso es que le había dado un tabardillo pasajero”.

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Decisivo hallazgo. Llevo toda la semana pensando en escribir a Microsoft, a Linux y Google para que incluyan el nuevo término, “tabardillo pasajero”, en el diccionario de ensalmos informáticos y, sobre todo, en los menús de ayuda de sus respectivos programas y sistemas operativos, bajo el apartado “Solucionar Problemas”. Créanlo: si cualquier artefacto es capaz de arreglarse solo, los ordenadores son expertos en esta habilidad autocurativa. Los intríngulis de su funcionamiento son tan ajenos a la comprensión de la mayoría de los mortales que, francamente, a casi nadie le puede extrañar que sean capaces de lanzar funestos mensajes de “Error Fatal del Sistema” para, media hora más tarde, volver a recibirnos con la risueña musiquilla de “Inicio”, como si tal cosa; en el peor de los casos, un mensaje inocuo, tranquilizador: “La sesión anterior se cerró repentinamente. ¿Desea restaurarla?”. Pues haga usted lo que pueda, o mejor dicho: lo que le de la gana. Total, es su línea desde que nos conocemos.
Sólo existen unas máquinas aún no obcecadas en funcionar a su arbitrio: los coches. Por fortuna. Imaginen que van a tomar una curva y en el cuadro de mandos aparece esta indicación: “Va a abandonar la trayectoria recta. ¿Está seguro de que desea girar a la izquierda?”. Aunque los coches también tienen lo suyo, no crean. Ayer, sin ir más lejos, mi dulce prójima -creo que ya les he hablado de ella -, metió unas cuantas cosas en el maletero, cerró con energía… y se espachurró el pulgar de la mano derecha. Ahora la tengo sentada en el sofá de la paciencia, entretenida la pobre mientras bichea en el ordenador, con el brazo vendado. Ruego a los cielos que al maldito cacharro, por joder, no le entre uno de sus tabardillos pasajeros. Sin poder conducir y sin poder navegar qué iba a ser de su vida. Qué sería de nosotros.

La Opinión de Granada – 4/10/2009

La mujer que no amaba a las mujeres

Octubre 2, 2009 por Literary News

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No debería usted seguir leyendo este artículo si tiene pensado ver la película “Los hombres que no amaban a las mujeres”. Aunque, la verdad, tampoco es que vayamos a desvelar partes esenciales del argumento porque dicho film, lo que se dice partes esenciales, no tiene. Determinado cine de entretenimiento es al séptimo arte lo mismo que los “phoskitos” a la alimentación humana: engordan pero no alimentan. O sea que el asunto tampoco tiene mayor importancia, pero bueno, las promesas hay que cumplirlas y el pasado viernes quedé con ustedes en escribir sobre un tema tan poco novedoso como la popular novela de Larsson.
Entretenido, bien tramado el argumento y bien interpretado por unos autores solventes -y por supuesto, desconocidos para la mayoría del público; la producción es sueca/danesa/noruega -, la película plantea un conflicto moral de lo más interesante. O mejor dicho, no lo plantea, lo que la hace aún más curiosa. Verán -lo que no hayan visto aún este metraje -: una joven de opulenta familia es vejada, golpeada, violada y brutalmente humillada por su padre y su hermano, dos energúmenos que se jactan ante ella, entre otras hazañas, de haber torturado y asesinado a muchas mujeres. Son dos homicidas sistemáticos, psicópatas racistas, depravados que encuentran satisfacción en el dolor y el pánico de sus víctimas. La chica, Harriet Vanger, consigue librarse de su padre, escapa del hermano y, ayudada por una tía que debía quererla mucho, huye a Australia, donde pasa cuarenta años desaparecida, criando ovejas o algo semejante, llevando una vida bucólica, tranquila y alejada del horror que vivió en Suecia. Eso sí, no olvida el detalle encantador, supersentimental de la muerte, de enviar cada año a su amado tío Henrik un regalito, trabajos manuales como de escuela que el atribulado pariente cree son remitidos por el asesino de su sobrina.
Harriet Vanger conoce el terrible secreto de su familia, sabe que su hermano continua secuestrando, martirizando y asesinando a mujeres… y no hace nada durante cuatro décadas. Calla desde su seguro refugio australiano, envía el primoroso recordatorio a su tío y vive la vida; porque total, para cuatro días que vamos a estar en este mundo, para qué complicarse la existencia. Hasta que el periodista Blomkvist y la hacker Salander dan con ella, Harriet sigue muda y feliz en su planeta de ovejitas, ropa vaquera y sombreros a lo Cocodrilo Dundee. Final feliz: el reencuentro con el tío Henrik, la disculpa. “No sabía que interpretabas así el envío de mis regalos de cumpleaños”, se justifica. Todos contentos. Las mujeres sacrificadas, decenas de ellas, que han padecido las atrocidades del asesino, transcienden su condición de cadáveres descuartizados para convertirse en anécdota argumental. Lo importante es que la niña bien de familia rica haya aparecido, y que el malo esté muerto. El sufrimiento de la plebe… ah, la vida es dura, amigos. El silencio de Harriet… bueno, la pobre estaba tan traumatizada… no es de extrañar.

