Archivos de la categoría ‘Del caño al coro’

La maldición del camillero

Noviembre 1, 2009

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Andaba un poco deprimido desde que publiqué en esta misma sección un artículo titulado “Vender la virginidad”, en el que comentaba algunas barbaridades que la gente hace por Internet, pues de su consecuencia el blog donde almaceno estos artículos se me ha llenado con mensajes de individuas que quieren vender su honra y pervertidos que desean comprarla por cuatro duros, lo que casi me convierte en sospechoso de connivencia cibernética con los depravados sexuales más despreciables de España y Latinoamericana, y… ya no sé por dónde iba.
El caso es que andaba un poco deprimido porque los telediarios de todas las cadenas se emiten plagados de la “venganza catalana”, fenómeno que consiste en que los rótulos que acompañan a la propia información aparecen masivamente contaminados de vocablos como “família”, “crímen”, “notícia” y similares, palabras asesinadas por la ominosa, analfabeta tilde, lo que me causa desasosiego; y estando en ello, es decir, deprimido, decidí pasar por el domicilio de mi nuevo vecino para entretenerme un rato en amena charla con este caballero a quien estaba deseando conocer, un médico que ha tomado año sabático para escribir un libro, eso dijo, ha alquilado su apartamento pared con pared al mío y, la verdad, tiene aspecto de ser persona pulcra, culta y de buen trato. Y allá que fui… y me deprimí más todavía.
-“Dios mío, Señor, ¿por qué el mal es dueño del mundo y quienes te amamos hemos de sufrir tanto?”
Eso fue lo que escuché cuando mi dedo estaba a medio centímetro del timbre. Hablaba solo, en voz muy alta y clamando semejantes quejas:
-“¡Envíame una señal, Cristo Redentor! ¡Mándame una señal y dime qué debo hacer, cómo debo librarme de ellos!”
Yo pensé que el hombre estaría recitando de viva voz algún fragmento del “Libro de las Lamentaciones” o texto de similar enjundia literaria. Ya saben que a los médicos se les presupone una formación humanística superior al resto de especialidades científicas, máxime si son de los que se conceden un año sabático para redactar un tratado divulgativo sobre interesantes materias. Sin alterarme por tanto, en absoluto preocupado y sin temblarme el pulso, apreté el timbre. De súbito, al otro lado de la puerta, tronó una voz cavernosa, como de Moisés arengando a los israelitas tras años de errar delirantes bajo el sol cabezudo del Desierto Prometido:
-”¡Vete de mi casa, Satán, huye y no me atormentes! ¡En el nombre del Altísimo te lo ordeno! ¡El poder de Cristo te obliga!”

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Aunque nunca me he llamado Satán -sólo faltaría, bastante gracia hicieron mis padres con bautizarme José Vicente Ferrer -, salí de allí a escape, me refugié en lo más alto de mi coquetón dúplex y llamé al 112. Media hora más tarde, un conductor de ambulancias, un médico y tres camilleros se llevaban al vecino, regadera perdido y con trazas de sufrir una crisis paranoico-compulsiva, de las que empiezan con incendiarias invocaciones religiosas y acaban con la casa ardiendo por los cuatro costados. Al salir del edificio, uno de los camilleros dijo:
-”Joder, desde que han quitado los manicomios, está España llena de locos”.
Me miraba entre compasivo y admonitorio, como si pensase: “Tú no suspires mucho, que a lo mejor eres el siguiente”. Y no le habría faltado razón si así hubiese conjeturado, porque entre los disgustos que me dan el mercado internáutico de virginidades, las tildes del telediario y el funesto exceso de realidad que supone descubrir majara a tu vecino, no acabo de regir del todo. No atino, por ejemplo, a digerir noticias como esa que coloca a nuestro país en el puesto dieciséis de la escala internacional indicadora del bienestar anímico de la población. Son datos de la Base Mundial de la Felicidad, o sea, la “World Database of Happiness” nada menos.
¿Será mi vecino un chalado feliz? ¿Debería sentirme yo feliz porque aún no se me hayan llevado con camisa de fuerza? Misterios. Quien se siente feliz es mi casero porque le he anunciado que me las piro del dúplex antes de que suelten al vecino rezador. La verdad es que mi perro y él -me refiero al casero -, tuvieron problemas desde el primer día. Aunque esa es una historia distinta, un malentendido entre los colmillos de mi chucho y la tibia de mi casero que a lo mejor les cuento otra semana. Si no estoy de reposo en Villapirados, claro.

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La Opinión de Granada – 1/11/2009

