Archivo de Marzo 2009
Apuntes para una crisis (I)
Marzo 29, 2009Por triplicado
Marzo 29, 2009El gerente del PP se avecinó en una casa del Albaycín semiderruida, hasta poco antes habitada por okupas, para votar en las últimas elecciones municipales. Que la casa fuese un cascarrio y que en ella viviesen a su misma mugre los de las rastas y los perros sin vacunar no es noticia digna de mención, lógicamente; hablamos del Albaycín, patrimonio de la humanidad protegido por la UNESCO, el tribunal de La Haya y la OTAN si hace falta. De lo cual se infiere que, en dicho entorno, cualquier hijo de vecino puede mearse por las esquinas, vomitar en los callejones, desgarrapatar a sus canes en las plazas públicas y disfrutar el don Simón y la marihuana bajo el techo que le rote. Faltaría más. La noticia radica, por lo visto, en el capricho del gerente empeñado en meter la papeleta en algún colegio electoral de aquellas alturas, aunque fuese a costa de saltarse un pelín las normativas censales. Aunque total, si el hombre tenía ilusión tampoco es cosa de ponerse tiquismiquis. A cada uno le da por lo suyo, y en materia de votaciones ni te cuento, morena. A algún concejal de pueblo he conocido que votaba tres veces: una en sus lugares de origen, otra en el barrio granadino donde compró piso, y otra, por si cabían dudas sobre su fe en la democracia, en el pueblo donde estaba destinado como maestro y ejercía, consecuentemente, sus trabajos como munícipe. Eso es afición y lo demás gavinas. Disculparán que no suelte ahora mismo el nombre del interfecto, a quien mucho se conoció en tiempos por el salón de plenos de la Excelentísima Diputación Provincial.

Pero chitón y a lo que íbamos. Dejemos al magisterio español y su tenaz anclaje en la política local y consideremos esta moda de los políticos consistente en tomar naturaleza censal en lugares peregrinos. El caso del gerente pepero no es el único, ni el más llamativo. La vicepresidenta del gobierno -también muy llamativa y famosa desde que Michael Jackson la demandó por plagiarle el “loock” -, se censó en un pueblecito de Valencia, de apenas dos mil habitantes, para votar a modo en la provincia por la que se presentaba al parlamento nacional. ¿Por qué? Pues porque pueden. Yo no le encuentro otra explicación. A ver… qué interés puede tener una señora que va camino de la vicepresidencia por votar en Moscas del Páramo -pueblo realmente existente, prueben con Google -, cuando le resultaría más sencillo -aunque menos exótico-, hacerlo en su colegio electoral de toda la vida, al ladito de casa. En el fondo se trata de una demostración de poder. Un poco cutre pero demostración a fin de cuentas. Es como si advirtieran a la plebe que, al igual que los de Bilbao nacen donde les sale de los cojones, ellos votan donde les da la gana. Pudiendo servirse del favor y la corrupcioncilla exprés, ¿por qué no van a permitirse estas pequeñas licencias que los distinguen del soporífero resto de la ciudadanía? ¿Habrá algo más rutinario que votar donde manda la ley? ¿Y más “fashion” que plantarse en el grupo escolar de Zotes del Páramo -ídem Google -, estrechar la mano al presidente de mesa, interventores y policía municipal, y alegrarles la jornada electoral? Cuando a la noche se retiren y comenten en su hogar: “¿a que no sabéis quién ha votado en mi urna?”, la suegra, el cuñado y los nenes aún sin acostar sentirán el cosquilleo de lo insólito. “¿Luis Aguilé?”. “No señor. Nada menos que María Teresa Fernández de la Vega”. “¿Y esa quién es?” “Anda ya, ignorante… ¿quién va a ser? ¡La de la tele!”. “Huy, qué ilusión. ¿Y la acompañaba Terelu?”.
