Archivo de Enero 2009

Mil años de optimismo

Enero 25, 2009

El cual artículo se publica sin imágenes de ninguna clase porque el autor se halla insularizado y, por cierto, acordándose de los muertos de quienes organizan los complejos residenciales para guiris. Ni Ñ tiene este maldito terminal. Todo lo cual demuestra que se puede ser optimista sin perder la malafollá.

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La tendencia irrecuperable de Granada hacia el pesimismo no es más que una conjetura por demostrar. Cierto que hay mucho paisano dispuesto a cambiar el nombre de la patrona por Agonías, pues Angustias le parece poco. También es verdad que los políticos echan mano de esa predeterminación hacia lo fatal cuando les conviene, según estén ejerciendo el poder o actuando de oposición. Lo del PP por ejemplo: si hablan desde el Ayuntamiento, todo marcha sobre monopatín en cualquier flamante acera recién inaugurada; si lo que toca es arremeter contra la Junta de Andalucía, vivimos en un infierno donde gracias a ellos Pedro Botero no atiza demasiado las calderas. Con la celebración del Milenario del Reino de Granada (“Reinos de Granada”, no se cansa de matizar Emilio Atienza), sucede tres cuartas. Si habla el alcalde, va a ser el “rien va plus”; si teoriza Pérez Linares, la catástrofe, la frustración histórica que nos faltaba para sentirnos la rabadilla del mundo.

Guardo yo en el santiscario la convicción de que los granadinos del milenio, todos ellos, eran gente más bien optimista. Y echada para delante, claro. Ahí tenemos sin ir más lejos (porque más no se puede), al mercenario Abdalá, iniciador de la dinastía zirí. Hace falta ambición para fundar un reino frente por frente al omnímodo poder cordobés. Y le salió la jugada. El mismo Boabdil fue un rematado optimista que firmó las Capitulaciones convencido de que estaba preservando la cultura y fe islámicas para siempre y los jamases. Los Católicos Reyes, parte contratante de la primera parte en aquel acuerdo, era otros forofos de la buenaventura. Estamparon su firma en convenio tan decisivo, seguros de que la Historia no iba a dejarles en mal lugar. O el mismo Gran Capitán y sus campanudas cuentas (no era granadino, vale, mas apuntaba maneras y sus descendientes acabaron siéndolo); o san Juan de Dios, librero antes que santo… es imprescindible el optimismo para ambos oficios; o Juan Latino, esclavo negro empeñado en ser catedrático y casarse con una dama de la aristocracia local. Fue capaz de vivir aquella ilusión. O José García, el cabo de Inválidos al que se le puso en las carataunas evitar la voladura de la Alhambra por los franceses en retirada; podía haberse quedado en casa, lamentándose: “la q’an liao lo hioputah e loh gabachoh”. Pero creyó y pudo y hoy tenemos Alhambra en vez de un montón de ladrillo triturado. García Lorca fue otro tocado por el candor del puro optimismo. ¿Dónde mejor que Granada, la casa de sus padres, para librarse de los horrores de la guerra? Otra cosa es que los malafollás atravesados de siempre cumplieran con su papel en el drama. Tras la última sonrisa de un optimista siempre hay un tío vinagre que se frota las manos pensando que todas las fichas del tablero acaban en la misma caja al final de la partida; uno de esos que ve la fotografía de don Francisco Ayala en el periódico y comenta al vecino de mostrador: “Me han dicho que últimamente no anda bien de la próstata”.

Ser optimista, más que una convicción es una necesidad de los espíritus grandes. Cuanto más se achica la vida y sus miras, más oscuro es el horizonte de nuestros anhelos. Como decían en mi película favorita (dirigida por Ramón Torrado en 1942, antiguo que es uno): “No hombre, no… en la vida, como en la mar, hay que mirar alto y lejos. ¿Mil años? Dos mil y los que hagan falta. Los biznietos de nuestros hijos recordarán nuestro sueños, aquello en lo que creímos y por lo que luchamos. Nadie va a conmemorar nuestra quejumbre, ni la mala gana, ni el cenizo, cuando llevemos cien años compartiendo caja con la dama, el alfil y el rey… nosotros, los humildes, entusiasmados peones durante la partida que ojalá dure otros mil años. Por lo menos.

