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La conjura de los necios (y de los malvados)

Noviembre 6, 2009

Publicado en La Opinión de Granada, el día 6 de octubre de 2009, fecha de defunción del periódico.

El decano de una prestigiosa facultad de letras norteamericana, en clase de literatura, pregunta por dos alumnos -él y ella -, que no han aparecido en todo el curso: “¿Quiénes son?” ¿Acaso estoy refiriéndome a oscuros espectros?”.
El decano se llama Coleman Silk, personaje interpretado por Anthony Hopkins en la interesante adaptación cinematográfica de la novela “La mancha humana”, de Philip Roth. Y lo que ignora el pobre Coleman Silk es que los alumnos absentistas, a los que irónicamente ha definido como “oscuros espectros”, son “afroamericanos”, es decir, de raza negra. En cuanto la maquinaria inquisitorial de la policía del pensamiento y los nuevos dictadores de lo políticamente correcto se ponen en marcha, por reacción al comentario del decano, la vida de éste se convierte en un suplicio: se le expulsa de la universidad, lo jubilan… y su mujer fallece a consecuencia de una embolia súbita, provocada por el tremendo disgusto. La palabra “oscuro” ha destruido la vida del profesor y ha acabado con la existencia de su mujer. Es el arma con que la asesinaron, el veneno que gente sin conciencia pero atiborrada de buenos principios vertió en el paladar de la víctima mientras dormía. Eso sí, tal como afirma una histérica profesora del claustro, la chica negra que ha pasado el curso sin dejarse ver por clase de literatura, “está destrozada” por culpa de esa palabra: oscuro.


El resto de la historia, compleja, plagada de ambigüedad moral y desazón psicológica, podría haber sido anécdota, añadidos prescindibles al espectacular inicio de la historia. Philip Roth, sin embargo, prefiere abundar en los detalles más espinosos de la ingeniería social norteamericana. Un secreto acallado por Coleman Silk durante toda su vida, el amor por una enigmática mujer a la que dobla en edad y las maquinaciones homicidas del ex marido de ella, completan el entramado de una narración que, como era de esperar en la maestría de Philip Roth, llena de desasosiego al lector/espectador de esta obra; la cual, por cierto, pasó por nuestras pantallas en 2003 y sigue en librerías sin mayor popularidad que el resto de la producción literaria de Roth. Ni falta que le hace, desde luego.
Pero a lo que iba. La única conclusión que cabe tras la experiencia de “La mancha humana”, parece desoladora: ¿De qué sirve esforzarse, sacrificarlo todo -incluida la misma identidad -, en aras de una existencia sin complicaciones, si al final resulta que el mundo está en manos de los estúpidos y los malvados, lo que tarde o temprano nos condena a la perdición?

 Hay una simetría perversa, cruel hasta lo insoportable, en la vida de Coleman Silk. Los prejuicios raciales -es decir, la brutalidad humana -, lo convirtieron en impostor vitalicio; la tirana gazmoñería de los vigilantes de la corrección política acabaron con su carrera y con la vida de su esposa; y la alianza entre un perfecto asesino y la necedad de una psicóloga forense estragada por el buenismo mortífero de los ineptos, dejarán impune su injusto final. Se cierra el ciclo ecológico: las personas normales, sensatas, amantes de su trabajo y empeñadas en perfeccionarse a sí mismas, son depredadas sin compasión por los idiotas y los criminales. El funeral de Coleman Silk se convierte en una horrible escenificación de la hipocresía contemporánea: todo son golpes de pecho, arrepentimiento, alabanzas a su persona y compunción por lo sucedido. Los partícipes en estas exequias saldrán del templo convencidos de ser un poco mejores, cuando lo cierto es que su puntual mojigatería los confirma plenamente como lo que son: una execrable comandita de pérfidos santurrones. Sepulcros blanqueados.
Comenté a un amigo, hace unos días, mi intención de escribir sobre “La mancha humana”. Me preguntó de qué iba la historia y no se me ocurrió otro resumen que este: “Como <La conjura de los necios> pero escrita con mucha mala leche”. No creo equivocarme demasiado. Donde había situaciones hilarantes -en la novela de John Kennedy Toole -, pongan ustedes conflictos sangrantes, indignantes, y tendrán “La mancha humana”. La misma receta para distintos sabores, del mazapán de la risa al acíbar de la iniquidad. Dos sentimientos para una sola impresión: dos obras maestras que brillan y queman a pleno sol en el mundo oscuro de la gente oscura, que es la que manda.