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Desde que el redactor de necrológicas Pereira -aquel que siempre sostenía algo -, dejó colgado al ignorante cajista de su periódico lisboeta, inerme ante la dictadura salazarista, en descubierto y culpable por haber publicado un artículo subversivo sobre el asesinato de García Lorca, no se había contemplado semejante arrogancia y desembarazo ético en una narración literaria, sea en “soporte” cine o papel, lo mismo da. Pereira y Harriet Vanger tienen algo en común: ambos huyen, se salvan, se liberan, y no echan la vista atrás ni muestran siquiera atisbo de analizar su propia responsabilidad en el horror concreto que tiraniza el ambiente del cual consiguen huir. Salvados ellos, húndase el Titanic.
Aunque quizás la actitud de Harriet Vanger resulte simpática, digna de compasión y solidaridad bajo la mirada amorfa de la ética ultramoderna. La primera obligación del individuo, parece ser, exige encontrar su exclusivo, protector paraíso. No importa que la seguridad física implique la muerte de la conciencia, la pizca de rebeldía ante la iniquidad que el espíritu medio despierto impone a cualquier ser humano. Lo que suceda a los demás, es cosa que no nos incumbe. En todo caso siempre queda la esperanza de que un periodista como Blomkvist y una joven que los tiene bien puestos como Salander, hagan justicia y se esmeren en dar a los malvados su merecido. En caso contrario, qué le vamos a hacer. La vida es dura, ya se dijo. Y ande yo caliente…
En fin, que se me olvidaba: el novelista Stieg Larsson es considerado por muchos críticos como autor de “conciencia social”. Vale. Para tomar nota.

La Opinión de Granada – 2/10/2009

La princesa cuesta arriba

Septiembre 27, 2009 por Literary News

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Tuve una pesadilla terrible -primera redundancia, primer paréntesis -, con Mario Benedetti de protagonista. Yo iba caminando por la calle y lo encontraba parado en la acera, frente a un escaparate, en actitud de indiferencia. Me pareció que llevaba peluquín. Siempre pensé que se teñía el pelo, pero la pesadilla no confirmó esa conjetura. Con su escandaloso peluquín, quieto ante el escaparate, mirando hacia el otro lado del cristal, o desde el otro lado, la vida y la muerte se fundían en una sola impresión desde su imagen. El peluquín adquiría rango de artificio funerario.
Yo pensaba: “Este individuo lleva muerto tres o cuatro meses, no puede ser, o esto es una pesadilla o la avería es muy seria”. Decidí que estaba soñando y que, como siempre, mis licencias oníricas eran muy simples. Se convierten en metáforas. Decidí despertar, pero me resultaba imposible, y en eso consistía lo “terrible” de la pesadilla. A nadie le gusta mirar a la muerte mientras la muerte nos ignora con ademanes lejanos y mudos en su satisfecha crueldad, confiándonos lo que piensa: “Ya te alcanzaré, aunque será cuando yo quiera, no cuando tú lo sueñes”.
Desperté sudoroso. Me levanté, fui al baño y oriné con rabia. Después volví a la cama y fumé un par de cigarrillos antes de tranquilizarme y volver a dormir. En la campana de a saber qué iglesia, una entre las muchas que rodean mi casa, dieron tres toques de bronce como tres amenazas de gloria eterna a los descreídos sobre la potestad mortífera de un peluquín. La hora del diablo, dicen; las tres de la tarde invertidas, hora en que Jesús murió en la cruz, asegura la tradición. Aunque esto lo creerá el que quisiere.
La verdad es que la persona de Benedetti nunca me atrajo, ni él ni su obra, y estaba seguro de que la pesadilla era respuesta a la leve desazón por la noticia del día anterior: la muerte del actor Patrick Swayze, a los 57 años de su edad. Me caía bien Patrick Swayze, y me disgustó enterarme de que había colgado los tenis. Por qué vino Benedetti a representar el papel de la muerte, la princesa cuesta arriba con un manto de oro como de armiño, me resultaba remotamente explicable. Desde hace tiempo sentía vinculada su imagen, su palabra y su poesía, a causas funerales: Patria o Muerte, Socialismo o Muerte y cosas así, guerrillas selváticas, aventuras de armas, empeños revolucionarios en los que ni siquiera el éxito, improbable, libera de la posibilidad de la muerte a los más que probables mártires de la causa. Me parecía un buen propagandista sobre la necesidad de vencer o morir, brillante cantor de la muerte como verso final al poema que se escribe con la sangre de otros.