Curso del 63

Octubre 25, 2009

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Lo reconozco, soy seguidor del “reality” Curso del 63, uno de esos programas que siempre tratan de lo mismo: se encierra a unos cuantos gaznápiros en cualquier sitio, se les graba mientras hacen lo que saben, o sea, nada interesante, y ya tenemos la audiencia asegurada. La fórmula aburre incluso a los coleccionistas de dedales, pero en el caso que les refiero la cosa cambia, milagrosamente. Me divierto a rabiar.
Pensarán que mi interés por el programa se debe a ese conflicto, horrible al parecer, causado por el encontronazo de veinte jóvenes que se enfrentan a una educación similar -no igual, en absoluto idéntica -, a la de 1963. Mas no se trata de eso. Lo cierto es que los rebotes de la muchachada porque no les dejan llevar sus “piercing’s” ni maquillarse -tanto ellos como ellas -, a causa de la comida que les sirven, los horarios, la obligatoriedad del uniforme, etc, me resultan anodinos. De unos chavales que ponen cara de estupor ante la palabra “batracio”, y preguntan al profesor si es un vocablo español o de por ahí allende nuestras fronteras, cabe esperar que lloren o griten histéricos si les cortan el pelo, les obligan a comer lentejas o les prohíben llevar un aro en la nariz. Todo previsible.
Lo que me fascina de este programa son los padres y las madres que van apareciendo y comentando las vicisitudes de sus hijos en el colegio San Severo. Ellos, sin uniforme ni sujetos a las reglas del programa, son genuinos. Auténticos. Impagables como paradigma del progenitor estragado por su propio desconsuelo, derivado en aparatosa negligencia, ante el hecho irreparable de haber traído un ser humano a este mundo. Son geniales en su ignorancia, grandes en su debilidad, contumaces en el desconcierto con que intentaron educar a sus hijos y, desde luego, hilarantes en las mil argumentaciones, a cual más exótica, con que intentan explicarse cómo es posible que sus retoños sean tan caprichosos, respondones, inestables, impresionables, mal hablados y extremadamente maleducados. Son lo que hay: padres sin criterio que costean e intentan dirigir -de ilusión también se vive -, las vidas de los grandes protagonistas de la niñatocracia española. Son la caña.

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“Bastante ha aguantado mi hijo la situación. Si llego a ser yo, le meto una hostia al profesor”, afirma el papá de una de estas criaturas, como resumen de su análisis sobre alguna desavenencia surgida durante la convivencia en el internado. Con padres así, con ese ejemplo y esas drásticas reflexiones, ¿quién se extraña de la violencia escolar y las agresiones a los docentes? Otros progenitores justificaban el que su hijo hubiese abandonado el programa, el primer día, por negarse al corte de pelo. “Sabemos que pierde una gran oportunidad de aprender, una experiencia importante, pero el pelo, para él, es tan importante… es su personalidad… es él mismo”. Vale. Las experiencias pasan y las oportunidades no suelen repetirse en la vida, aunque el pelo vuelve a crecer. Es una lástima que el niño se largara a las primeras de cambio. Esos padres convencidos de que la personalidad de su nene está en el peinado habrían dado mucho juego.

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Hay una señora -último ejemplo, prometido -, que me encandila sin remedio. Decir, no dice gran cosa, pero su aspecto resulta maravilloso. Luce unos pendientes como ruedas de tractor, tan grandes que uno es incapaz de fijarse en ningún otro detalle de su apariencia o anatomía cuando aparece esa figura a medio sepultar entre los descomunales aretes. Asevera, bastante conmovida, que su hija siempre ha sido “mú delicá pa la comía”; le parece inhumano que le pongan delante un plato de garbanzos. Lo dice, en serio que lo dice, pero los anillos de Saturno que cuelgan de sus orejas ocultan cada palabra, la convierten en insípida excepción sonora que no altera el estruendo de la performance visual. Pues señora, con esas pintas que usted exhibe, no le extrañe que su hija saga “delicá” para comer y cualquier otra cosa ajena a la contemplación de dos zarcillos -valga el diminutivo -, luciendo intergalácticos en la inmensidad del hogar. ¿Se los quitará para dormir?
En fin, les recomiendo vivamente este programa de Antena 3 -mira, algo en condiciones hacen de vez en cuando -. No se pierdan las desventuras de los padres de los internos en San Severo. Para más risa y rechufla, las películas de Berlanga. A las buenas me refiero, es decir, casi todas las que dirigió hasta el año de “El verdugo”, que fue 1963.

La Opinión de Granada – 25/10/2009

Hacer patria

Octubre 18, 2009

Una de las ventajas de ser español es que si no le gusta a uno tal condición gentilicia, puede cambiarla cuando quiera. Se pone de acuerdo con diez o doce que piensen como él, se construye su propia patria y santas pascuas. No van a faltarle ayudas oficiales, subvenciones, apoyo político y lo que sea menester. Y cuidado con criticar estos nobles afanes de nación novedosa sobre la invertebrada Iberia, aunque sea con argumentos rigurosamente basados en nuestro ordenamiento constitucional, el sentido de la Historia y el otro infrecuente sentido, que es, o debería ser, el común. De facha intolerante no bajarán los calificativos. Hacer patria pequeña es progresista, cuanto más pequeña mejor. Pensar en una nación grande… huy, huy. ¿Grande? ¿Libre? ¿Y qué más? Lo dicho: fascistas perdidos.
Aunque siempre pudiera surgir la pega, como diría Cherteston, de que “se deja de creer en Dios y se empieza a creer en cualquier cosa”. Para evidencia, ahí está el ejemplo del nacionalismo aranesista, muy de moda en Internet merced a una desafortunada réplica de Pilar Rahola, zanjando las pretensiones de un animoso grupo de patriotas pirenaicos, negándoles legitimidad y, uno por uno, los mismos derechos que tan vivamente reclama la jacarandosa dama para su nación catalana.