A Manuel Ruiz Amezcua

Octubre 30, 2009
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Portada de "El romancero gitano", edición y prólogo de Manuel Ruiz Mezcua

Querido amigo:
 He leído con todo detenimiento y mucha gratitud tu prólogo a “El romancero gitano”. Creo que consigues un resumen perfecto y equilibrado de tantas y tantísimas cosas como se han dicho y escrito sobre esta obra. La definición de Lorca como “poeta de mitos, más que de ideas” que señalas en López Morillas, la encontré hace años en Abellán y su “Historia crítica del pensamiento español”. La impresión que da tu formulado, sin embargo, es que te decantas por una posición más radical y más verdadera. Directamente y a las claras: Lorca no es un poeta de ideas, sino de mitos; lo que justifica su actitud digamos “notarial” (cargada de lírica y profunda lucidez sensitiva, pero fríamente “fedataria” a la postre), ante el drama del ser, la violencia, la vida y la sangre como confusos testigos de la única verdad que da sentido a la existencia: la muerte. Yo percibo en la obra de Lorca, tal como la analizas -y en eso creo que coincidimos de lleno -, un alejamiento poético de lo meramente humano para acudir a una gozosa y trémula rendición ante lo inevitable, la ley implacable que nos tiraniza desde el “fondo indiferenciado de cuanto existe”, nos impele a comportarnos como seres oscuros a medio domesticar por la razón y, al mismo tiempo, nos condena a la fascinación por la muerte en tanto supone el último, definitivo y extremo acto de amor al Todo (la unificación, “la destrucción o el amor” que diría Aleixandre). Desde ese punto de vista, el acatamiento a la indómita naturaleza del ser y su enfebrecida dependencia de la esencialidad de las cosas -claro está -, no me extraña que pongas de manifiesto el perfecto machismo del romance de La casada infiel. La realidad es la que es y el poeta, en este caso, se limita a señalarla tal como acude perceptible a nuestro sentido del mundo. La vida y su aliento simétrico, la muerte, no conocen de ideologías, ni políticamente correctas ni incorrectas ni Dios que las fundase.

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El Rubencio.com

Muy precisa, yo diría que demoledora, me parece tu afirmación de que Lorca es un poeta universal porque “convierte en universal todo lo que toca”. Pues efectivamente, ¿cómo no iba a ser universal el poeta que, quizás con más capacidad intuitiva y desde luego con más talento, ha indagado hasta el vértigo en el misterio del ser, la naturaleza y la conciencia? Lo que me lleva a una última reflexión que no figura en el prólogo que has escrito para “El romancero…” pero que sin duda compartes: quien frecuente a Lorca en busca de pura y mera emoción estética, una de dos: saldrá finalmente frustrado o acabará convertido en uno de esos “lorquistas coñazos” que tiritan bobaliconamente complacidos en su mundo naif de lunas, nardos, gitanos de cobre y guardias civiles a caballo por el olivar. Sin embargo, si acudimos al poeta en busca de la osadía del conocimiento, ese “saber decir lo que nunca puede saberse”, entonces, ay… nos dará para pensar durante toda la vida.
En fin, mi enhorabuena por ese texto, necesariamente breve, que sin duda podría ser armazón original de un ensayo mucho más extenso y colmado de hallazgos sobre la obra lorquiana.
Un abrazo.