La Opinión de Granada - 25/01/2009

Tolerantes, intolerantes y gente con mejores cosas que hacer

Enero 18, 2009

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Vaya semana. La minipolémica con mi amigo José Luis Serrano me ha tenido pendiente de las páginas de La Opinión. La cosa está que arde. En eso tengo que felicitar a José Luis: ha conseguido llevar el debate sobre la Toma más lejos del 2 de enero. Su mérito.
Afirma en un estupendo artículo que “hay que buscar otra fiesta de la ciudad, porque en esta no cabemos todos“. Natural, querido ex fumador. ¿Se conoce alguna fiesta institucional en la que quepan todos? En el catalán 11 de septiembre no caben los aborrecidos “españolistas”, lo mismito que en el Aberri Eguna. Los nacionalistas andaluces, no hace falta precisarlo, caben en el 4 de diciembre, no en el 28 de febrero. En todas partes cuecen habas. ¿Saben la postura extraoficial de los orgullosos leoneses sobre la fiesta de los Comuneros, día grande de Castilla-León? “Villalar, a cagar“. Cualquier celebración institucional es la representación solemnizada de principios ideológicos, o sea: un debate en sí misma. No hace falta que todos quepamos por obligación, sino que quepa quien quiera y se respete al que no quiera u otra cosa quiera. En los anhelos particulares manda cada cual y uno es muy libre de expresarlos en el sentido que le parezca. Eso sí, no me tilden ustedes de intolerantes a quienes no comparten su idea de tolerancia: quien no está de acuerdo conmigo es un carca, un facha, un xenófobo, un militarista y un nostálgico del franquismo. Así, no.
Ah, pero Serrano no ha dicho nada de esto último. Disculpen el lapsus, se me fue el oremus confundiendo sus argumentos con los de la ínclita Granada Abierta por la Tolerancia. Esos señores no argumentan: denostan agriamente a quien no acate su raro concepto de tolerancia. Ahora resulta que César Girón, brillante, generoso, documentado defensor de la Toma, es un “alucinado” que dice “majaderías”. Curiosa manera “abierta y tolerante” de debatir.
Bueno, un poco cansado de todo este barullo y con los oídos pitándome por las tracas tolerantes, me refugio en las mil páginas de Las benévolas, obra capital de Jonathan Littell: magistral relato sobre la invasión nazi de la Unión Soviética y el exterminio judío. Aquello sí era intolerancia y no el griterío de cuatro mataos alzando banderas con “el pollo” en la plaza del Carmen. Littell convence al lector de una pavorosa realidad: la locura nacionalsocialista no fue ninguna locura. No es posible que, de repente, todos se volviesen asesinos sanguinarios, cómplices en la solución final, desde el médico que certificaba la edad de las víctimas infantiles al guardabarreras que que dirigía trenes directos a los hornos crematorios. No estaban locos. Hacían lo que les tocaba hacer, piezas simples con voluntad inerme y sin capacidad de maniobra en el implacable engranaje de la Historia. Yo creo que esa es la diferencia entre la presunción de libertad y reconocerse súbdito de una dictadura: cualquier ser humano sabe cuándo puede decidir y cuándo no hay más remedio que plegarse a la lógica atroz de los tiempos. Siempre queda el recurso a la heroica: morir en pie. Como frase queda bien. Pero lo cierto es que, llegado el momento, hay mucha gente dispuesta a vivir de rodillas y con la conciencia tan tranquila. Jonathan Littell lo demuestra sobradamente en su novela, y muy descaminado no debe ir: el Goncourt y el de la Academia Francesa son los premios literarios que ha merecido. No está mal para un judío norteamericano que escribe en francés y vive en Barcelona. Seguro que a ese caballero le dicen muy poco los 11-S, los 28-F y los 2-E. Como decía mi abuelo Paquito el tarambana: Tendrá cosas más importantes de las que ocuparse. Pues mira, a lo mejor.

La Opinión de Granada -  18/01/2009

Vidas de diseño

Enero 15, 2009

Si no es usted feliz, es porque no quiere

 