¿Y qué me dicen del nacionalismo leonesista? O mejor dicho, los nacionalismos leonesistas, porque, que servidor sepa, hay cuatro nada menos, un poco constreñidos en tan parco marco geográfico pero eso sí: muy de hacerse notar. Están los de “León solo” y “Villalar, a cagar” -los más sensatos desde mi punto de vista -; los asturianistas, los galleguistas y los -llamémosles así -, leonesistas puros. Estos últimos caballeros, con representación institucional en muchos ayuntamientos, van hilvanando poco a poco, ayudados de su bagaje cultural, su buena voluntad y su inquebrantable amor al terruño, un ideario nacional que alguna vez, en su planteamiento estratégico, nutrirá el alma colectiva del pueblo liberado, felices habitantes de la nueva y radiante patria leonesa. De momento, con el consistorio de la capital como promotor, han lanzado al mundo su célebre Llionpedia, joya del conocimiento universal que define a la lengua leonesa en los siguientes términos: “La Llingua Llïonesa ou “Llïonés” ye una llingua desenvuelta del Llatín Vulgar cun contribuciones d’outras llinguas prerromanas faladas nas provincias hespañolas de Llión, Zamora y Salamanca y nel Distritu de Bregancia en Pertual”. Efectivamente, cualquier lingüista objetivo, no contaminado por el imperialismo castellano, conoce de sobra las lenguas preromanas que se hablaban en la Zamora de aquellos tiempos, concretamente en la comarca de Villalpando que ya apuntaba maneras, y cómo éstas han influido en el actual, pujante y boyante idioma “llionés”. Es el procedimiento habitual: una historia común -zamorana a más inri -, una lengua, una cultura, un territorio y un pueblo. El Generalísimo no inventó nada nuevo. Su error fue írsele la mano en las magnitudes. Demasiada España para tantos preromanos.

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Demasiada soltura, igualmente, la de Llionpedia en la definición de algunos fenómenos contemporáneos, como el Holocausto organizado por los nazis y el ejército prusiano-germánico en la segunda guerra mundial. Durante meses, y sin que nadie impugnase este singular punto de vista, el Holocausto fue la manera que tuvo el gobierno alemán de resolver “el problema judío”, causando “unos miles de muertos”. Vaya por Dios… ¿por qué será que a los nacionalismos, cuanto más radicales con más frecuencia, se les cae la “C” y se les convierte en una “Z” más grande que la boina de Sabino Arana?
Andan la fiscalía y el ayuntamiento de León removiendo Roma con Astorga, en busca del autor del artículo citado, para meterle un paquete por apología del exterminio racial. Todo apunta a un concejal leonesista que ya ha anunciado su determinaciòn de querellarse contra quien vuelva a insinuar tal responsabilidad en la tropelía. Me guardaré por tanto muy mucho de escribir su nombre. Cautela obliga. Y lamento dar la impresión de que tiro la piedra y escondo la mano. En llionés, para mayor claridad, se diría “tirar la piedra y esconder la mano”. Al menos eso dice, con toda autoridad, el diccionario en línea de http://paislliones.com. Desde luego, no hay nada como saber idiomas. Para entenderse con gente de todas las patrias.

La Opinión de Granada – 18/10/2009

A la española

Octubre 11, 2009

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Traíamos el oro de América. Con ese metal, compuesto por la misma sustancia que la sangre, comprábamos a los países de Europa todo lo que no necesitábamos fabricar en suelo hispano; y también sufragábamos descomunales ejércitos, los cuales mantenían sobre el mapa un imperio que nunca fue nuestro del todo. Con los ripios de aquellos dispendios sosteníamos una administración laberíntica, el sagrado boato de una aristocracia bostezante en el poder y las piedras ancestrales de una iglesia que rezaba entre mirra y terciopelo para que las naves de Indias llegasen a tiempo al puerto de Sevilla. Los burgueses locales, cansados de remediar con sus impuestos las tempestades en el Atlántico, comenzaron a hacer caja por su cuenta. Guardaban en faltriquera sepulta bajo siete llaves, donde no llegase la mirada del rey, el beneficio de sus industrias. Cada cual se convirtió en su propio bando y todos estaban de acuerdo sólo en una cosa: hablar mal de los castellanos.
El imperio duró hasta que la Divina Providencia -al parecer más luterana que católica -, decidió borrarlo del mapa. Quedó un país dividido entre campesinos y rentistas, nobles ociosos y mal vistos mercaderes, militares y curas y, sobre todo, ricos y pobres. Los pobres de España eran los más harapientos del mundo. Los ricos, los más altaneros, capaces de mantener dieta de orgullo tras siete generaciones de bancarrota. Al final, pasó lo que tenía que pasar. Resolvimos el contencioso histórico a la española. Un dictador de derechas metió a medio país en la fosa, la cárcel o el exilio, subió a los pobres en un SEAT 600, bien apretados, nos convenció de que la felicidad consistía en estar en gracia de Dios, tener pan en la mesa y fútbol los domingos; y ya puesto a organizarnos la vida, nombró al jefe de estado que reinaría en la sociedad más progresista del universo. Aquel general gallego que tuvo el detalle de agonizar ante el brazo incorrupto de Santa Teresa, abocó a España a ser un país democrático para siempre; por una simple cuestión de simetría. “¿Dictadura? Ni la del proletariado”, dijo Santiago Carrillo en 1977, la última vez que un periodista novato preguntó a un dirigente de izquierdas sobre este asunto.
La fórmula sigue intacta. Las grandes tareas nacionales continúan siendo pan y fútbol. Aparte despotricar contra el gobierno por la crisis económica y vibrar henchidos de patria por una olímpica candidatura, no es necesario buscar otros puntos de acuerdo en el horizonte de nuestra existencia colectiva. Porque no los hay.