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Arquerosa. hoy Valderrubio

PS./ Me permito hacerte una humilde corrección. La casa familiar de Lorca -aunque su padre lo “asentó” en el registro civil de Fuentevaqueros -, estaba y sigue estando en Arquerosa, no “Asquerosa” como figura en tu prólogo. El nombre deriva del latín “Aquae Rosae”, “agua rosa”, por antonomasia con el “rubéns/ rubentis” latino. Aguas rojas, doradas, por el fluir del oro en el cauce del río Cubillas y sus pequeñas derivaciones, tal como sucedía en nuestro mínimo, granadino Darro/Dauro. En sus memorias, Luis Seco de Lucena incluye una encendida defensa del nombre de Arquerosa frente al nuevo, más “presentable”, de Valderrubio. Afirma que se ha cambiado “el oro legítimo de la Historia” por “el falso metal” del recato léxico. Si te fijas, el remozado nombre viene a significar más o menos lo mismo que el anterior, “valle dorado”, pero dicho en idioma fino moderno. Ironías de los tiempos: de la misma manera que el decoroso nombre de Arquerosa derivó popularmente en “Asquerosa”, el ideario del común concibió la trepidante idea de que Valderrubio se llama de esta forma porque en dicha pedanía -hoy entidad local autónoma -, se cultiva o cultivaba mucho tabaco que luego era utilizado en labores tipo “rubio americano”. Cosas veredes…

La Opinión de Granada – 30/10/2009

2012

Octubre 23, 2009

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No podemos sustraernos a la necesidad de un principio para cuanto existe. Y la experiencia indica que todo lo que empieza, acaba tarde o temprano. El mundo por ejemplo. Nos fascinan las conjeturas sobre el momento más o menos exacto de ese punto y aparte surgido tras la escisión entre ser y no ser, es decir: el acabóse.
El libro de la Biblia (con perdón por la redundancia) más leído, estudiado, analizado y minuciosamente despiezado por numerólogos y cabalistas es el Apocalipsis. Nos interesa más saber hasta cuándo vamos a estar sobre el planeta que el motivo de nuestra presencia en el mismo. Han surgido tantas adivinaciones y adivinos sobre el asunto que uno tiene a veces la impresión de ir esquivando cataclismos como quien escurre el bulto bajo la tormenta, escondiéndose por los portales. Estamos aquí de milagro, lo que nos lleva al principio del problema: si nuestra razón de ser en el universo es una enrevesada ecuación, ¿cuándo se resolverá la última incógnita? ¿Y con qué resultados?
Con este material de partida, se pueden hacer dos cosas. Estrujarse la mollera hasta sentir los latidos del vacío o, en plan mucho más práctico, convertilo en materia literaria y escribir una obra apasionante y divertida, como “2012″, del novelista y artista plástico estadounidense Brian D’Amato. Ah, pero no levante usted la ceja, serio lector de literatura respetable. Ya dijo Julio Cortázar -y lo dijo muy bien dicho -, que lo divertido no es lo opuesto a lo serio, sino a lo aburrido. D’Amato es un autor que tiene la rara virtud de ofrecer a sus lectores el excelente atractivo de la originalidad. ¿Apocalipsis? ¿Fin del mundo? El tema parece sugerente para uno de esos novelones, cualquier best-seller al uso, pero D’Amato no va a conformarse con tan poco; el que quiera saber, tiene primero que aprender, y por eso mismo nos participa su fascinación por una cultura tan antigua, esplendorosa y enigmática como el imperio maya. Y nos presenta, con toda solvencia y osadía, su escalofriante calendario.

