
Andaba un poco deprimido desde que publiqué en esta misma sección un artículo titulado “Vender la virginidad”, en el que comentaba algunas barbaridades que la gente hace por Internet, pues de su consecuencia el blog donde almaceno estos artículos se me ha llenado con mensajes de individuas que quieren vender su honra y pervertidos que desean comprarla por cuatro duros, lo que casi me convierte en sospechoso de connivencia cibernética con los depravados sexuales más despreciables de España y Latinoamericana, y… ya no sé por dónde iba.
El caso es que andaba un poco deprimido porque los telediarios de todas las cadenas se emiten plagados de la “venganza catalana”, fenómeno que consiste en que los rótulos que acompañan a la propia información aparecen masivamente contaminados de vocablos como “família”, “crímen”, “notícia” y similares, palabras asesinadas por la ominosa, analfabeta tilde, lo que me causa desasosiego; y estando en ello, es decir, deprimido, decidí pasar por el domicilio de mi nuevo vecino para entretenerme un rato en amena charla con este caballero a quien estaba deseando conocer, un médico que ha tomado año sabático para escribir un libro, eso dijo, ha alquilado su apartamento pared con pared al mío y, la verdad, tiene aspecto de ser persona pulcra, culta y de buen trato. Y allá que fui… y me deprimí más todavía.
-“Dios mío, Señor, ¿por qué el mal es dueño del mundo y quienes te amamos hemos de sufrir tanto?”
Eso fue lo que escuché cuando mi dedo estaba a medio centímetro del timbre. Hablaba solo, en voz muy alta y clamando semejantes quejas:
-“¡Envíame una señal, Cristo Redentor! ¡Mándame una señal y dime qué debo hacer, cómo debo librarme de ellos!”
Yo pensé que el hombre estaría recitando de viva voz algún fragmento del “Libro de las Lamentaciones” o texto de similar enjundia literaria. Ya saben que a los médicos se les presupone una formación humanística superior al resto de especialidades científicas, máxime si son de los que se conceden un año sabático para redactar un tratado divulgativo sobre interesantes materias. Sin alterarme por tanto, en absoluto preocupado y sin temblarme el pulso, apreté el timbre. De súbito, al otro lado de la puerta, tronó una voz cavernosa, como de Moisés arengando a los israelitas tras años de errar delirantes bajo el sol cabezudo del Desierto Prometido:
-”¡Vete de mi casa, Satán, huye y no me atormentes! ¡En el nombre del Altísimo te lo ordeno! ¡El poder de Cristo te obliga!”

Aunque nunca me he llamado Satán -sólo faltaría, bastante gracia hicieron mis padres con bautizarme José Vicente Ferrer -, salí de allí a escape, me refugié en lo más alto de mi coquetón dúplex y llamé al 112. Media hora más tarde, un conductor de ambulancias, un médico y tres camilleros se llevaban al vecino, regadera perdido y con trazas de sufrir una crisis paranoico-compulsiva, de las que empiezan con incendiarias invocaciones religiosas y acaban con la casa ardiendo por los cuatro costados. Al salir del edificio, uno de los camilleros dijo:
-”Joder, desde que han quitado los manicomios, está España llena de locos”.
Me miraba entre compasivo y admonitorio, como si pensase: “Tú no suspires mucho, que a lo mejor eres el siguiente”. Y no le habría faltado razón si así hubiese conjeturado, porque entre los disgustos que me dan el mercado internáutico de virginidades, las tildes del telediario y el funesto exceso de realidad que supone descubrir majara a tu vecino, no acabo de regir del todo. No atino, por ejemplo, a digerir noticias como esa que coloca a nuestro país en el puesto dieciséis de la escala internacional indicadora del bienestar anímico de la población. Son datos de la Base Mundial de la Felicidad, o sea, la “World Database of Happiness” nada menos.
¿Será mi vecino un chalado feliz? ¿Debería sentirme yo feliz porque aún no se me hayan llevado con camisa de fuerza? Misterios. Quien se siente feliz es mi casero porque le he anunciado que me las piro del dúplex antes de que suelten al vecino rezador. La verdad es que mi perro y él -me refiero al casero -, tuvieron problemas desde el primer día. Aunque esa es una historia distinta, un malentendido entre los colmillos de mi chucho y la tibia de mi casero que a lo mejor les cuento otra semana. Si no estoy de reposo en Villapirados, claro.
