Los vimos hace una semana, del rey abajo casi todos, zaleando la ilusión de multitudes por organizar unos juegos olímpicos. Ellos saben que los españoles somos capaces de unánime esperanza si se trata de aplaudir en competiciones donde se demuestra que unos hombres corren más que otros, que unos equipos de fútbol meten más goles que otros y que algunos jugadores de básquet tienen más puntería que otros. Nunca estaremos de acuerdo ni nos animará la ambición por ser beneficiarios de un brillante sistema educativo; no sentiremos optimismo por lo bien que se administran nuestros impuestos, ni un sólo español se ufanará de lo serio y suizo de nuestro sistema económico-financiero, por nuestro patrimonio artístico, nuestra orquesta nacional, la pujanza de la investigación científica o el esplendor de nuestras letras. No admiraremos a nuestros políticos igual que se les estima y aprecia en otras sociedades más luteranas que católicas. No pondremos la bandera en la puerta de casa ni la foto familiar del presidente en ninguna página web oficial. Y si ese mismo presidente osara retratarse en compañía de sus parientes, junto al matrimonio más poderoso del mundo, no nos embargará la satisfacción sino el sonrojo. En eso sí somos aplicados: nadie como un español para detectar y aislar el virus de la vergüenza ajena.
No nos queremos. No nos gustamos, ni como fuimos ni como somos. Y el problema parece sin solución al menos hasta dentro de cuatro años, cuando todos del rey abajo se empeñen de nuevo en traer a España el fuego de Olimpia, que siempre fue rojo y amarillo. Ojalá lo consigan, y lo digo en serio. Muchos podremos dar algún sentido a esa vergüenza ajena -nuestra especialidad -, cuando tras cinco goles a Camerún, un oro en mil quinientos y un 6-0/6-1/6-0 en la final de tenis, las muchedumbres vuelvan a entonar el himno de las grandes gestas deportivas, las únicas: ¡Yo soy español, español, español!

La Opinión de Granada – 11/10/2009

Tabardillos pasajeros

Octubre 4, 2009

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Paco, el mecánico de electrodomésticos con taller en la calle Sederos, nunca acudía a los avisos la primera vez que era requerido. Mantenía la teoría, muy digna de tener en cuenta, de que es tiempo perdido presentase de prisa y corriendo para reparar cualquier cacharro porque, según él, “muchas veces las cosas se arreglan solas”. Únicamente cuando la desolada ama de casa con el lavavajillas descuajeringado insistía tres o cuatro veces, se personaba él, dinámico y redentor, en el hogar con los platos amontonados en el fregadero. Todos a salvo, incluidos la lógica y el sentido común.
Si atribuimos a las máquinas la capacidad de “estropearse”, también tendrá punto de apoyo en lo razonable la presunción de que cualquier aparato, igual que solito se descompuso, podrá volver a funcionar repentinamente. Algunos autores denominan a este fenómeno “la perfidia de los objetos inanimados”, y yo creo que todo el mundo se ha sentido en alguna ocasión víctima de dichos tormentos. ¿Cuántas veces ha accionado usted el interruptor de la luz, y no iba, y luego sí y luego no… hasta que el contratiempo se resolvió por su propia, misteriosa inercia? Y quien dice el interruptor, dice el autoradio, la TV, la batidora o el ordenador. Concretamente, y hablando de estos artilugios cibernéticos, creo haber perdido la cuenta de las veces que han dejado de funcionarme, sin previo aviso ni aparente remedio, para recomponerse a los diez minutos, convenientemente reiniciado el sistema”. Tanto se reinician los ordenadores, ya por costumbre, que hemos inventado una palabra nueva, más rotunda y compleja, para definir esta acción: “Reinicializar”. Sospecho que el anglicismo es de aúpa, pero entendámonos: no es lo mismo encender algo que, cargados de experiencia y tesón, nos dispongamos con toda pompa a reinicializarlo, nada menos. A ver qué PC se resiste.
Hace breves fechas, sin embargo, encontré un término perfectamente exacto para señalar estas disfunciones aleatorias del ordenador. La situación era típica: a ratos funcionaba, a ratos no. Tras unos cuantos días de sufrir este inconveniente, el “computer”decidió “motu propio” resolver lo problemas consigo mismo y ponerse a trabajar, que para eso lo tengo como los chorros del oro y le pago su tarifa plana. Ni un sí ni un no desde entonces. Mi adorable prójima, quien comparte conmigo sus días pero, lógicamente, no su ordenador, resumió el incidente con estas sabias palabras: “Eso es que le había dado un tabardillo pasajero”.

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Decisivo hallazgo. Llevo toda la semana pensando en escribir a Microsoft, a Linux y Google para que incluyan el nuevo término, “tabardillo pasajero”, en el diccionario de ensalmos informáticos y, sobre todo, en los menús de ayuda de sus respectivos programas y sistemas operativos, bajo el apartado “Solucionar Problemas”. Créanlo: si cualquier artefacto es capaz de arreglarse solo, los ordenadores son expertos en esta habilidad autocurativa. Los intríngulis de su funcionamiento son tan ajenos a la comprensión de la mayoría de los mortales que, francamente, a casi nadie le puede extrañar que sean capaces de lanzar funestos mensajes de “Error Fatal del Sistema” para, media hora más tarde, volver a recibirnos con la risueña musiquilla de “Inicio”, como si tal cosa; en el peor de los casos, un mensaje inocuo, tranquilizador: “La sesión anterior se cerró repentinamente. ¿Desea restaurarla?”. Pues haga usted lo que pueda, o mejor dicho: lo que le de la gana. Total, es su línea desde que nos conocemos.
Sólo existen unas máquinas aún no obcecadas en funcionar a su arbitrio: los coches. Por fortuna. Imaginen que van a tomar una curva y en el cuadro de mandos aparece esta indicación: “Va a abandonar la trayectoria recta. ¿Está seguro de que desea girar a la izquierda?”. Aunque los coches también tienen lo suyo, no crean. Ayer, sin ir más lejos, mi dulce prójima -creo que ya les he hablado de ella -, metió unas cuantas cosas en el maletero, cerró con energía… y se espachurró el pulgar de la mano derecha. Ahora la tengo sentada en el sofá de la paciencia, entretenida la pobre mientras bichea en el ordenador, con el brazo vendado. Ruego a los cielos que al maldito cacharro, por joder, no le entre uno de sus tabardillos pasajeros. Sin poder conducir y sin poder navegar qué iba a ser de su vida. Qué sería de nosotros.

