Archivo de Diciembre 2008

Ciao, IDEAL

Diciembre 21, 2008

adios

Todo está ya dicho

¿Qué, cómo van esas navidades? Espero que de maravilla a cobijo de los fríos, bajo el amparo del alfajor, los turrones y el anís del mono. Un servidor, ya ven, aquí en León, la tierra más fría de España -no lo digo yo, lo lamentaba Quevedo cuando el conde duque de Olivares lo puso preso en el Hospital de San Marcos -. Un frío de helarse las palabras al dar los buenos días y de temblar los badajos de las campanas convertidos en carámbanos; más que tañer el bronce se rompen contra el vidrio gélido que habita sobre las torres de la catedral, como si el destino se hubiese detenido para frotarse las manos antes de proseguir la senda que nunca concluye. Llámenlo invierno.
Pues sí, como les digo, de invernada leonesa, comprobando con el estupor de siempre que ha pasado otro año y se han repetido otras navidades, repitiendo la inútil oración de los mortales, “cómo pasa el tiempo”, “parece que fue ayer” y simplezas parecidas; ratificando la certeza, bastante insoslayable, de que no hay nada nuevo bajo el sol. De hecho -y perdón por el anglicismo -, tomo cuenta de los doce años cumplidos que llevo escribiendo esta sección puertarealeña y me soy consciente de que podría escribir sobre los mismos asuntos que el primer día, en el mismo tono y casi con las mismas palabras, y el efecto sería el mismo. Nada permanece, todo fluye… nada cambia.
Recuerdo mi primer artículo en esta columna, sobre la polémica del Dos de Enero, que sigue tan jacarandosa como siempre al cabo de dos sexenios. Aquel artículo no sentó bien a una señora de pueblo, quien toda furibunda instaba para que me llevasen a galeras o, en su defecto, fuese declarado persona no grata en el altiplano granadino. Me habría hecho ilusión, la verdad, pues teniendo ganada a pulso la poca gratitud tanto en el noreste de la provincia como en todo enclave humano, hubiera sido un detalle enternecedor que se otorgara carta de oficialidad al repudio. Mas ni por esas. Al final todo quedó en agua de borrajas y las mentes pedregosas, por una vez a mi pesar, no se salieron con la suya… que también era la mía.
¿Y qué más? Aparte los malos principios -educado que es uno -, ha sido una extensa y emocionante aventura estar aquí, bajo la fotillo, durante doce años que han sucedido en un soplo. He escrito lo que me ha apetecido y nunca nadie me dijo en qué sentido debía hacerlo, si a favor o en contra. Desde aquella navidad de 1996 en que Melchor Saiz Pardo me llamó para proponerme el viaje, he navegado sobre mis propias aguas sin más timón que mi santo criterio. ¿Que he metido la pata muchas veces? No lo negaré, pero oigan: sólo quien no hace nada no se equivoca nunca. También puedo decir en mi descargo que en una ocasión me escribió una chavala y fue el documento más importante que jamás vieran mis ojos: me decía que la lectura de una de estas columnas -”Catorce motivos” se titulaba -, la había ayudado a afrontar una situación devastadora y, de paso, convencido de no hacer una barbaridad. ¿Lo escribió o me lo contó años después, tras conocerla por una de esas casualidades que tiene la vida? Puede que me lo contase durante una rumorosa conversación, evocando un tiempo que para ambos había sido nefasto y que, felizmente, éramos capaces de traer a la memoria sin dolor y en buena compañía. Una cosa o la otra, ahora mismo no recuerdo… o no me da la gana de decir la verdad. Esa es otra, sépanlo. Después de setecientos artículos, he procurado decir las verdades imprescindibles; no porque no tengan ustedes derecho a toda la verdad, sino porque disponen del soberano privilegio de aspirar a algo más. Y están en condiciones de exigirlo.
Todas las verdades están dichas. Todos sabemos en qué mundo vivimos. Lo que necesitamos es que alguien nos repita en qué mundo podríamos vivir, aunque ese mundo aún no sea cierto del todo. Y todo por todo, todo se andará.
Feliz navidad y hasta siempre.