Lo dicho: votar por votar debe ser pura alegría en la vida tan parca de satisfacciones que damos a nuestros políticos. Y la vida, como todos saben, está para gozarla. Y la ley electoral para pasársela por el forro, quien pueda. Así se divierten ellos. Como niños. O mejor dicho: como tuertos con parche de pega en el país de los ciegos del todo.
El exilio era una fiesta
Marzo 27, 2009Carlos Semprun Maura
En su memoria
… Xavier y yo le llevamos la contraria, por motivos sencillos y de sentido común, teníamos ambos buenos amigos homosexuales y amigas lesbianas, y sobre todo porque éramos partidarios de la libertad en todos los ámbitos, y más aún en la vida privada. Bueno, claro que también podíamos utilizar los términos de maricón y maricón de playa (lo inventó Álvaro de Laiglesia, creo), pero no en el sentido de Martínez ni con ese odio, aquella tarde, en una terraza soleada de la plaza Maubert-Mutualité.De pronto un hombre, que estaba sentado en la mesa de al lado y leía un periódico, se levanta, se vuelve hacia nosotros, nos saluda amablemente en español, con algo de ironía, y se larga. “¡Joder! –murmura Pepe Martínez–, era Copi… ¿Creéis que me ha oído?”. “Con tu vozarrón, y estando a un metro, ¡claro que te ha oído!”.Pepe Martínez parecía preocupado.
Aparte de ese encuentro tan fugitivo, y de pocos más, asimismo rápidos, no conocí a Copi. Jamás conversé con él, ni sobre Ruedo Ibérico ni sobre Eva Perón. En cambio, le leí bastante. Su pseudónimo se dio a conocer cuando publicaba en Le Nouvel Observateur, sus tiras con la oca sentada, de un humor muy peculiar. Yo oí mil veces: “No le veo la gracia”. Pues sí la tenía. Sus obras de teatro, su novela El baile de las locas, todo eso lo vi, lo leí y me gustó. Como se suele decir cuando no se sabe muy bien cómo calificarle: tenía un talento muy personal.
Hay que recordar, o señalar, que cuando a Copi le montaron sus obras el teatro parisino estaba copado por los argentinos. Jorge Lavelli, Alfredo Arias, para citar sólo a dos, estaban en la cumbre de su éxito, y Copi se benefició de su amistad, de su talento y de la moda argentina que sofocaba París.
En cambio, si a Severo Sarduy le conocí más, le leí menos. No sólo nos vimos como tantos en los cafés de Montparnasse y de San Germán de los Prados, sino que colaboramos juntos en unas tertulias literarias radiofónicas, herederas de las que creó Mario Vargas Llosa en 1960, cuya estrella era precisamente Severo Sarduy, y en la que colaborábamos un pijo venezolano, Gustavo Guerrero, Emilio Sánchez Ortiz, yo y otros que se turnaban pero a los que no recuerdo.
Había diferencias entre esas tertulias literarias. Una de ellas era, digamos, geográfica. Las emisiones en lenguas extranjeras de la RTF tenían su sede en un edificio de los Campos Elíseos que antes de la guerra albergó una radio muy popular, Le Petit Parisien, y luego, durante la contienda, a la emisora más pro nazi y pro Vichy, Radio París. Durante la Liberación, bastaba haber colaborado con Radio París para tener líos, y a veces condenas de cárcel. Pero no le pasó nada, claro, a Simone de Beavoir, a quien Sartre encontró un trabajillo allí, después de que la Educación Nacional la hubiera expulsado de por vida de la enseñanza por corrupción de menores. Por cierto, se llamaba Nathalie.
Luego encerraron todas las radios estatales, los estudios de grabación, las oficinas de ciertos servicios de la televisión, también estatal, etc., en la Casa Redonda, o Maison de la Radio, avenida J. F. Kennedy, a orillas del Sena. Tiene su lógica, pero es profundamente perverso, porque un edificio redondo, unos pasillos redondos, todo redondo, crea nausea y depre, y algunos preferíamos el viejo edificio de los Campos Elíseos. No recuerdo que en los Campos recibiéramos a escritores para entrevistarlos, pero en la Casta Redonda sí. Y es así que por primera vez tuve ocasión de entrevistar a mi hermano Jorge. No recuerdo de qué novela se trataba, pero fue por los años 1986 o 1987.