La Opinión de Granada – 4/10/2009

La princesa cuesta arriba

Septiembre 27, 2009

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Tuve una pesadilla terrible -primera redundancia, primer paréntesis -, con Mario Benedetti de protagonista. Yo iba caminando por la calle y lo encontraba parado en la acera, frente a un escaparate, en actitud de indiferencia. Me pareció que llevaba peluquín. Siempre pensé que se teñía el pelo, pero la pesadilla no confirmó esa conjetura. Con su escandaloso peluquín, quieto ante el escaparate, mirando hacia el otro lado del cristal, o desde el otro lado, la vida y la muerte se fundían en una sola impresión desde su imagen. El peluquín adquiría rango de artificio funerario.
Yo pensaba: “Este individuo lleva muerto tres o cuatro meses, no puede ser, o esto es una pesadilla o la avería es muy seria”. Decidí que estaba soñando y que, como siempre, mis licencias oníricas eran muy simples. Se convierten en metáforas. Decidí despertar, pero me resultaba imposible, y en eso consistía lo “terrible” de la pesadilla. A nadie le gusta mirar a la muerte mientras la muerte nos ignora con ademanes lejanos y mudos en su satisfecha crueldad, confiándonos lo que piensa: “Ya te alcanzaré, aunque será cuando yo quiera, no cuando tú lo sueñes”.
Desperté sudoroso. Me levanté, fui al baño y oriné con rabia. Después volví a la cama y fumé un par de cigarrillos antes de tranquilizarme y volver a dormir. En la campana de a saber qué iglesia, una entre las muchas que rodean mi casa, dieron tres toques de bronce como tres amenazas de gloria eterna a los descreídos sobre la potestad mortífera de un peluquín. La hora del diablo, dicen; las tres de la tarde invertidas, hora en que Jesús murió en la cruz, asegura la tradición. Aunque esto lo creerá el que quisiere.
La verdad es que la persona de Benedetti nunca me atrajo, ni él ni su obra, y estaba seguro de que la pesadilla era respuesta a la leve desazón por la noticia del día anterior: la muerte del actor Patrick Swayze, a los 57 años de su edad. Me caía bien Patrick Swayze, y me disgustó enterarme de que había colgado los tenis. Por qué vino Benedetti a representar el papel de la muerte, la princesa cuesta arriba con un manto de oro como de armiño, me resultaba remotamente explicable. Desde hace tiempo sentía vinculada su imagen, su palabra y su poesía, a causas funerales: Patria o Muerte, Socialismo o Muerte y cosas así, guerrillas selváticas, aventuras de armas, empeños revolucionarios en los que ni siquiera el éxito, improbable, libera de la posibilidad de la muerte a los más que probables mártires de la causa. Me parecía un buen propagandista sobre la necesidad de vencer o morir, brillante cantor de la muerte como verso final al poema que se escribe con la sangre de otros.

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Dos días después, en el AVE Sevilla-Córdoba, uno de los viajeros iba leyendo la primera novela de Benedetti, “Quién de nosotros”. Diez minutos antes de llegar a término se levantó para ir al servicio -eso supuse -, y dejó el libro sobre el asiento. En Córdoba, el lector no había regresado. Una azafata me dijo que el usuario de aquella plaza tenía destino en esa misma estación, que ya se habría bajado, olvidando el libro. Decidí quedármelo.

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Ahora lo tengo en casa, “Quién de nosotros”. Son muy pocas páginas, de letra grande. No me atrevo a leerlo. Recelo que en algún episodio de la novela aparezca un viandante que encuentra a un anciano con peluquín parado ante un escaparate. Todas las noches, antes de dormir, rezo el conjuro contra las pesadillas mortuorias: “Benedetti es un genio, Swayze era hermoso”. Ahora sueño a menudo con Edmond Rostand y su Cyrano, dos difuntos de siempre, de toda la vida. Gente de la que se puede uno fiar. Ya no me atosigan las pesadillas, sólo el miedo a los escaparates. Pero ese temor es como Cyrano y sus ingeniosos versos: algo tan conocido, tan previsible como la muerte del héroe al final de la comedia. Eso, ya, asusta menos.

La Opinión de Granada – 27/09/2009

Mi primera boda gay

Septiembre 20, 2009

La alcaldesa de Jerez, donde se celebraba la ceremonia -civil, por supuesto -, se marcó un discurso de cuarto de hora sobre el amor, rematado con la lectura de un poema de Benedetti: “Yo no te pido que me bajes una estrella azul… “, etcétera. No sé porqué los actuarios en este tipo de solemnidades se empeñan en aleccionar a los contrayentes sobre qué cosa sea el amor, cuando debería suceder al revés, si es que la experiencia tangible y palpable sirve para algo.