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Dos días después, en el AVE Sevilla-Córdoba, uno de los viajeros iba leyendo la primera novela de Benedetti, “Quién de nosotros”. Diez minutos antes de llegar a término se levantó para ir al servicio -eso supuse -, y dejó el libro sobre el asiento. En Córdoba, el lector no había regresado. Una azafata me dijo que el usuario de aquella plaza tenía destino en esa misma estación, que ya se habría bajado, olvidando el libro. Decidí quedármelo.

Libro
Ahora lo tengo en casa, “Quién de nosotros”. Son muy pocas páginas, de letra grande. No me atrevo a leerlo. Recelo que en algún episodio de la novela aparezca un viandante que encuentra a un anciano con peluquín parado ante un escaparate. Todas las noches, antes de dormir, rezo el conjuro contra las pesadillas mortuorias: “Benedetti es un genio, Swayze era hermoso”. Ahora sueño a menudo con Edmond Rostand y su Cyrano, dos difuntos de siempre, de toda la vida. Gente de la que se puede uno fiar. Ya no me atosigan las pesadillas, sólo el miedo a los escaparates. Pero ese temor es como Cyrano y sus ingeniosos versos: algo tan conocido, tan previsible como la muerte del héroe al final de la comedia. Eso, ya, asusta menos.

La Opinión de Granada – 27/09/2009

Rumor

Septiembre 25, 2009 por Literary News

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Un sección sobre libros, cine, música, arte, me propone amablemente el director de este periódico… y en mi vida me he visto en tal aprieto. El arte es largo, la vida breve y la ocasión fugitiva, afirmaba Hipócrates. Y no es porque lo dijera él, hombre sabio entre los muy doctos, sino porque parece verdad sin controversia: demasiado largo es el arte y muy escasa nuestra comprensión del mundo como para pretender unas páginas que asomen a esa realidad tan compleja con razonables garantías de no despeñarnos a mitad de camino. Pues asimismo afirmaba el viejo Hipócrates que la experiencia suele ser falaz y “dificultoso el criterio”. Largo y proceloso parece pues el sendero.
“Largo y proceloso como el reinado de Witiza”, define el novelista García Pavón uno de los casos más célebres resueltos por su detective Plinio, jefe de la policía municipal de Tomelloso. Un evocador augurio y una buena manera de abordar las complicaciones que surgen en la existencia. A García Pavón, maestro de escritores y, consiguientemente, muy olvidado hoy día, le sirvió aquella sentencia histórica para tramar una de las novelas más brillantes, sabrosas y entretenidas que he leído: “El reinado de Witiza”. Fue proclamada finalista en el premio Nadal (1967). ¿Alguien recuerda quién ganó aquella edición del certamen? Cuarenta y dos años después, aún puede encontrarse en librerías “El reinado de Witiza”, con demasiada dificultad pero puede hacerse. Y a eso es precisamente a lo que iba, ahora mismo lo explico, tras este punto y aparte.
Se supone que una página que trate sobre libros y demás expresiones artísticas, se alimentará de novedades. Correcta presunción, desde luego, pero algo injusta. Los anaqueles de las librerías están colmados de títulos que fueron novedad hace mucho tiempo y que siguen resistiendo, heroicos en su lucha contra el polvo y el olvido, gracias a que unos pocos, entusiastas lectores y buscadores del valor literario por encima del precio de la actualidad, mantienen su débil aunque inagotable aliento. Es el rumor permanente de lo literario, o lo que viene a ser lo mismo: lo necesario. El ruido de las listas de éxitos puede escucharse en cualquier parte, no hace falta entrar en una librería o una biblioteca para enterarse de que la trilogía de Stieg Larsson se vende como chuches a la salida de la escuela. En el mismo Mercadona, junto al expositor de pilas alcalinas y el montón de turrones marca Hacendado, nos guiñan el ojo y hacen muecas de simpatía esos hombres que no amaban a las mujeres. También de ellos se hablará, no se apuren, pero a su debido; es decir: la semana que viene.
De momento parece más urgente recordarles a ustedes y recordarme a mí mismo que hay cientos, miles de libros benditos por el aroma de la excelente literatura, aguardando a ser redescubiertos por el lector de mirada generosa. Ese aroma, no hace falta decirlo, es el de la tinta virgen y el papel que aún cruje por lo nuevo al hojear las antiguas páginas que hace mucho nadie ha visitado. La emoción de novedad, percibida en lo que siempre estuvo, es muy distinta al impulso de compra con la vista fija en los turrones Hacendado, créanme.
De momento, si pasan por la librería de su barrio y en vez de iniciar la colección de fascículos sobre trabajos en punto de cruz, solicitan información acerca de las novelas de Plinio y la obra de Francisco García Pavón, además de trabajo puede que den al dependiente una discreta, casi clandestina alegría. Quizás el buen hombre piense que, en el fondo, no está tras el mostrador para vender lo que se anuncia en la tele sino para acercar a sus clientes aquello que necesitan para ser, digamos, más felices. En el caso que nos ocupa, y como casi siempre, un libro. El día que alguien invente algo mejor, que avisen por megafonía. Servidor, mientras tanto, leyendo espera.