Si una mañana de invierno un suicida…

Enero 11, 2009

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Adolf Merckle, uno de los hombres más ricos de Alemania, se arrojó al tren el pasado 6 de enero. Como es natural alcanzó su autoinmolación -los ricos lo consiguen todo -, debido a que los negocios iban de mal en peor y el hombre se veía impotente ante la quiebra de sus empresas y la vergüenza de la bancarrota.
Con la calderilla que guardaba en los pantalones nuestro indigente suicida habría sobrevivido una familia somalí durante cuatro meses, pero no es cuestión de ponernos catequistas ni de recurrir a la débil demagogia comparativa entre la opulencia occidental y la absoluta miseria que asola a dos terceras partes del planeta. Cada individuo es irrepetible, y la muerte la última novedad en nuestro existir. Cualquier cadáver merece el respeto debido a quien sabe de la vida más que nosotros por vía de la experiencia. Aunque la causa del óbito sea tan aparatosa y el muerto encaje tan mal en el guión de un suicidio, debemos a Merckle el humilde “commentatio mortis” que Cicerón aconsejaba a todo aquel que quisiera aproximarse al motivo último de cada fenómeno, eso que Aristoteles llamaba filosofía.
La moral luterana es lo que tiene, me parece a mí.También me parece que Adolf Merckle ha pagado con su vida la convicción protestante de que el hombre ha venido a este mundo para trabajar y alabar al Supremo. El dinero, la riqueza, el lujo incluso, son fruto del esfuerzo y la intachable honorabilidad, de manera que si alguien cae en súbita pobreza, una de dos: o se ha comportado como un indecente canalla o ha cometido abochornantes pecados. No se trata, en el fondo, de la vergüenza por el descalabro económico, las deudas, los embargos… sino de la presunción, tanto colectiva como íntima, de que el arruinado pasa sin remedio a formar parte de la más detestable categoría humana: los dejados de la mano de Dios. Y eso no hay luterano que lo resista. De la misma manera que en la Edad media la peor de las penas que podía imponerse a alguien era el destierro -más insoportable aún que la muerte -, en la puritana sociedad que venera la estética Biedermeier no hay nada más cruel ni infamante que la insolvencia sobrevenida. Si Dios ha dejado de amarte, ¿cómo te van a respetar los vecinos?
Uno imagina situación parecida en este sur del continente y las comparaciones resultan absurdas; por supuesto: mucho menos mortales. De Sofico a Filesa pasando por Rumasa, de Mario Conde a Mariano Rubio y sus “marianitos”, de Marbella al Forum Filatélico y la última inmobiliaria en quiebra con tres mil viviendas construidas en la séptima nube según se sube a mano derecha -con aviso a clientes hipotecados: las reclamaciones al maestro armero -, aquí todos los venidos a menos siempre han gozado de excelente salud. Ventajas de la religión católica, a qué dudarlo. Uno se acostumbra desde la infancia a transferir la culpa al confesor. Luego, ya metidos en la madurez, no hay bajón financiero ni quiebra dolosa que nos quite el sueño. Estando “con la conciencia tranquila”, allá penas. Mira qué buen lustre tenía el jamonero de Trevélez.
Hay que hacerse muy católicos para afrontar la crisis. No salvaremos nuestro dinero y probablemente tampoco nuestra alma, mas evitaremos el riesgo de que un tren de cercanías nos convierta en compota de persona, o final semejante. Y no me ponga usted el ejemplo de Madoff, por favor. Ese pollo ni es protestante ni católico. Sé de buena tinta que no cree en Dios. Con los milagros monetarios que era capaz de obrar, si llega a creer en Dios no lo pillan ni escapando a la pata coja.

La Opinión de Granada – 11/01/2009

El silencio de Andreotti

Enero 10, 2009

A la pregunta, ¿qué futuro aguarda a los niños italianos?, el expresidente Andreotti responde con la rotunda locuacidad que a continuación, en el vídeo, pueden ustedes apreciar.

 

 

La sinceridad siempre es de agradecer, y en un político de la experiencia de Andreotti ni te cuento.

Miseria de la teología

Enero 8, 2009

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Probablemente Dios no existe, aunque todo el mundo sabe que las causas de lo probable son los accidentes de lo posible. De tal manera sería preciso un anterior desequilibrio, definitivo, en los ámbitos de lo conjeturable, para que esos anuncios que van a lucir en los autobuses de Barcelona y Madrid sobre la cuasi inexistencia de Dios tuvieran algún sentido. Lo que no tiene sentido, ni desde el punto de vista ateo, agnóstico y mucho menos creyente, es la conclusión práctica del ambiguo mensaje: “Deja de preocuparte y disfruta de la vida“.

A ver que yo me aclare. Si alguien -persona física o jurídica, individuo o grupo -, acomete la hazaña filosófico-teológica de demostrar o acercarse milimétricamente a la demostración de la inexistencia de Dios, y organiza una campaña pública que proclame tan fenomenal hallazgo -lo que debe costar unos duros, supongo -, y todo ese esfuerzo y gasto y fanfarria se reducen finalmente a enseñanza tan hortera cual el célebre don’t worry be happy… pardiéz, o mejor dicho, ¡Vive Dios! Para ese viaje no necesitábamos alforjas. Las maravillas del don’t worry be happy ya estaban sobradamente argumentadas en la popular canción de Bobby McFerrin, de la cual se hizo muy célebre en los años 80 la versión en clip musical. Sonaba a todas horas y se veía en todas las cadenas de TV, si me acordaré yo…

