Todo está ya dicho
¿Qué, cómo van esas navidades? Espero que de maravilla a cobijo de los fríos, bajo el amparo del alfajor, los turrones y el anís del mono. Un servidor, ya ven, aquí en León, la tierra más fría de España -no lo digo yo, lo lamentaba Quevedo cuando el conde duque de Olivares lo puso preso en el Hospital de San Marcos -. Un frío de helarse las palabras al dar los buenos días y de temblar los badajos de las campanas convertidos en carámbanos; más que tañer el bronce se rompen contra el vidrio gélido que habita sobre las torres de la catedral, como si el destino se hubiese detenido para frotarse las manos antes de proseguir la senda que nunca concluye. Llámenlo invierno.
Pues sí, como les digo, de invernada leonesa, comprobando con el estupor de siempre que ha pasado otro año y se han repetido otras navidades, repitiendo la inútil oración de los mortales, “cómo pasa el tiempo”, “parece que fue ayer” y simplezas parecidas; ratificando la certeza, bastante insoslayable, de que no hay nada nuevo bajo el sol. De hecho -y perdón por el anglicismo -, tomo cuenta de los doce años cumplidos que llevo escribiendo esta sección puertarealeña y me soy consciente de que podría escribir sobre los mismos asuntos que el primer día, en el mismo tono y casi con las mismas palabras, y el efecto sería el mismo. Nada permanece, todo fluye… nada cambia.
Recuerdo mi primer artículo en esta columna, sobre la polémica del Dos de Enero, que sigue tan jacarandosa como siempre al cabo de dos sexenios. Aquel artículo no sentó bien a una señora de pueblo, quien toda furibunda instaba para que me llevasen a galeras o, en su defecto, fuese declarado persona no grata en el altiplano granadino. Me habría hecho ilusión, la verdad, pues teniendo ganada a pulso la poca gratitud tanto en el noreste de la provincia como en todo enclave humano, hubiera sido un detalle enternecedor que se otorgara carta de oficialidad al repudio. Mas ni por esas. Al final todo quedó en agua de borrajas y las mentes pedregosas, por una vez a mi pesar, no se salieron con la suya… que también era la mía.
¿Y qué más? Aparte los malos principios -educado que es uno -, ha sido una extensa y emocionante aventura estar aquí, bajo la fotillo, durante doce años que han sucedido en un soplo. He escrito lo que me ha apetecido y nunca nadie me dijo en qué sentido debía hacerlo, si a favor o en contra. Desde aquella navidad de 1996 en que Melchor Saiz Pardo me llamó para proponerme el viaje, he navegado sobre mis propias aguas sin más timón que mi santo criterio. ¿Que he metido la pata muchas veces? No lo negaré, pero oigan: sólo quien no hace nada no se equivoca nunca. También puedo decir en mi descargo que en una ocasión me escribió una chavala y fue el documento más importante que jamás vieran mis ojos: me decía que la lectura de una de estas columnas -”Catorce motivos” se titulaba -, la había ayudado a afrontar una situación devastadora y, de paso, convencido de no hacer una barbaridad. ¿Lo escribió o me lo contó años después, tras conocerla por una de esas casualidades que tiene la vida? Puede que me lo contase durante una rumorosa conversación, evocando un tiempo que para ambos había sido nefasto y que, felizmente, éramos capaces de traer a la memoria sin dolor y en buena compañía. Una cosa o la otra, ahora mismo no recuerdo… o no me da la gana de decir la verdad. Esa es otra, sépanlo. Después de setecientos artículos, he procurado decir las verdades imprescindibles; no porque no tengan ustedes derecho a toda la verdad, sino porque disponen del soberano privilegio de aspirar a algo más. Y están en condiciones de exigirlo.
Todas las verdades están dichas. Todos sabemos en qué mundo vivimos. Lo que necesitamos es que alguien nos repita en qué mundo podríamos vivir, aunque ese mundo aún no sea cierto del todo. Y todo por todo, todo se andará.
Feliz navidad y hasta siempre.
26/12/2008