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Los mayas, que eran capaces de predecir con certeza milimétrica los cambios estacionales, el flujo de las mareas, los eclipses astrales y demás fenómenos maravillosos de la cúpula celeste, utilizaban un calendario tan fiable que establece, con toda solemnidad, la fecha del fin de los tiempos: el 21 de diciembre de 2012.
La efeméride va corriendo por ahí de boca en oído, y el juego ha comenzado: libros, novelas y, por supuesto, una película de próximo estreno se ocupan de la cuestión. La originalidad de Brian D’Amato ha sido, estoy convencido de ello, novelar con brillantez, audacia y no poco sentido del humor un argumento que a buen seguro va a llevar desasosiego a arúspices y visionarios; ha convertido la profecía funesta en un relato ágil, a menudo trepidante, colmado de guiños culturales al lector y muy inteligente en la medida en que tras la lectura de “2012″ (Ed. Vía Magna, para quien le interese el dato), se tiene la impresión de haber asistido a una amable ceremonia de desdramatización. Como dirían los griegos clásicos, tan rigurosos como siempre: una eficaz catarsis. Tal como afirma el novelista: “Yo, por si acaso, no sólo voy aprender a hacer fuego con dos palos, sino que voy a escribir una lista de cosas que quiero hacer a lo largo de mi existencia,… y pienso cumplirlas todas antes de que termine 2012. Sólo por si acaso. Y si no pasa nada, mira, que me quiten lo bailado”.

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Mientras el misterio se resuelve, la novela ilustra con una amenidad que es de agradecer sobre múltiples aspectos de la civilización maya, su organización social, ritos sagrados, ceremonias sacrificiales (incluido el destripamiento humano, lógicamente), la importancia que daban al juego de pelota como espectáculo mítico-relgioso y, sobre todo, la manera en que se las arregló una civilización mesoamericana, surgida 2000 años AdC, para componer un calendario tan preciso que incluía en sus marcas la llegada de los dioses blancos, viajeros en grandes naves. Aunque esa es otra historia, como otro es el vaticinio que ahora nos encandila. Porque en 2012 todos seremos demasiados jóvenes para trascender al infinito, acaso la nada. Aunque lo más seguro es que el calendario maya esté equivocado en ese detalle, les anticipo un dato tranquilizador: en la novela de Brian D’Amato, parece ser que el mundo tiene posibilidades de salvarse. Por los pelos, como siempre. Y de momento. Pero posibilidades, haylas.

La Opinión de Granada – 23/10/2009

Hasta donde la vida nos lleve

Octubre 16, 2009

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Jesús Lens es un hombre instalado, de momento, en lo pleno de la juventud y el vigor creativo de un espíritu inquieto; es alto en muchos sentidos y un poco más alto que cualquier ala-pivot lituano, lo que siempre me ha puesto un poco nervioso porque, la verdad, no estoy acostumbrado a alzar la vista cuando converso con alguien. Me duelen las cervicales.
Francisco Gil Craviotto es un caballero en edad senescente, escritor infatigable que se expresa en prosa tan pulcra como su persona. Como los españoles de “su época”, tira a media talla, una estatura reglamentaria en 1933 -año en que nació -, que suele compensar usando gorra de plato y que le ha sobrado para hacerse un hueco grande entre los autores granadinos.
Ambos tiene algo en común, para mí una coincidencia extraordinaria: los dos son amigos y los dos me han obsequiado con libros excelentes, de lo más destacable en lo que va de año: “El oratorio de las lágrimas” de Francisco Gil Craviotto (Ed. Alhulia), y “Hasta donde el cine nos lleve”, de Jesús Lens (Ed. Almed, colección Ultramarina).
“Ya va a largarse este menda el consabido artículo sobre libros de amigachos”, pensará algún lector suspicaz. Pues a usted mismo se lo digo, amigo lector suspicaz: con la de noticias áridas que germinan en este mundo, con la de artículos llenos de iracundia, rencor y “vendetta” que se publican, ¿no merecemos, de vez en cuando, celebrar goces tan sencillos y hermosos como la amistad y los libros? Lo reconozco, en esta asignatura soy un privilegiado. Tengo amigos, no muchos pero muy entrañables, y encima esos amigos resultan tan generosos que cada cierto tiempo me ofrecen la posibilidad de leer sus libros. ¿No es ésta una gran suerte? Déjenme compartirla con ustedes.
“Hasta donde el cine nos lleve” es un libro para amantes del celuloide, los viajes, la emoción de descubrir nuevos paisajes en su propia vida y, de paso, encontrar en ellos mismos el aliento primordial de la aventura. O sea que se trata de un libro escrito para todo el mundo porque la vida, que se sepa, es movimiento perpetuo en busca de la quietud, justo lo que representa el libro de Lens: cámara, acción, búsqueda y conocimiento contenidos en el sosiego de un libro que se lee en una tranquila tarde domingo. Como el título de una de la películas que a lo mejor figuran en el índice de esta obra: “La vida es un largo río tranquilo”