 

Aunque el propósito de las asociaciones de ateos con esta campaña de publicidad parece distinto al puramente lúdico. Al menos eso afirman. Se ponen trascendentes -algo aporístico después de haber convertido el asunto en materia de publicidad ambulante -, y aseguran que la supuesta existencia de Dios es motivo de dominación ideológica por parte de las múltiples iglesias terrenales -sospecho que colocan a la católica en primer lugar del ranking -; y asimismo aseguran que las religiones nunca han servido para hermanar a los seres humanos sino para dividirlo y enfrentarlos sanguinariamente en nombre de la creencia de cada cual. Pues muy bien, yo que me alegro de su capacidad para percibir los fenómenos más evidentes de la Historia; mas no deben haber caído en la cuenta de que presentan como evidentes dichos fenómenos porque su análisis de los mismos es por completo superficial, trivial tanto en la indagación como en el enunciado de resultas. Se llega entonces a la contradicción, algo pueril en sí misma, de rebatir prácticas falaces con argumentos de una debilidad rayana en el sofisma. A eso, cualquier filósofo le llamaría hacer trampas.

Cierto es que las creencias religiosas y las mismas religiones han sido utilizadas secularmente como instrumento tanto de dominación como de agresión de unos pueblos contra otros, pero no es menos verdad que tal uso ideológico -es decir, interesadamente ceñido a los objetivos e intereses representados por la falsa conciencia -, servía al determinado poder de cada momento y situación. Las religiones en sí y per se son absolutamente incapaces de obrar milagros: ni el de que los hombres se entiendan y comprendan ni el de que la humanidad se mate con las manos puestas en las armas y la mirada en Dios. Las religiones, para esta tarea del conflicto perpetuo, necesitan ser instrumentalizadas por personas, entidades, clases sociales y grupos de poder que pretendan servirse de ellas para sus fines. El problema no está en la religión -una forma tan legítima como otra cualquiera de expresar los anhelos espirituales del ser humano -, sino en cómo se avienen los sacerdotes del templo y los señores del acero para hacer la guerra en nombre de Dios. Puede objetarse a este argumento que tanto da una cosa como la otra, que a fin de cuentas lo que importa son las consecuencias prácticas de cada situación, y por consiguiente las religiones son perniciosas porque con facilidad pueden servir a empresas canallescas. Casi se acertaría, pero no del todo. ¿Saben por qué? Porque la ideología dominante hoy, en nuestra civilización occidental, la que nos aboca a convertirnos en súbditos sin redención de la tríada maldita (trabaja-consume-muere), no es ninguna ideología religiosa sino la ya célebre, globalizada y al parecer irrefutable predestinación al don’t worry be happy.

A menos que haya un problema psiquiátrico por medio, nadie vive preocupado ni angustiado por la existencia o inexistencia de Dios. Más bien es asunto que trae al pairo al personal. Nadie en sus cabales se siente mediatizado en sus posibilidades de ser feliz por la posibilidad de que Dios exista. Y, a qué negarlo, nunca nadie siguió enseñanzas y prédicas del templo que no estuviera decidido previamente a acatar. O sea, que la campaña de los autobuses ateos no soluciona nada en este territorio del sosiego psíquico de la población. Pero eso sí, introduce un elemento perverso, ideológico, en el ya de por sí enrevesado santiscario del ciudadano contemporáneo: presenta la existencia de Dios como causa de malestar en la cultura de los pueblos, al tiempo que plantea la desaparición de esa certeza como radiante camino a la felicidad.

¿De verdad los ateos del autobús creen que la gente va a vivir más feliz, más despreocupada, más conforme, el día que comprendan la inexistencia de Dios? Tan pandos de entendimiento no pueden ser. Prefiero pensar que galanamente, de su propio bolsillo y en uso de las donaciones que reciben, sufragan una campaña encaminada a atribuir a la religión y la idea de Dios la responsabilidad de las penas de este mundo. Lo cual, en una sociedad moderna, de ciudadanos más o menos cultos y conscientes de sus derechos y obligaciones, con más de tres millones de parados, una crisis económica sangrante por agravio de comparación entre la opulencia de los poderosos y las fatigas del hombre quieto ante el semáforo, y, por añadidura, bajo la vehemente sospecha de que la soberanía del pueblo y el ejercicio efectivo de la democracia se escamotea escandalosamente en favor de los dueños del dinero, todo ello, decía y digo antes de perder el hilo, constituye una actitud que puede definirse con dos palabras: cínica y reaccionaria.