26/12/2008

Cuestión de formas

Diciembre 19, 2008
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Parece que hay cierto interés en alentar rifirrafes que sacudan el mundejo literario. Desde que el juez Miguel Ángel Torres Segura dictó la sentencia 446/08 del Juzgado de la Penal nº5, no hay día sin lodo en las hasta ahora pacíficas orillas del lago de los cisnes. Claro que la inquina siempre es sentimiento soterrado, latente y bullente en el magma invisible que se recuece allá donde los fuegos son más pavorosos: el alma de los resentidos. Y acaba por fluir, cosa natural. Nunca hubo Vesubio sin cenizas ígneas, ni combustión sin escoria.
¿Por qué perderán el tiempo en estos afanes del rencor, el odio a marcha triunfal y la polémica entendida como el arte de hundir en la miseria a otros? A un servidor le gusta más un buen debate que a un chino los tallarines, pero siempre he intentado e incluso a veces he conseguido tener frente por frente a personas de mérito y dignas de admiración. Discutir con necios es necedad. Considerar enemigos a gente sin sustancia, trápalas, medradores, mediocres intrigantes o ampulosos ignaros, es tarea para quien no tiene manera más provechosa de usar su talento… en el supuesto de que lo posea, lo que queda por demostrar pues los antecedentes, como diría mi médico, no son buenos.
De este ambiente de preguerra -les soy sincero por una vez y sin que sirva de precedente-, lo que más me pasma es que los generadores de polémica han conseguido meter por medio a la Academia de Buenas Letras de Granada, enternecedora institución que sin comerlo ni beberlo se ve entre la espada del Khan y la tapia del emperador Maximiliano. ¿A qué vienen las furiosas, viscerales, aviesas desautorizaciones e insultos contra su presidente y algunos de sus miembros? Si la basura que se arroja contra ellos es cierta, muy mal han hecho los aventadores en no denunciarla hace mil años; y si es falsa o verdad sesgada -recurso muy propio de la flamante inquisición-, ya tenemos materia para nuevas querellas, aunque habría primero que probar la autoría del famoso ‘Correo Universitario’. Probarla, digo y no digo mal, porque localizada está y eso también lo sabe todo el mundo, tanto los que escriben como los que leen ese boletín de la roña. Por fortuna, si algo hay de sobra en la vocacionalmente vetusta Academia de Buenas Letras es exquisita educación. Aquí nadie responde en el tono que las injurias merecen porque, tal como nos enseñaran en la escuela, las cosas se toman depende de quien vengan. A fin de cuentas, en la vida todo es cuestión de formas, hasta para saber vestir un chaqué.
Yo creo que la denigración del chaqué no se debe a democrático informalismo sino a que la prenda no sienta bien a algunos. Los ves con chaqué y es como si presenciaras una boda de pueblo, con esas corbatas de nudo asfixiante que congestionan los felices rostros del padrino y el hermano mayor de la novia. No puede achacarse este demérito a la falta de costumbre -como en el caso de boda rural-, porque nadie está habituado a dicho atavío. Simplemente: a unos les presta y a otros no. A servidor le sienta de maravilla, lo digo sin vanidad pero con la solvencia de mi conocido buen porte, el cual mantengo a pesar de los años y en virtud de mi contumaz dedicación a la bicicleta, el alzamiento de pesas y los deportes de alcoba. Como un guante me viene el chaqué. Y a pesar de los escopetazos con postas pienso seguir vistiéndolo muchos años y en muy buena compañía.