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“El oratorio de las lágrimas”, para mi gusto la novela más punzante, ingeniosa y bien tramada de Francisco Gil Craviotto, insiste una vez más en el convencimiento de que la vida, contemplada desde el observatorio inapelable de la memoria, es una experiencia necesariamente abocada a darse sentido a sí misma. A partir de una anécdota llena de sabor y colmada de potestad evocadora para los granadinos -al menos para los granadinos que tenemos algunos años, pues trata el asunto de una imagen de la Virgen María que llora lágrimas de sangre… seguro que les suena -, Craviotto reconstruye el ambiente opresivo, ceniciento y un poco sórdido de la posguerra en un imaginario pueblo granadino. En dicho entorno, una ágil muchacha, comprometida con la guerrilla oculta en la sierra, tendrá que emplear toda su astucia, coraje e inteligencia para salir airosa de aquella maraña de intolerancia, rencillas, arbitrariedades y malvado beaterío en que se desenvuelve. La novela es ejemplar en su apuesta por la dignidad humana. No importa lo humilde, relegado u oprimido de la condición de cada uno: ser libres nos obliga, sin remedio, a asumir el imperativo de la libertad como bien a pesar de todo; y esto último ni es una redundancia ni fácil retórica ni un juego de palabras. Es la pura realidad. Sólo quien no hace nada no se equivoca nunca, y Francisco Gil Craviotto sabe que, tarde o temprano, “hay que jugársela”. Se la ha jugado con esta novela y las resultas, desde mi humilde opinión, son magníficas. Enhorabuena al maestro.

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Y así pasan algunas tardes de domingo para un seguro servidor: entre libros de amigos que línea por línea me convencen de lo muy conveniente que resulta contar con ellos. Aunque nos veamos de Pascuas a Ramos. Qué más da. Los libros duran que unos zapatos y que dos o tres vidas enteras. Hasta donde nos lleven los zapatos y la vida deberíamos tenerlo presente, y empezar a disfrutarlo desde hoy, que mañana es tarde. Seguro.

La Opinión de Granada – 16/10/2009

Las uvas de la ira

Octubre 9, 2009

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La mujer de la fotografía se llamaba Florence Owen Thompson. Falleció en 1983. La imagen fue tomada por Dorothea Lange en 1936, cuando Florence contaba los 32 años de su edad. Muy mal llevados, desde luego, pero en aquellos tiempos, considerando las circunstancias y modo de vida que la obligaron a convertirse en inmigrante dentro de su propio país -los Estados Unidos de América -, no parecía probable que presentase mejor aspecto y más lucido color de cara.
Dorothea Lange (1895-1965), realizó una serie de fotografías como parte de su trabajo en California durante la Gran Depresión. En esa época, muchos campesinos pobres huían de la “Dust Bowl”, en busca de trabajo y una vida mejor, fugitivos del nefasto “Erial Polvoriento” de las grandes llanuras. Los retratos de Lange documentan las extremas condiciones que estos trashumantes -popularmente conocidos como “okis”, por su mayoritaria procedencia de Oklahoma -, encontraron al llegar a California. El trabajo de Lange fue encargado por el gobierno de Washington, en concreto la Administración de Reubicación, y se fundamentó en investigaciones previas sobre la vida de los campesinos y granjeros de Nipomo y el Valle de Imperial. Estas imágenes ayudaron a sensibilizar a la opinión pública norteamericana sobre las penurias que los emigrados soportaban, y ayudaron a ganar apoyo para los programas gubernamentales de ayuda. Lange publicó esta fotografía con el título “Recolectores de guisantes indigentes en California. Madre de siete hijos”.