Después el Príncipe o la Princesa, Severo Sarduy, nos llevaba a todos, a los que querían, se entiende, a la terraza de la cafetería Les Ondes, con la firme intención de emborracharnos y, si no lo lograba, al menor emborracharse él. No hablábamos prácticamente nunca de política con Severo, poco de literatura; hablábamos de amigos comunes, de viajes, de alcohol y de sexo. Copi y Severo murieron del sida y en las más atroces condiciones.
Tengo la impresión de que por aquellos años, los últimos del impero soviético, la pasión por Cuba, las polémicas a favor o en contra de Castro, de Guevara, de las guerrillas, todo aquello se había apaciguado y reinaba cierta indiferencia. Puede que vea estos días a Jacobo Machover y se indigne: ¿cómo no vas a recordar tal fechoría del régimen, y las campañas de protesta que organizamos? Recuerdo el bobo entusiasmo que despertó la revolución cubana, recuerdo la inquietud y la indignación ante el simulacro de desembarco en la Bahía de los Cochinos, recuerdo la que se armó con la muerte de Guevara en Bolivia, como recuerdo las desilusiones de cada vez más cubanos, que fueron goteando hasta constituir un inmenso lago en Florida, con sucursales en Madrid, París y otras capitales. Y también recuerdo, ¡no faltaba más!, el caso Padilla.
Siempre me ha parecido curioso que escritores latinoamericanos y españoles que se consideraban marxistas-leninistas revolucionarios, que aplaudieron frenéticamente los fusilamientos durante más de 10 años, el saqueo de la isla, la ruina de los campesinos y de toda la población, todo ello les parecía estupendo, la Revolución en marcha, de pronto, luego de que detuvieran al poeta Padilla, uno más, se emocionan, hacen gestiones, discretas o aparatosas: en una palabra, se movilizan. Como si opinaran: los campesinos, que se jodan, pero hay que salvar a Padilla.
La forma que tomó dicha movilización fue vergonzosa. Se trataba de un documento, firmado por famosos, que era nada menos que una súplica al tirano: tú, comandante de las barbas floridas, tan bueno, tan revolucionario, tan todo, no puedes encarcelar a Padilla, que es buen chico, buen poeta, y además es inocente. La respuesta del Comandante fue rotunda: sacó por unas horas de la cárcel a Padilla, para que declarara públicamente que esos amigos que pretendían hacer campaña a su favor eran tres veces más traidores, tres veces más gusanos y seis veces más enemigos de la Patria. Así se zanjó el asunto, al menos políticamente.
Ni Xavier Domingo, ni Antonio López Campillo ni yo firmamos esa repugnante súplica al tirano, y lo explicamos en una carta abierta en la que cantábamos las cuarenta a Castro y a su tiranía; carta que nunca fue publicada. Años después, y por casualidad, me enteré de que el cubano con apellido francés que se habían comprometido a llevarla al diario Combat era un agente G2 cubano.
Hay que recordar, o señalar, que cuando a Copi le montaron sus obras el teatro parisino estaba copado por los argentinos. Jorge Lavelli, Alfredo Arias, para citar sólo a dos, estaban en la cumbre de su éxito, y Copi se benefició de su amistad, de su talento y de la moda argentina que sofocaba París.