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Lo demás… como todas las bodas. La única diferencia estuvo en que en vez de un novio risueño y medio achispado repartiendo puros entre los invitados, y una novia con los pies destrozados, deseando marcharse al hotel, había dos vigorosos novios, cada cual atacando desde una esquina del salón de banquetes. Todo conforme a los cánones: los entremeses estupendos, el cóctel de marisco buenísimo, el solomillo bien hecho y el gracioso borracho tocapelotas de turno, a lo suyo: regó a toda la mesa con vino espumoso, como si en vez de una boda estuviésemos celebrando que su pastelera madre había ganado el gran premio de San Marino de Fórmula Uno.
Luego llegó el baile, y mis niveles de misantropía alcanzaron valores de preocupar. Carrozas y adolescentes, hermanados en el jolgorio, danzaban con la pechera exudándoles alegría y cava; miles de kilos de señoras sobre tacones finos -que les hacían las pantorrillas gordas -, intentaban marcarse el pasito “p’alante”, pasito “p’atrás”. Fue una eclosión de muchedumbres con perifollos, empeñados todos en ser felices a base de su poquito de alcohol, su poquita de música verbenera y su muchísima falta de sentido del ridículo, y esto último lo digo sin mala intención, que conste. Cuando dentro de unas días se vean en el vídeo de la boda, todos y todas, unánimemente, exclamarán entre risas abochornadas: “¡Qué horror, vaya pinta que llevaba! Claro… después de la cena… con las copas”. Pues no se cuezan ustedes, señoras mías, caballeros, que no es obligatorio, vamos, que los novios van a ser igual de felices, o desgraciados, sin acordarse en absoluto de la resaca que al día siguiente les castigaba a ustedes el exceso.
De vuelta la hotel, casi de amanecida, tanto a mi prójima como a mí mismo nos zumbaba la cabeza. Demasiado cercano el estrépito. Nos echamos a dormir hasta pasado mediodía. Y nos cayó multa de la ORA, como estaba previsto.

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Para tranquilizar un poco los ánimos, desplazamiento al Puerto de Santa María. El menú no varió demasiado respecto a otras ocasiones: un glorioso, inmejorable arroz a la marinera. Y después un helado. Y un espontáneo apremio: “Al hotel de nuevo, no hay tiempo que perder… la siesta espera”.
Me gusta el eufemismo de la siesta cuando hay ganas de todo menos de, precisamente, dormir la siesta. Lejos el vociferio de los entusiastas invitados, el estruendo de las musiquillas horteras, bien lejos los novios, supongo -de viaje nupcial en Tailandia -, al final quedamos los cabales: ella y yo. Fue tanto o más glorioso que el arroz a la marinera.
Conclusión. Que las bodas gays, hetero o metrosexuales, bautizos por la iglesia o por lo civil, primeras comuniones y otras algarabías colectivas, no son prólogo adecuado para el amor, ni siquiera para el sexo. Mil veces se lo tengo dicho a mis hijos, los cuales, como es natural, no me hacen ni caso: “A quien conozcas en un bodorrio, un “after” o en medio del botellón, de madrugada, mejor ponle cuarentena, que del ruido nunca salió nada bueno”. Mejor un poco de silencio que se deje surcar por los susurros del deseo, no los gritos de la euforia. Para estos festejos en lo íntimo, donde se celebra únicamente la pasión por la propia vida compartida, más de dos no es que sean multitud: son un perverso antídoto.