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Nueve años de sequía y la terrible aridez de una tierra surcada durante muchas generaciones por arados baratos, de baja aleación y escasa capacidad para profundizar en el suelo, convirtieron inmensas extensiones, desde el Golfo de México hasta Canadá, en desolados campos de ceniza donde vientos y huracanes levantaban una polvareda persistente, tan densa que ocultaba la luz del sol. Este fenómeno, la catástrofe ambiental más grave del siglo XX, empobreció de tal manera a los agricultores que, en poco tiempo, se produjo el masivo fenómeno migratorio. Viajaban de la oscuridad y la miseria a la dorada California, donde a la inmensa mayoría les esperaba la explotación salvaje, la implacable carestía y una existencia errabunda bajo la atenta sospecha de las autoridades y el rechazo de la población. Cientos de miles acabaron allí sus días; a unos se los llevó la enfermedad, a otros la locura, la prisión y la violencia que campa a sus anchas en el sórdido hacinamiento de las masas empobrecidas.

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Jhon Steinbeck escribió y publicó en 1939 su celebérrima novela “Las uvas de la ira” con objeto de narrar aquel drama de sus compatriotas. La novela fue llevada al cine en 1940 por Jhon Ford, de quien se dice que “no tuvo estómago” para adaptar fielmente el sobrecogedor final de la narración, cambiándolo por otro más llevadero a la ya de por sí conmovida conciencia del espectador. Son ambas obras, película y novela, descripción muy dura de una realidad inmisericorde, un largo viaje hacia el vacío y la muerte durante el cual nada ni nadie se apiadaron de los campesinos despojados y expulsados de sus tierras. Sin embargo, hay en el título de la obra un amago o concesión al “tremendismo”, por otra parte absolutamente innecesario si nos atenemos al motivo de la misma. Me refiero a la ira. No hay ira en los campesinos pobres, los desarraigados “okis” que trabajaban los campos de California por veinte centavos de dólar al día. Hay fatal ignorancia, inevitable brutalidad, resignación ante el adverso destino, sumisión… hay una trágica determinación de sobrevivir que convierte a los protagonistas del relato en inermes héroes de una causa perdida. En algunos momentos de la narración aflora la rebeldía, cierto. Pero se trata de una respuesta ante la adversidad tan inocente, tan predestinada a lo inocuo, que desde su nacimiento despierta nuestra compasión.

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El rostro de Florence Owen Thompson no es el rostro de la ira. La extraordinaria fotografía de Dorothea Lange nos muestra una mujer vencida que intenta mantenerse digna en la calamidad de la derrota, como tantas iguales a ella: las que hubo, hay y habrá. Sobre qué estaría pensando en ese momento, conjeturó el escritor Raúl Guerra Garrido: “Cuando Dios está de joder, todos los santos ayudan”. Ella no desmintió pensamientos parecidos hasta el lecho de muerte. No seré yo quien lo haga ahora.