Tengo la impresión de que por aquellos años, los últimos del impero soviético, la pasión por Cuba, las polémicas a favor o en contra de Castro, de Guevara, de las guerrillas, todo aquello se había apaciguado y reinaba cierta indiferencia. Puede que vea estos días a Jacobo Machover y se indigne: ¿cómo no vas a recordar tal fechoría del régimen, y las campañas de protesta que organizamos? Recuerdo el bobo entusiasmo que despertó la revolución cubana, recuerdo la inquietud y la indignación ante el simulacro de desembarco en la Bahía de los Cochinos, recuerdo la que se armó con la muerte de Guevara en Bolivia, como recuerdo las desilusiones de cada vez más cubanos, que fueron goteando hasta constituir un inmenso lago en Florida, con sucursales en Madrid, París y otras capitales. Y también recuerdo, ¡no faltaba más!, el caso Padilla.Tocar la música, gustar los colores
Marzo 22, 2009

Mi hijo pequeño, siendo muy niño, acariciaba la música. En cuanto llegaban a sus oídos las primeras notas de algunas sintonías que lo emocionaban, extendía los brazos feliz y rozagante, y entre balbuceos y pompas de bebé abría y cerraba las manos, ansioso, como queriendo atrapar los sonidos que llevaban a su sentido del tacto la esponjosa impresión de algo incomprensible y placentero, como un vuelo sutil de seda y sándalo que pudiera palparse aunque nunca sujetarlo y poseerlo. Le ocurría sólo con algunas músicas, también en eso salió raro el niño. En concreto, con la cortinilla de la entonces célebre serie televisiva “Cheers”, el “Confutatis” del Réquiem de Mozart y la versión de “Sweet Home Alabama” que, convenientemente galleguizada, popularizó en esos años Siniestro Total. Los gustos del párvulo no eran demasiado exigentes aunque no podía negársele cierta amplitud de criterio.
Mucho más tarde me enteré de que dicho fenómeno tenía un nombre y estaba descrito y estudiado por especialistas de todo el mundo: sinestesia. Para un servidor, tan ignorante como cualquier mortal, la sinestesia siempre había sido una figura literaria, tropo consistente en unir dos imágenes procedentes de distintos dominios sensoriales, como “oscuro silencio”, “rojo cálido” y cosas así. Nunca es tarde para aprender.
La explicación más aceptada sobre la sinestesia como elemento de conformación psicológica del individuo es que, en determinado momento del crecimiento fetal, las áreas cognoscitivas donde se almacenan y procesan sensaciones externas se encuentran aún amalgamadas, en un único archivo por decirlo en términos informáticos, desarrollándose con posterioridad la capacidad de distinguir cada sensación y atribuirla al objeto que corresponde. Pero en algunos sujetos, no sabemos porqué, no llega a producirse del todo esta especialización. De tal modo, los sinestésicos ven los sabores, tocan los colores o gustan los sonidos. También manifiestan una aptitud excepcional para algunas habilidades, como atribuir colores concretos e invariables a números, letras y palabras; o bien organizan la percepción del ámbito de lo sonoro y en especial la música en nítida visualidad. Para algunos sinestésicos, las matemáticas es una cuestión de colores y la música una danza perpetua y armoniosa de imágenes abstractas. No es de extrañar que, con tales habilidades, algunos de ellos salgan genios en estas materias.
No se apuren que ya viene la queja. Un artículo de prensa sin denostar contra algo o alguien es como ir al fútbol para contemplar soporíferos empates a cero. O sea que me quejo.
Es el caso que entre los días 26 y 29 de abril va a celebrarse en nuestra ciudad el III Congreso Internacional de Sinestesia, Arte y Ciencia, con la participación de reputados especialistas venidos de las cuatro esquinas del planeta, y un programa de actividades muy sugerente aunque tan condensado que no va a tener uno tiempo de asistir a todo cuanto quisiera presenciar. Y también es el caso que a dicha convocatoria no le están haciendo mucho caso -más bien casi ninguno -, ni los medios de comunicación ni las entidades dijéramos motores de la cultura local, con perdón por la mecánica referencia. La Fundación Arte Cittá lleva cinco años apostando por este congreso y Granada como sede del mismo; el esmero de la organización, con María José de Córdoba al frente de la misma y un entusiasta, capacitado grupo de especialistas, científicos y autores involucrados en el evento, son garantía de la relevancia del mismo. Sin embargo, hay un algo que debería acabar de prender en torno a este congreso, la última chispa de interés que sólo se produce, me temo, cuando políticos y fuerzas vivas ven el color de la foto. Aunque, ya se explicaba antes, la sinestesia no consiste en ver colores sino en escucharlos. Sería fantástico el prodigio de que, ya desde esta convocatoria, nuestra ciudad se extasiara acariciando el “sweet home Granada” -que lo es desde hace mucho -, de los estudios, avances y propuestas en torno a un campo tan extraordinario del conocimiento y la creación artística. Y si fuera posible, de una vez y para siempre.