La Opinión de Granada – 20/09/2009

El clamor del silencio

Septiembre 13, 2009

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El diario ABC ha inaugurado en Internet su hemeroteca histórica. Con un sencillo sistema de navegación, se puede acceder a las páginas originales de este periódico, eligiendo cualquier fecha tanto en la edición de Madrid como la de Sevilla. El único problema es que, seguramente, la información que nos interesa no aparecerá reseñada, no porque se haya perdido a lo largo del tiempo y sus azares, sino porque, en su día, no se publicó.
Hice la prueba con una efeméride que cualquier granadino mayor de cuarenta y pocos sin duda recordará: el 5 de junio de 1976. En esa fecha, como saben, se celebró el primer homenaje a Federico García Lorca en Fuente Vaqueros. Fue la primera “media hora de libertad” que hubo en España tras la muerte de Franco. Sin ánimo de exagerar, aquel multitudinario evento marcó los inicios, ya irreversibles, de la transición política hacia la democracia. Pero en ABC y su hemeroteca, como si hubiese llovido. En la edición de Madrid, ni una palabra. En la de Sevilla, dos columnas perdidas entre crónicas taurinas y esquelas de ringorango. Una vaga descripción del homenaje y pare usted de contar.
A menudo se hace referencia a cómo la prensa era “reprimida” en épocas del franquismo. Sucedía, desde luego, y hay casos como el del diario Informaciones que ponen los pelos de punta; mas lo cierto es que en dicho tiempo, por regla general, los periódicos y otros medios de comunicación solventaban cualquier posible conflicto mediante el sencillo método de no informar. Lo que no se cuenta es como si no hubiese sucedido. Leer durante aquellos años la prensa -casi toda ella -, implicaba un ejercicio de imaginación notable. El famoso titular del diario Arriba que en 1969 rezaba: “Normalidad absoluta en Asturias”, fue interpretado con precisión por muchos españoles: “Tate, ya se ha levantado la cuenca minera”.
No puedo evitarlo ni lo pienso negar: me apasionan las historias, relatos, películas, en los que aparentemente no sucede nada y esa nada se edifica sobre sí misma como aterrador aviso de que todo está ocurriendo. El silencio, del cual más de una vez se ha afirmado que puede ser muy elocuente, adquiere a menudo extraordinario talento de narrador. Lo que importa, lo verdadero de una situación, casi nunca se halla en lo que vemos y oímos, sino, justo al contrario, en lo que ni se ve ni se escucha, ese espacio oscuro de la realidad donde los hechos que acabarán por atraparnos en su tela de araña se fraguan al arbitrio de voluntades ajenas, puede que muy lejanas. Alguien dijo en feliz ocasión que los acontecimientos trascendentes de la vida ocurren siempre cuando no estamos. Nacer y morir, por ejemplo, son experiencias que no suelen dejar rastro en la memoria. A partir de esa evidencia, cada uno puede trazarse el mapa personal de todo aquello que resultó decisivo en su existencia cuando -ahí viene el misterio -, no estábamos presentes.
Como el homenaje a García Lorca, que “a no decir” de ABC casi no existió. No me extraña que los años franquismo hayan sido y sigan siendo objeto de tanta literatura. Hay que reinventar, volver a imaginar lo que nadie contaba. De los testimonios particulares, muy valiosos, de quienes vivieron y fueron testigos de ese tiempo y escribieron sus necesarios libros, hemos pasado a la voraz fabulación novelística, la cual tiene como ventaja ser libérrima para colocar el acento literario en aquellos sucesos que lo merezcan; y la desventaja, con demasiada frecuencia manifestada, de convertir la Historia en emotiva ficción de buenos y malos. El árbol cayó en el bosque hace mucho, muchísimo tiempo, pero como nadie parecía estar presente para escuchar el estrépito, el ruido ha empezado a percibirse antes de ayer. Nada que objetar a la lógica de esta secuencia, aunque no debería desdeñarse la enorme lección obligatoriamente aprendida: el que de verdad sabe es el silencio, y su voz es la más reveladora. A estas alturas del guión y conforme se va desarrollando el argumento, griteríos los justos.

La Opinión de Granada – 13/09/2009

Coeficiente Intelectual

Septiembre 6, 2009

No falla. Visitamos cualquier sitio de Internet, hacemos click en la noticia o información que nos interesa y de inmediato aparece un “banner” que invita a descubrir nuestro Coeficiente Intelectual, animándonos con argumentos tales como: “Compara tu CI” con el de tus amigos”. O bien: “¿Quienes son más inteligentes, los andaluces o los catalanes? Compruébalo”.
Viene sucediendo desde hace un año, aproximadamente. No sé si muchos incautos habrán aceptado el reto de demostrarse a sí mismos que son inteligentísimos, mas la permanencia del reclamo hace pensar que el invento, mal que bien, va funcionando. El modus operandi es el siguiente: usted responde a unas cuantas preguntas, del tipo “quién descubrió América”, e inmediatamente el sistema le remite a una página donde debe introducir su número de teléfono móvil, comprometiéndose a recibir publicidad, máximo tres anuncios diarios, durante tres meses, a 30 céntimos de euro el mensaje. A cambio de ello, los espabilados analistas de la psicología de masas y finos medidores de la inteligencia ajena -la propia la tienen muy clara -, le enviarán un correo electrónico con los resultados del test. Una información que en absoluto parece necesaria.
¿Qué CI puede tener alguien que acepta recibir publicidad en su teléfono, pagándola él, como compensación a un peregrino dictamen sobre su inteligencia? La conclusión de dicho estudio debe ser siempre la misma, supongo: otro necio que la ha pringado.
Lo cierto es que los internautas no tenemos fama de ser muy inteligentes, y los programadores de este tipo de engañifas y patrañas deben contar con dicha presunción de estupidez a la hora de planificar sus negocios virtuales. Yo creo que nos consideran una panda de frikis sin norte ni criterio, o, en todo caso, gentes tan cándidas como lo eran nuestros abuelos ante el flamante televisor estrenado en los años sesenta: discutían a gritos con el presentador del telediario e insultaban gruesamente al malo de la película; y si alguno de aquellos villanos osaba salir en otro telefilm, haciendo un papel menos siniestro, clamaban a los personajes de la comedia: “¡No te fíes de ese, que lo conocemos del otro día y seguro que lleva malas intenciones!” Los míos lo hacían, y además en valenciano, que es un idioma perfecto para la execración y la desconfianza.
En Internet hay sitios extraordinarios que ofrecen herramientas de trabajo y consulta muy útiles, pero seamos sinceros: la mayoría de sus contenidos son una patata. Y algunos, demasiados, una cloaca. Lo cual no resultaría tan molesto si el navegante en la red no llegase tarde o temprano a concebir la sospecha de que encima de ofrecernos basura, suponen que nos gusta y nos refocilamos en el lodazal. Fíjense, sin ir más lejos, en la cantidad de mensajes zascandiles que reciben en la bandeja de su correo electrónico, esas célebres cadenas de solidaridad con una niñita colombiana que sufre una enfermedad extrañísima y mortal a corto plazo, a menos que reenviemos el mensaje a todo nuestro directorio; o los avisos sobre fulminantes virus que se comerán hasta la última gota de silicio de nuestro disco duro; o los “chollos” que supuestamente ofrecen grandes empresas del sector informático, como el regalo de un ultramoderno ordenador portátil como premio por haber regalado nuestra libreta de direcciones a los profesionales de la publicidad ilegal. Hoy, sin ir más lejos, me ha llegado una notificación de la Agencia Tributaria. Van a devolverme 186 euros como reintegro adicional a mi declaración de la renta. Lo único que tengo que hacer es introducir el número de mi tarjeta de crédito y los cuatro números del PIN -”El mismo que usa usted en el cajero”, dice el mensaje -. Me advierten que tardarán unos días en hacer efectivo el pago. Lo que no aclaran es que no tardarán media hora en vaciarme la cuenta.
Que nos quieran engañar está mal. Pero que nos consideren una panda de imbéciles redomados es delito más sangrante, digo yo. Porque a la postre, ¿qué gano o pierdo si me desvalijan los 28 euros de saldo que hay en mi cuenta? Mas, ¿quién me compensará del terrible bochorno, la vergüenza y abismal descenso de mi autoestima cuando adquiera la certeza de que me he portado como un verdadero mentecato? A eso, que baje Dios y lo vea, no hay derecho.