La Opinión de Granada – 25/09/2009

El dúo de los gatos – Rossini

Septiembre 20, 2009 por Literary News

¿O es que sólo nos queda morder el polvo?

 

Mi primera boda gay

Septiembre 20, 2009 por Literary News

La alcaldesa de Jerez, donde se celebraba la ceremonia -civil, por supuesto -, se marcó un discurso de cuarto de hora sobre el amor, rematado con la lectura de un poema de Benedetti: “Yo no te pido que me bajes una estrella azul… “, etcétera. No sé porqué los actuarios en este tipo de solemnidades se empeñan en aleccionar a los contrayentes sobre qué cosa sea el amor, cuando debería suceder al revés, si es que la experiencia tangible y palpable sirve para algo.

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Lo demás… como todas las bodas. La única diferencia estuvo en que en vez de un novio risueño y medio achispado repartiendo puros entre los invitados, y una novia con los pies destrozados, deseando marcharse al hotel, había dos vigorosos novios, cada cual atacando desde una esquina del salón de banquetes. Todo conforme a los cánones: los entremeses estupendos, el cóctel de marisco buenísimo, el solomillo bien hecho y el gracioso borracho tocapelotas de turno, a lo suyo: regó a toda la mesa con vino espumoso, como si en vez de una boda estuviésemos celebrando que su pastelera madre había ganado el gran premio de San Marino de Fórmula Uno.
Luego llegó el baile, y mis niveles de misantropía alcanzaron valores de preocupar. Carrozas y adolescentes, hermanados en el jolgorio, danzaban con la pechera exudándoles alegría y cava; miles de kilos de señoras sobre tacones finos -que les hacían las pantorrillas gordas -, intentaban marcarse el pasito “p’alante”, pasito “p’atrás”. Fue una eclosión de muchedumbres con perifollos, empeñados todos en ser felices a base de su poquito de alcohol, su poquita de música verbenera y su muchísima falta de sentido del ridículo, y esto último lo digo sin mala intención, que conste. Cuando dentro de unas días se vean en el vídeo de la boda, todos y todas, unánimemente, exclamarán entre risas abochornadas: “¡Qué horror, vaya pinta que llevaba! Claro… después de la cena… con las copas”. Pues no se cuezan ustedes, señoras mías, caballeros, que no es obligatorio, vamos, que los novios van a ser igual de felices, o desgraciados, sin acordarse en absoluto de la resaca que al día siguiente les castigaba a ustedes el exceso.
De vuelta la hotel, casi de amanecida, tanto a mi prójima como a mí mismo nos zumbaba la cabeza. Demasiado cercano el estrépito. Nos echamos a dormir hasta pasado mediodía. Y nos cayó multa de la ORA, como estaba previsto.

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Para tranquilizar un poco los ánimos, desplazamiento al Puerto de Santa María. El menú no varió demasiado respecto a otras ocasiones: un glorioso, inmejorable arroz a la marinera. Y después un helado. Y un espontáneo apremio: “Al hotel de nuevo, no hay tiempo que perder… la siesta espera”.
Me gusta el eufemismo de la siesta cuando hay ganas de todo menos de, precisamente, dormir la siesta. Lejos el vociferio de los entusiastas invitados, el estruendo de las musiquillas horteras, bien lejos los novios, supongo -de viaje nupcial en Tailandia -, al final quedamos los cabales: ella y yo. Fue tanto o más glorioso que el arroz a la marinera.
Conclusión. Que las bodas gays, hetero o metrosexuales, bautizos por la iglesia o por lo civil, primeras comuniones y otras algarabías colectivas, no son prólogo adecuado para el amor, ni siquiera para el sexo. Mil veces se lo tengo dicho a mis hijos, los cuales, como es natural, no me hacen ni caso: “A quien conozcas en un bodorrio, un “after” o en medio del botellón, de madrugada, mejor ponle cuarentena, que del ruido nunca salió nada bueno”. Mejor un poco de silencio que se deje surcar por los susurros del deseo, no los gritos de la euforia. Para estos festejos en lo íntimo, donde se celebra únicamente la pasión por la propia vida compartida, más de dos no es que sean multitud: son un perverso antídoto.

La Opinión de Granada – 20/09/2009