Cínica porque, a sabiendas, desvía la atención reflexiva sobre la auténtica realidad de nuestro mundo hacia ámbitos que, a estas alturas del guión, ni pinchan ni cortan ni tienen párrafo en el drama.

Reaccionaria porque, no hace falta decirlo, predicar don’t worry be happy con la que está cayendo es como si el bromista, desfachatado Noé, hubiese vendido a sus vecinos un paraguas “para las cuatro gotas que asoman de aquellas nubecillas”.

Y más nada digo, aparte una frase antofagasta que oí ayer a un amigo sobre esta cuestión del ateísmo viario. “Esos autobuses, en La Meca, ¿cuántos kilómetros llegarían a circular?”

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Los buenos principios

Enero 4, 2009

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Aníbal sólo temía “a los griegos cuando traen regalos”. Las personas con buenos principios empiezan extendiendo la mano y acaban llevándote de la oreja camino del confesonario, por lo que parece preferible la amistad de un canalla decente a la de un meapilas. Mi amigo Carlos Wenceslao Lozano, por ejemplo, se manifiesta perfecto conocedor del género en su felicitación navideña; incluye la frase más lúcida y demoledora de los últimos tiempos: “Un canalla como Dios manda debe ganar respetabilidad con los años, ese es su signo de autenticidad”. Irrefutable. El machadiano don Guido era un auténtico canalla; Mick Jagger, un farsante. Por no hablar de los artistas hispánicos que en los años setenta eran devotos de la iglesia leninista y llegados a los sesenta (de su edad), iconos sobre andas en la fervorosa romería de las “miembras”. Rebeldes, malditos de VISA platino, con plan de jubilación y alerta en google-mobile sobre las cotizaciones del Santander, no resultan nada auténticos.
Hablando de alertas, hace semanas creé una en mi correo electrónico sobre la nueva versión del navegador para Internet de Microsoft, Explorer 8. La bandeja de entrada se ha inundado de noticias sobre asesinatos, tiroteos, secuestros y cadáveres sin identificar. Resulta que el vehículo aproximadamente oficial de los “narcos” colombianos y mexicanos es un todoterreno llamado Explorer. Se pone de cero a cien en tres segundos, y en las circunstancias descritas lleva de la vida a la muerte en mucho menos tiempo. El problema de este modelo no es la estabilidad sino la durabilidad de sus ocupantes, sobre todo si viven en Colombia o México y se dedican al trapicheo. De lo que se entera uno por Internet…
Otro viaje interesante fue el de quien podíamos llamar “el Schindler granadino”. Leen bien. No me refiero a Sanz Briz, el diplomático español que arriesgó su vida para salvar a cientos de judíos de la barbarie nazi, sobre cuya vida y obras informó recientemente Antena 3. Hablo de don Enrique Wulff Martín, quien durante muchos años fue director de la delegación provincial de turismo. Lo recuerdo en las dependencias de la Casa de los Tiros, atendiendo amablemente a jóvenes e incordiosos estudiantes que acudíamos en busca de folletos y publicaciones varias. Lo que no sabíamos entonces era que aquel hombre grandote y afable se había jugado el tipo para traer de la Francia ocupada a más de trescientos españoles, la mayoría sefardíes, recluidos en campos de concentración. Llegaron en viejos trenes, sobre el traqueteo de la última esperanza, surcando los fríos de Iberia entre alientos de hollín y replicar de estómagos vacíos hasta la comarca de Loja, donde se asentaron casi todos ellos. Don Enrique nunca hablaba de aquellos asuntos, era su natural reservado. Los medios de comunicación tampoco han hecho grandes esfuerzos por rescatar una historia apasionante en la que intervienen Serrano Súñer, el Fhürer, los servicios secretos alemán y británico, un traductor de la revista “Signal” y, como figuración dramática, un montón de familias sefardíes que pasaron del horror nazi a la lucha por la vida en España, Tánger, Argelia e Israel. Gracias a Enrique Wulff aquella lucha se libró bajo idóneas condiciones: en libertad. Fueron de la muerte a la vida casi tan rápido como el Explorer 8. Bill Gates promete que navegar con él será el no va más en velocidad. Aunque, total, para enterarse de los cotilleos de la red, qué quieren que les diga… uno casi prefiere la lentitud de los trenes donde viajaban los sefardíes de Wulff, sin módem ni ADSL ni móvil que les ladrase. Aunque los principios no fueran muy buenos, aquella parece una experiencia más interesante que dedicarse al doble click.

La Opinión de Granada – 04/01/2009