La Opinión de Granada – 9/10/2009

La mujer que no amaba a las mujeres

Octubre 2, 2009

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No debería usted seguir leyendo este artículo si tiene pensado ver la película “Los hombres que no amaban a las mujeres”. Aunque, la verdad, tampoco es que vayamos a desvelar partes esenciales del argumento porque dicho film, lo que se dice partes esenciales, no tiene. Determinado cine de entretenimiento es al séptimo arte lo mismo que los “phoskitos” a la alimentación humana: engordan pero no alimentan. O sea que el asunto tampoco tiene mayor importancia, pero bueno, las promesas hay que cumplirlas y el pasado viernes quedé con ustedes en escribir sobre un tema tan poco novedoso como la popular novela de Larsson.
Entretenido, bien tramado el argumento y bien interpretado por unos autores solventes -y por supuesto, desconocidos para la mayoría del público; la producción es sueca/danesa/noruega -, la película plantea un conflicto moral de lo más interesante. O mejor dicho, no lo plantea, lo que la hace aún más curiosa. Verán -lo que no hayan visto aún este metraje -: una joven de opulenta familia es vejada, golpeada, violada y brutalmente humillada por su padre y su hermano, dos energúmenos que se jactan ante ella, entre otras hazañas, de haber torturado y asesinado a muchas mujeres. Son dos homicidas sistemáticos, psicópatas racistas, depravados que encuentran satisfacción en el dolor y el pánico de sus víctimas. La chica, Harriet Vanger, consigue librarse de su padre, escapa del hermano y, ayudada por una tía que debía quererla mucho, huye a Australia, donde pasa cuarenta años desaparecida, criando ovejas o algo semejante, llevando una vida bucólica, tranquila y alejada del horror que vivió en Suecia. Eso sí, no olvida el detalle encantador, supersentimental de la muerte, de enviar cada año a su amado tío Henrik un regalito, trabajos manuales como de escuela que el atribulado pariente cree son remitidos por el asesino de su sobrina.
Harriet Vanger conoce el terrible secreto de su familia, sabe que su hermano continua secuestrando, martirizando y asesinando a mujeres… y no hace nada durante cuatro décadas. Calla desde su seguro refugio australiano, envía el primoroso recordatorio a su tío y vive la vida; porque total, para cuatro días que vamos a estar en este mundo, para qué complicarse la existencia. Hasta que el periodista Blomkvist y la hacker Salander dan con ella, Harriet sigue muda y feliz en su planeta de ovejitas, ropa vaquera y sombreros a lo Cocodrilo Dundee. Final feliz: el reencuentro con el tío Henrik, la disculpa. “No sabía que interpretabas así el envío de mis regalos de cumpleaños”, se justifica. Todos contentos. Las mujeres sacrificadas, decenas de ellas, que han padecido las atrocidades del asesino, transcienden su condición de cadáveres descuartizados para convertirse en anécdota argumental. Lo importante es que la niña bien de familia rica haya aparecido, y que el malo esté muerto. El sufrimiento de la plebe… ah, la vida es dura, amigos. El silencio de Harriet… bueno, la pobre estaba tan traumatizada… no es de extrañar.

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Desde que el redactor de necrológicas Pereira -aquel que siempre sostenía algo -, dejó colgado al ignorante cajista de su periódico lisboeta, inerme ante la dictadura salazarista, en descubierto y culpable por haber publicado un artículo subversivo sobre el asesinato de García Lorca, no se había contemplado semejante arrogancia y desembarazo ético en una narración literaria, sea en “soporte” cine o papel, lo mismo da. Pereira y Harriet Vanger tienen algo en común: ambos huyen, se salvan, se liberan, y no echan la vista atrás ni muestran siquiera atisbo de analizar su propia responsabilidad en el horror concreto que tiraniza el ambiente del cual consiguen huir. Salvados ellos, húndase el Titanic.
Aunque quizás la actitud de Harriet Vanger resulte simpática, digna de compasión y solidaridad bajo la mirada amorfa de la ética ultramoderna. La primera obligación del individuo, parece ser, exige encontrar su exclusivo, protector paraíso. No importa que la seguridad física implique la muerte de la conciencia, la pizca de rebeldía ante la iniquidad que el espíritu medio despierto impone a cualquier ser humano. Lo que suceda a los demás, es cosa que no nos incumbe. En todo caso siempre queda la esperanza de que un periodista como Blomkvist y una joven que los tiene bien puestos como Salander, hagan justicia y se esmeren en dar a los malvados su merecido. En caso contrario, qué le vamos a hacer. La vida es dura, ya se dijo. Y ande yo caliente…
En fin, que se me olvidaba: el novelista Stieg Larsson es considerado por muchos críticos como autor de “conciencia social”. Vale. Para tomar nota.