Si yo pudiera y supiera…
Marzo 20, 2009
…escribir con el talento de Mugica Lainez, la culta imaginación de Cunqueiro, la poderosa frondosidad de Carpentier y el amor por lo insólito de Perucho, entonces… sería la persona más frustrada del planeta literario porque Antonio Enrique ya existe.
Y no digo más, que entre amigos todo son rosas, él lo sabe y yo lo sé y ambos vivimos los goces del mismo aroma, en idéntica pasión. Y a falta de espinas, espada hay que tajará el tiempo y cortará el espacio en lugares enfrentados idénticos uno a otro, como espejos que multiplican su milagro hasta el infinito; un portento digno del genio de la espada y el alma generosa que late en cada página de este libro de Miramamolín.

Patinazo habemus
Marzo 19, 2009La Papelera – El Cultural
Juan Palomo
17/03/2009
“Ya sé que el título de este blog no es precisamente un prodigio de imaginación, pero en este caso no hay otro mejor para anunciar lo que mañana será un hecho consumado.
Si no pasa nada realmente sorprendente, Paraíso inhabitado, de Ana María Matute, será elegida mañana como la mejor novela del año por el jurado del VIII Premio Fundación José Manuel Lara.
Para empezar, sus contendientes (La familia de mi padre, de Lolita Bosch, Sal, de Manuel García Rubio, El comienzo de la primavera, de Patricio Pron y El país del miedo, de Isaac Rosa) bastante tienen con haber llegado hasta aquí, porque hay quien cuestiona que estas cuatro novelas sean realmente las mejores de 2008…“

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La Vanguardia
19/03/2009
Isaac Rosa gana el Premio José Manuel Lara Hernández
El escritor fue galardonado con el premio a la mejor novela de 2008 por su libro “El país del miedo”.
La historia versa sobre los temores compartidos en las sociedades modernas

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Igual el asunto hasta trae cola, y algún debate de esos, descafeinadillo pero interesante a su manera, entre escritores, editores y factotums del cotarro. Aunque el premio queda en casa (Destino - Paraíso inhabitado; Seix Barral – El país del miedo, ambas Planeta), me da la ipresión de que Ana María Matute no ha debido sentirse muy en su casa. Como siempre. Esto no se le hace a una escritora como ella, qué diantres. Si no le van a dar el premio, no la metan ustedes en danza y en estos fregados, a su edad y con su trayectoria. ¿O se trataba de promocionar a Isaac Rosa utilizando el prestigio, vencido, de la Matute? El sevillano es joven y talentoso y no parece necesitar estos apaños para construir una sólida trayectoria.
Nunca van a aprender fineza los planetarios.
Y tampoco se le hace esto a Juan Palomo, qué leches. Pobre hombre, lo han dejado planchao…
Un puente que fue romano
Marzo 15, 2009
Con todo afecto y un saludo muy cordial a mi amigo José Manuel García Marín, por alegrarme la mañana.