Sólo con koko

Diciembre 16, 2008
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El gobierno de España —así se llama en los anuncios de la tele, aunque yo tengo mis dudas al respecto—, ha decidido que los jóvenes de nuestro país son básicamente subnormales, y como a tales se dirige en el anuncio que promociona el uso del preservativo para evitar embarazos indeseados tras un revolcón con el novio/a o rollete de turno.
El lenguaje simiesco en el que se expresan los actores del spot, a imitación del afamado “Yo Tarzán, tú Jane”, no consigue hacer más sencillo el mensaje, ni tan siquiera ponerlo a la altura compresiva de quienes, presupone el gobierno de España, padecen un grave déficit neuronal o en su defecto sufren las consecuencias de una educación propia de focas amaestradas o algo así. Por el contrario, la estética suburbial, la música cutrerrapera y la penosa letra de este bodrio ha conseguido irritar a los pocos jóvenes que manifestaron algún interés en la campaña. El secretario de la agrupación Pueblolibre, cercana a las juventudes socialistas, ha manifestado su disconformidad con estas palabras: “Parece que en vez de a los jóvenes españoles se estén dirigiendo a los escolares atrasados de un colegio en Harlem”.
Todo esto se hace con el dinero del Estado y a mayor prestigio de la gestión del ministerio de Sanidad. Su entrañable titular, Bernat Soria, debe de sentirse muy satisfecho del resultado. Confieso que me cae simpático este caballero con semblante de libertino decimonónico, por una razón: siempre ha sido partidario de los remedios tradicionales, los de toda la vida, para combatir cualquier problema de salud pública. Recuerden los consejos que impartía el verano pasado con objeto de que el personal no sucumbiera ante las olas de calor: permanecer a la sombra, no hacer esfuerzos a más de cuarenta grados, beber mucha agua y darse una ducha de vez en cuando. Más sencillo y más barato, los folletos de mano. Para las epidemias de gripe invernales, lo previsible: brasero, mesa camilla, que los ancianos salgan poco a la calle y sopas bien calentitas.
Ahora ha tomado las riendas de un problema también muy serio: el alarmante número de embarazos en adolescentes, niñas entre los doce y los dieciséis años de edad, totalmente incapacitadas para asumir su responsabilidad como madres. Fácil: el condón que ya se vendía en botica cuando nuestros abuelos iban al barrio chino con intenciones de consagrar una cana al aire. “Si no eres casta, sé cauta”, parece que quiere decir Bernat Soria a las potenciales embarazadas. Pero, hombre pragmático a la postre, sabe que lo más probable es que las víctimas de la LOGSE y la ESO desconozcan el significado de palabras como “casta” y “cauta”. De tal forma, al estilo zulú, expone su consejo: “Sin condón yo sobro… Sólo con koko, yo pongo condón“.
Lo dicho. Yo Tarzán, tú Jane, la mona se llama Chita y el ministro Bernat. A veces Soria.

