El cual artículo se publica sin imágenes de ninguna clase porque el autor se halla insularizado y, por cierto, acordándose de los muertos de quienes organizan los complejos residenciales para guiris. Ni Ñ tiene este maldito terminal. Todo lo cual demuestra que se puede ser optimista sin perder la malafollá.
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La tendencia irrecuperable de Granada hacia el pesimismo no es más que una conjetura por demostrar. Cierto que hay mucho paisano dispuesto a cambiar el nombre de la patrona por Agonías, pues Angustias le parece poco. También es verdad que los políticos echan mano de esa predeterminación hacia lo fatal cuando les conviene, según estén ejerciendo el poder o actuando de oposición. Lo del PP por ejemplo: si hablan desde el Ayuntamiento, todo marcha sobre monopatín en cualquier flamante acera recién inaugurada; si lo que toca es arremeter contra la Junta de Andalucía, vivimos en un infierno donde gracias a ellos Pedro Botero no atiza demasiado las calderas. Con la celebración del Milenario del Reino de Granada (“Reinos de Granada”, no se cansa de matizar Emilio Atienza), sucede tres cuartas. Si habla el alcalde, va a ser el “rien va plus”; si teoriza Pérez Linares, la catástrofe, la frustración histórica que nos faltaba para sentirnos la rabadilla del mundo.
Guardo yo en el santiscario la convicción de que los granadinos del milenio, todos ellos, eran gente más bien optimista. Y echada para delante, claro. Ahí tenemos sin ir más lejos (porque más no se puede), al mercenario Abdalá, iniciador de la dinastía zirí. Hace falta ambición para fundar un reino frente por frente al omnímodo poder cordobés. Y le salió la jugada. El mismo Boabdil fue un rematado optimista que firmó las Capitulaciones convencido de que estaba preservando la cultura y fe islámicas para siempre y los jamases. Los Católicos Reyes, parte contratante de la primera parte en aquel acuerdo, era otros forofos de la buenaventura. Estamparon su firma en convenio tan decisivo, seguros de que la Historia no iba a dejarles en mal lugar. O el mismo Gran Capitán y sus campanudas cuentas (no era granadino, vale, mas apuntaba maneras y sus descendientes acabaron siéndolo); o san Juan de Dios, librero antes que santo… es imprescindible el optimismo para ambos oficios; o Juan Latino, esclavo negro empeñado en ser catedrático y casarse con una dama de la aristocracia local. Fue capaz de vivir aquella ilusión. O José García, el cabo de Inválidos al que se le puso en las carataunas evitar la voladura de la Alhambra por los franceses en retirada; podía haberse quedado en casa, lamentándose: “la q’an liao lo hioputah e loh gabachoh”. Pero creyó y pudo y hoy tenemos Alhambra en vez de un montón de ladrillo triturado. García Lorca fue otro tocado por el candor del puro optimismo. ¿Dónde mejor que Granada, la casa de sus padres, para librarse de los horrores de la guerra? Otra cosa es que los malafollás atravesados de siempre cumplieran con su papel en el drama. Tras la última sonrisa de un optimista siempre hay un tío vinagre que se frota las manos pensando que todas las fichas del tablero acaban en la misma caja al final de la partida; uno de esos que ve la fotografía de don Francisco Ayala en el periódico y comenta al vecino de mostrador: “Me han dicho que últimamente no anda bien de la próstata”.
Ser optimista, más que una convicción es una necesidad de los espíritus grandes. Cuanto más se achica la vida y sus miras, más oscuro es el horizonte de nuestros anhelos. Como decían en mi película favorita (dirigida por Ramón Torrado en 1942, antiguo que es uno): “No hombre, no… en la vida, como en la mar, hay que mirar alto y lejos. ¿Mil años? Dos mil y los que hagan falta. Los biznietos de nuestros hijos recordarán nuestro sueños, aquello en lo que creímos y por lo que luchamos. Nadie va a conmemorar nuestra quejumbre, ni la mala gana, ni el cenizo, cuando llevemos cien años compartiendo caja con la dama, el alfil y el rey… nosotros, los humildes, entusiasmados peones durante la partida que ojalá dure otros mil años. Por lo menos.
La Opinión de Granada - 25/01/2009