El mapa del tiempo
Marzo 15, 2009
Calderón se preguntaba quién nos sueña. Quién piensa nuestros pensamientos. Cuando dejamos que el silencio del mundo renazca por encima de todos los ruidos inútiles, atronadores, desconcertantes y por ello mismo plagados por la mentira, y ese mismo silencio que siempre ha estado presente se convierta en realidad posible -la única realidad inevitable -, es entonces el momento de aceptarlo: nada sabemos sobre nosotros mismos, nuestro yo recóndito, nuestra personalidad más profunda. La voz que nos habla de la inquietante paradoja es el silencio.
Cuando llevamos mucho tiempo esperando sin ruidos ni pensamientos que alteren la simple calma en la observación de nuestro vacío, puede que seamos igualmente capaces de dejar de esperar. Abstraídos en nuestro ser propio, sin contacto con la inmediatez y todo cuanto la representa, unidos a la potestad de lo infinito que existe y que es todo y uno resumido en el tiempo, entonces, se dice, despierta renacida nuestra conciencia y el universo entero nos es revelado. Todo gira en torno a dos percepciones decisivas: la conciencia y el tiempo. De ambas, muy poco sabemos; sin embargo son las únicas señas que llegan nítidas al entendimiento sobre la verdad última del mundo, cuanto late y susurra más allá de la apariencia sensible de las cosas.
Con esos dos elementos, el tiempo y la conciencia, ha construido Félix J. Palma una novela extraordinaria, “El mapa del tiempo”. Y es de bien nacido lector agradecer ese detalle porque, sinceramente, cada día resulta más difícil encontrar entre las novedades editoriales alguna que merezca en verdad la pena. Si la obra, además, transciende la sencilla ilusión del aprobado para situarse en la radiante autoridad de las novelas magistrales, en tal caso, la satisfacción del lector zascandil -cual soy yo -, debe expresarse inmediatamente, para que los libreros no arrumben la novela en el fardo de devoluciones y los editores no coloquen a la edición el funesto sello de “descatalogado”. Cada cual hace lo que puede por el libro que lo merece, y como yo puedo al día de hoy escribir esta página, no olvido, porque ni quiero ni debo, a la novela de Félix J.
Ah, no crean ustedes. El artículo me está saliendo algo abstruso, mas “El mapa del tiempo” se lee como lo que es: una inmensa novela de aventuras donde el pulso de la acción y el desarrollo de la intriga se centran, al mejor estilo de los relatos clásicos del “romance científico”, en la posibilidad de viajar en el tiempo, cambiar el presente, alterar “el tejido” temporal y abismar el conocimiento humano -siempre tan menguado el pobre -, al océano deslumbrante de los universos paralelos.

Inteligente en su planteamiento, amena y escrita con espléndido estilo, en la narración irrumpen con vigor de personajes literarios autores verídicos, los fulgurantes “padres fundadores” del género, como H.G. Wels, Brad Sotker o Henry James. Será Wels finalmente, en las últimas páginas de la novela, quien sugerirá la exquisita aporía: si el tiempo es materia viable, ¿por qué no ha de serlo la propia conciencia? ¿De quién somos pensamiento, quién nos imagina y qué escritor del futuro escribe ahora mi pasada realidad? No es asunto menudo ponerse a pensar en ello. Al final, entra como vértigo. Mira por donde, en el precio de la novela van incluidas entradas para unos cuantos viajes temporales y, a más regalo, un pase para la noria donde se agita la imaginación hasta la completa lucidez, es decir: el aturdimiento.
No conozco a Félix J. Palma ni falta que me hace para reconocerlo soberbio novelista, rara avis en el panorama literario. No porque escriba bien, que lo hace, sino porque nos llega convencido de la persistente posibilidad de la literatura. Entre tanta novela sobre amores de oficina y aflicciones existenciales de nuestras sentidas clases medias, una novela con H.G. Wels y el tiempo como protagonistas es tan excitante como un viaje hacia la cuarta dimensión. Hacia lo desconocido. Los arcanos del mundo siempre guardarán maravillas por descubrir. Evidentemente, reservadas a quien apetezca buscarlas.