Lo malo de ser pobre

Diciembre 12, 2008

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SI una conducción de gas ciudad revienta en cualquier lugar de España, y no digamos en la industrializada y próspera Cataluña, los pobres tienen muchas posibilidades de que les toque pagar con su vida el resultado de la carnicera chapuza. No sé porqué será, pero siempre que ocurren estas cosas les toca sufrir a los desheredados del mundo, como esa familia de Benalúa de Guadix que se ha visto rabiosamente cercenada por la catástrofe de Gavá. Que explote el gas natural en un edificio de Pedralbes y la deflagración se lleve por delante a dos o tres merinos de la burguesía barcelonesa es harto improbable; que suceda en una barrio obrero del Bajo Llobregat, en unas viviendas de protección oficial recién estrenadas, y que las víctimas sean emigrantes pata negra, eso ya es más previsible.
Acudieron a Cataluña a principios de los años sesenta, en aquellas oleadas que transportaban a los andaluces adonde hubiese trabajo estable y opciones para vivir medio dignamente: el norte peninsular, Cataluña y País Vasco, o bien emprendían el más largo viaje hasta Francia, Bélgica y la acelerada Alemania, que hizo su milagro económico caminando sobre los zapatos de todos los europeos sin derecho a reconstrucción nacional y, de su consecuencia, pobres. Ya le digo, querido lector: ser pobre no tiene más que desventajas.
Pero hablábamos de la familia de Benalúa. Después de cuarenta años y tres generaciones de emigración en carne viva, el destino no había sido muy generoso con ellos. A lo mejor se debe al hecho de amén pobres son gitanos -doble delito como todo el mundo sabe-, pero el caso es que de la marginación y el chabolismo no se habían librado hasta hace cuatro días como quien dice. La Generalitat catalana, finalmente, les facilitó acceso a unas viviendas sociales, las mismas que iban a convertirse en su cámara de la muerte. No es lo mismo construir para los ricos que para los pobres. Estos últimos -me refiero a los pobres-, con tal de no vivir debajo de un puente se conforman con cualquier cosa; por ejemplo: una construcción tan perfectamente acabada que las conducciones del agua filtraron las del gas, obstruyendo el fluir de ambos elementos y causando la tremenda explosión. Resumen: del descampado suburbial al pisito benéfico, y de allí a la sepultura; ese ha sido el destino de los emigrantes de Benalúa. Podían haber alquilado un miniapartamento a pie de playa por 950 euros al mes, o un ‘loft’ de lujo en el centro histórico por 1.800 -si me conoceré la zona-. Pero como fueron pacientes, tenaces en su pobreza, al final consiguieron su sueño de prosperidad: un piso de tres habitaciones muy soleado y con derecho a morir en cuanto se jodieran las cañerías.
Eso sí, entierro y sepelio a todo tren no les ha faltado a estos pobres de la gélida comarca accitana. Durante cinco minutos -qué menos-, se concentraron 300 personas en la plaza del ayuntamiento. Con presencia del alcalde de la localidad y también el de la mismísima Barcelona, bajo la mirada protectora de la delegada de la Generalitat en aquella demarcación, una virtuosa del chelo interpretó ‘El cant dels ocells’ de Pau Casals. Sublimes como siempre las notas de dicha genialidad musical. Más fineza no cabe.
Mucha suerte no han tenido en la vida, pero no puede negarse que Cataluña los ha despedido de puta madre.

Inteligencia vegetal

Diciembre 11, 2008

 

Los vegetales creen que tienen razón en todo. Se comportan como si la tuvieran y los demás no; o en todo caso, relativamente y con su permiso. Como suelen perpetuarse en el tiempo más que ninguna otra entidad viva y están anclados a la tierra y nunca se mueven ni van a ninguna parte, y se alimentan del aire y del sol y de la entraña del humus original, y se reproducen por acción involuntaria de insectos o pajarillos o dejando que los vientos de primavera esparzan sus esporas, es decir, sin hacer nada, se consideran depositarios de las esencias fundamentales del ser. Ellos son el mundo, piensan, y lo demás un añadido necesario para que ellos permanezcan. Consideran virtudes capitales, ventajas apabullantes, la inacción y la limitación en su movilidad. De tal modo, se atribuyen el privilegio, para ellos natural e inalienable, de expandirse con bostezante lentitud, a ritmo invisible, abarcándolo todo, el espacio bajo la tierra donde hunden y multiplican sus raíces y sobre la faz del mundo, desarrollándose desde el árbol solitario al modesto jardín, el bosquecillo, la floresta, la selva… si por ellos fuera, nuestro planeta sería un inmenso Amazonas habitado exclusivamente por la maleza infinita, los soberbios árboles de copa tan frondosa que oscurecen el día, y, en todo caso, los bichos mensajeros de semillas imprescindibles para asegurarse descendencia y continuo crecimiento. El imperio vegetal es un rumor del viento sobre hojas verdes, de lluvia entre el ramaje, insectos hipnotizados por el brillo seductor de las flores… y nada más. No hay sentido de lo humano ni lugar para la conciencia ni la duda, la pasión o el temor en ese mundo de silencios y taimada paciencia. Ya lo dijo el poeta: “Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo”, tan feliz en la observancia de sus dos grandes principios existenciales: dar impresión de quietud mientras se soterra y se invaden las cañerías del mundo y no padecer por nada ni compadecer a nadie. Es la fórmula perfecta del éxito como especie.