La Opinión de Granada – 2/10/2009

Rumor

Septiembre 25, 2009

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Un sección sobre libros, cine, música, arte, me propone amablemente el director de este periódico… y en mi vida me he visto en tal aprieto. El arte es largo, la vida breve y la ocasión fugitiva, afirmaba Hipócrates. Y no es porque lo dijera él, hombre sabio entre los muy doctos, sino porque parece verdad sin controversia: demasiado largo es el arte y muy escasa nuestra comprensión del mundo como para pretender unas páginas que asomen a esa realidad tan compleja con razonables garantías de no despeñarnos a mitad de camino. Pues asimismo afirmaba el viejo Hipócrates que la experiencia suele ser falaz y “dificultoso el criterio”. Largo y proceloso parece pues el sendero.
“Largo y proceloso como el reinado de Witiza”, define el novelista García Pavón uno de los casos más célebres resueltos por su detective Plinio, jefe de la policía municipal de Tomelloso. Un evocador augurio y una buena manera de abordar las complicaciones que surgen en la existencia. A García Pavón, maestro de escritores y, consiguientemente, muy olvidado hoy día, le sirvió aquella sentencia histórica para tramar una de las novelas más brillantes, sabrosas y entretenidas que he leído: “El reinado de Witiza”. Fue proclamada finalista en el premio Nadal (1967). ¿Alguien recuerda quién ganó aquella edición del certamen? Cuarenta y dos años después, aún puede encontrarse en librerías “El reinado de Witiza”, con demasiada dificultad pero puede hacerse. Y a eso es precisamente a lo que iba, ahora mismo lo explico, tras este punto y aparte.
Se supone que una página que trate sobre libros y demás expresiones artísticas, se alimentará de novedades. Correcta presunción, desde luego, pero algo injusta. Los anaqueles de las librerías están colmados de títulos que fueron novedad hace mucho tiempo y que siguen resistiendo, heroicos en su lucha contra el polvo y el olvido, gracias a que unos pocos, entusiastas lectores y buscadores del valor literario por encima del precio de la actualidad, mantienen su débil aunque inagotable aliento. Es el rumor permanente de lo literario, o lo que viene a ser lo mismo: lo necesario. El ruido de las listas de éxitos puede escucharse en cualquier parte, no hace falta entrar en una librería o una biblioteca para enterarse de que la trilogía de Stieg Larsson se vende como chuches a la salida de la escuela. En el mismo Mercadona, junto al expositor de pilas alcalinas y el montón de turrones marca Hacendado, nos guiñan el ojo y hacen muecas de simpatía esos hombres que no amaban a las mujeres. También de ellos se hablará, no se apuren, pero a su debido; es decir: la semana que viene.
De momento parece más urgente recordarles a ustedes y recordarme a mí mismo que hay cientos, miles de libros benditos por el aroma de la excelente literatura, aguardando a ser redescubiertos por el lector de mirada generosa. Ese aroma, no hace falta decirlo, es el de la tinta virgen y el papel que aún cruje por lo nuevo al hojear las antiguas páginas que hace mucho nadie ha visitado. La emoción de novedad, percibida en lo que siempre estuvo, es muy distinta al impulso de compra con la vista fija en los turrones Hacendado, créanme.
De momento, si pasan por la librería de su barrio y en vez de iniciar la colección de fascículos sobre trabajos en punto de cruz, solicitan información acerca de las novelas de Plinio y la obra de Francisco García Pavón, además de trabajo puede que den al dependiente una discreta, casi clandestina alegría. Quizás el buen hombre piense que, en el fondo, no está tras el mostrador para vender lo que se anuncia en la tele sino para acercar a sus clientes aquello que necesitan para ser, digamos, más felices. En el caso que nos ocupa, y como casi siempre, un libro. El día que alguien invente algo mejor, que avisen por megafonía. Servidor, mientras tanto, leyendo espera.

La Opinión de Granada – 25/09/2009