Gran Torino, Robinson Crusoe revisitado
Marzo 11, 2009


Unos jodiendo y otros jodidos
Marzo 8, 2009

Durante una sesión parlamentaria, allá por finales de los setenta, el senador Camilo José Cela quedó traspuesto mientras algún pater conscripti peroraba sobra abstrusas materias constitucionales. El presidente de la cámara llamó la atención al escritor: “Está usted durmiendo”. “No señor, estaba dormido”, respondió Cela. “Es lo mismo”, indicó el presidente. “Nada de eso”, replicó el de Iria Flavia, “como tampoco es igual estar jodiendo que estar jodido”.
Ley de vida, o más importante aún: ley de mercado. Tres millones y medio de parados se estrujan las neuronas intentando superar su condición de jodidos, mientras que otros se dan el lujo de lapsus mentales que indican su decisión de joder a toda costa, en España y en Rusia y en donde haga falta. No se preocupen que no voy a entrar en el desliz idiomático de zapatero -demasiado fácil lo ha puesto -; además, para muchos viajeros hispánicos pensar en turismo exótico sin sexo es como organizar la domingada sin paella. El acto fallido presidencial es en el fondo elocuente y preciso. ¿O pensaban quizás que la crisis afecta a todo el mundo? Craso error. Aquí sigue habiendo clases, las de toda la vida y como siempre. A unos les concierne la debacle porque sus rutas de turismo sexual se ven afectadas tanto en origen como en destino y a otros, más sencillamente, porque el banco se queda con su casa. Parece injusto pero así funciona el sistema. ¿Cómo íbamos a poder lamentarnos por estar jodidos si no hubiese una cantidad razonable de compatriotas que se pasan la vida jodiendo? Para milagros, vaya usted a Lourdes.

A más esclarecimiento de la cuestión, fíjense en cómo late y se manifiesta el proceloso mundo de los parados. Imaginen que su cuñado, el que trabajaba de maestro de obras en una inmobiliaria, va al paro. Entre indemnización y finiquito ha cobrado 9.897 euros, lo que asegura la mantenencia de su hogar por un período, digamos, de noventa días. Tragedia familiar en el horizonte. Comparen con el pelotazo de despido que le cayó el mes pasado al consejero delegado de VOCENTO -ABC y otras cabeceras-. Seis meses trabajados, de julio de 2007 a finales de enero de 2008; y 2′98 millones de euros de indemnización. Así da gusto. Así sí puede uno marcharse a la cola del INEM con la cabeza bien alta. Pero claro, no es lo mismo ser consejero delegado que maestro de obras. Pues no. Tampoco es lo mismo estar jodidos que ser de los que joden: el grupo VOCENTO anuncia un expediente de regulación de empleo que afectará a la mitad de sus redactores, y no sé porqué me barrunto que no van a indemnizar con 2′98 millones de euros a cada uno de los despedidos, ni cifra que se aproxime a la milésima parte. Lo más preocupante del asunto es que los afectados ni siquiera van a poder quejarse enviando una carta al director de su periódico. La sección de “Opinión” ha desaparecido de la web del periódico de VOCENTO en Andalucía Oriental, Granada, Jaén y Almería. ¿Por qué? Misterios.
Lo que deja de ser un misterio, ya, es algo que preocupaba a siete u ocho personas, todos ellos conocidos míos: la causa de mi “trasvase” de Ideal a La Opinión de Granada. Pues mire usted, con el trato que se da a la opinión en Granada fuera de La Opinión de Granada, uno, en sus cortas luces, lo veía venir. Antes hacer el petate que sentirse, definitivamente, muy jodido. Que sí hombre, que yo he nacido para montar en globo, no para ser pobre -que lo soy y a mucha honra -, y encima pasar los días y las noches mirando hacia la Meca. Como dijo el alcalde de Alhabia al grupo de jóvenes que solicitaba una subvención para abrir un local social y dedicarse a actividades culturales: “¿Local social… actividades culturales? Anda ya. A joder, al río”.