No me gustan mucho los vegetales, debo admitirlo. Ni siquiera en ensalada. Tampoco me gusta oír de mis semejantes expresiones tales como “nuestras raíces”, “nuestra tierra”, y parecidas frases que nos conducen al pernicioso equívoco: cuanto más nos asemejemos a ellos, mejor para nosotros.

Por fortuna los seres humanos no tienen raíces ni tierra que les pertenezca. La ilusión más cercana a la posesión de la tierra es un papel expedido por el registro de la propiedad, o sea, nada. Tenemos pies para movernos, marchar adonde nos apetezca o necesitemos acudir. Y para vivir la vida tenemos recursos muy ajenos a la beatitud pasmada del reino vegetal, como la pasión y la prudencia, la templanza y el frenesí del exceso, la justicia y la arbitrariedad, la fortaleza y el miedo. Somos hijos del barro que echaron a caminar y aún no han acabado de cometer errores, de arrepentirse y volver a ellos mil veces. Por eso hemos construido el mundo a nuestra medida, porque somos capaces de errar y de reconocerlo y aceptarnos en la torpeza de quien toma decisiones. Los vegetales no se equivocan nunca; y ahí siguen, plantados en indesmayable veneración a la diosa clorofila.

Todo lo cual no quiere decir que muchos de mis semejantes no hayan tomado buena nota de la experiencia vegetal, adoptando su sabiduría como método infalible para permanecer y perpetuarse: estar siempre aparentemente quietos y siempre en imperceptible, subterráneo movimiento; medrar sin que nadie perciba el fenómeno como algo distinto al natural devenir de las cosas; ocupar el espacio lenta, tenazmente, sin pausa apreciable en la recóndita invasión, buscando hueco por cada mínimo resquicio y reclamando sin palabras, sin apenas gestos, el derecho a colocar raíces nuevas en el espacio que antes era de todos, y absorber el alimento de lo oscuro, nutrirse con la energía callada del seno adormilado de cuanto existe. Es la inteligencia vegetal, muy extendida en los tiempos que corren. Y con mucho futuro. Cuando se funda la Antártida y el sol deje de brillar, seguro que quedan millones de granos de piñón expandiendo su simiente floral por entre el polvo galáctico. Son inmortales y lo saben. El humano que mimetiza su conducta tiene pocas posibilidades de alcanzar existencia eterna, mas vivirá sus días en este mundo como si así fuera, como un semidiós uncido por la gloria inmóvil de las semillas de laurel. Pagará un alto precio por ello, seguro, pero su casi absoluta falta de sensibilidad -no digamos de sentimientos -, ha de anestesiarle a modo, espantándole el horror de vivir con el corazón enclaustrado en la cáscara de un coco. La inteligencia vegetal es implacable: obliga a elegir entre el yo obcecado de la especie única o la compasión hacia otros seres tan distintos que se atreven a reír, llorar y soñar. Una vez elegido bando, no hay problema para los hiperbóreos. El alma se les vuelve de corcho.

En fin, con mis disculpas por esta disertación botánica, se despide de ustedes un prójimo dispuesto a caminar esta misma mañana cuatro o cinco kilómetros, más que nada por volver a reconocerme humano. Discurriré por alguna amplia alameda, ida y vuelta a la sombra perpetua de los árboles imperecederos que seguirán en el mismo sitio, dando la misma sombra, cuando servidor y el perro que me acompaña en estos paseos lleven un siglo criando malvas. Triste fin el de la inteligencia animal, acabar como base nutriente de insaciables vegetales.

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