La Opinión de Granada – 6/09/2009

Lo intolerable

Agosto 30, 2009

Calle2

La concejal de Cultura, Patrimonio y Política Lingüística del ayuntamiento de Palma de Mallorca, doña Nanda Ramón, ha declarado en próximo pasado: “Resulta intolerable que después de treinta años aún queden en nuestras calles nombres en castellano”. No sabemos a qué hito concreto de la historia reciente de España y/o las Baleares se refieren esos treinta años, pero es lo de menos. Lo importante es que la señora concejal ha señalado con no poca contundencia una cuestión que parecía necesario aclarar definitivamente: en una sociedad democrática, más bien en cualquier sociedad, así como en la vida de los individuos y en nuestras relaciones con “el otro”, hay cosas que son intolerables y como tales deben quedar evidenciadas.
La tolerancia es un valor, creo yo, sobredimensionado. Y sobrevalorado. En el Diccionario de la Lengua -con perdón por usar la castellana, es la única en la que más o menos sé escribir -, la tolerancia viene definida como el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. De tal manera, la persona tolerante siempre se sitúa en una posición de superioridad moral, o ideológica, condescendiendo con el arbitrio o hechos de los demás aunque de suyo se conoce que tales actitudes son erróneas. Es una especie de “te perdono porque soy demócrata, que si no, ya te ibas tú a enterar”. El “tolerado” ejerce porque el tolerante lo permite, no porque prevalezca la presunción de que su causa puede ser tan legítima, acertada y justa como la de de quien se sacia a sí mismo de civismo mediante la practica esta virtud.
Tampoco la tolerancia es un recurso democrático incuestionable. Todos tenemos muy claro, casi tanto como la concejal de Palma, que hay situaciones, actos y credos por completo intolerables. Valgan los ejemplos del terrorismo, la violencia racista o sexista, la explotación de los menores en cualquiera de sus repulsivas variedades… y pongan el etcétera tan largo como apetezcan. En realidad, la tolerancia no es más que la extensión hacia lo público de un atributo privado: la paciencia para con el prójimo y sus defectos. Sucede casi siempre que cuando se otorga rango de cualidad colectiva a una índole particular, ésta se desvirtúa. Se relativiza. La razón parece obvia: lo que podemos admitir en el ámbito de lo privado, aunque sea a regañadientes, suele contradecirse con el interés público. De tal forma, y por mencionar un símil bastante extremo, uno puede sentir compasión, cierta genética solidaridad humana, con el joven alienado y desnortado que se adhiere a una banda de sicarios homicidas. Mas resulta bastante imposible solicitar la misma comprensión, sentimientos de benevolencia, para tal sujeto en el caso de que sea preso y puesto a disposición de los tribunales. “Dura lex sed lex”, afirma el brocardo, y dice bien. Todo sistema legal tiene la necesidad intrínseca de guardar y hacer guardar las reglas establecidas de manera válida, so pena de desmoronarser por su inobservancia en razón de elementos subjetivos. Ya tenemos, en consecuencia, una institución democrática que no es y no puede ser en absoluto “tolerante”: el Poder Judicial. O así debería ser.
Lo cierto es que muy pocas instituciones pueden permitirse el lujo de ser tolerantes. Los representantes de dichas instituciones, ya es otro cantar. Depende de los mimbres con que esté hecho cada uno. Los hay como don Gregorio Peces Barba, pacienzudo hasta la semisantidad; y los hay como la concejal de Palma de Mallorca, acérrima intolerante respecto al castellano. Para ella, todas las calles deben estar rotuladas en “catalán estándar”. Qué cosa sea el “catalán estándar” también parece un misterio, máxime cuando se reivindica en una comunidad donde predomina la lengua vernácula mallorquina, con su gramática, sus normas lingüísticas y su tradición literaria. Esta confusión, traída a escena por una concejal de cultura, corre seria amenaza de desvincularse de lo tolerable para caer en lo que sus propias palabras configuran: lo inadmisible. Pero en fin, tan acostumbrados estamos a las majaderías estándar de los nacionalistas estándar que no vamos a llevarnos las manos a la cabeza. Todo quede en casa, como si imperase el ámbito de lo privado. Paciencia.

La Opinión de Granada – 30/08/2009