Julio César Vior
Noviembre 22, 2009 por Literary NewsCutrerío & Bajunerío
Noviembre 19, 2009 por Literary NewsDe la justicia del “Tomate” a la justicia del “Sálvame de Luxe”
Nuria Van den Berghe
Texto : En el sur de nuestra preciosa piel de toro, existe la tradición de los corralones de vecinos, ya saben, las casas con galerías de pasillos, en torno a un gran patio central donde vienen a dirimirse todos los asuntos de la comunidad. Los habitantes de los corralones son normalmente personas humildes, algunas familias con menos dinero que las chinches, pero habitualmente se afanan en adornar con macetas el espacio disponible y en verano, con la fresquita, bajan las sillas al corralón y hacen corrillos. No es precisamente el ágora de Sócrates, pero es nuestro, es español, es una tradición y hay que respetarla, porque si no respetamos nuestras raíces nos vamos directamente al carajo.
Lógicamente no todo es un remanso de paz y surgen disputas y enfrentamientos que se suelen solucionar pegando voces y pregonando a la de enfrente. Así se enriquece el idioma y un lingüista puede captar matices insospechados, de esos que no aparecen en los libros de texto ni en el Diccionario de la Real Academia. ¿Un ejemplo? Bueno, en mi barriada marinera queda algún corralón y yo he oído aullar “¡Me cago en la última bocaná de los muertos del casero! ¡En esta mierda de casa hace más caló que follando debajo ´ un plástico!”. Cosas así. Muy genuinas. Son las corraloneras y los corraloneros potenciando el habla andaluza. Y eso que no reciben subvenciones de cultura de la Junta.
¿Qué murmuran con indescriptible altivez? ¿Qué lo que estoy relatando es un cutrerío? Vale. Pero más cutrerío es que se siga permitiendo despellejar a los imputados en los sumarios en los programas del corazón. Eso sí, siempre he dicho y repetido que, si en esta España que a veces hiela el corazón se quiere obtener justicia, hay que acudir a los platós, a vocear y pregonar, a llorar y a contar. Es solo entonces cuando los Poderosos, por mor de la mala publicidad, hacen amago de solucionar los problemas. La Justicia se ha convertido en un inmenso programa televisivo, periodistas avisados para filmar la humillación de los detenidos, detenciones innecesarias de personas a las que, sencillamente, pueden llamar a declarar y en virtud de la declaración detener o no detener, show macabro con idas y venidas de furgones filmados por oportunas cámaras alertadas convenientemente. Y más tarde, el sucesor del “Aquí hay Tomate” como portavoz oficial de las operaciones de ringorrango como Hidalgo, Ballena Blanca o Malaya, en forma del “Sálvame” diario o del “Sálvame de Luxe” donde hace las labores de Presidente de la Sala Jorge Javier Vázquez y de Magistrada Ponente Belén Esteban, más una serie de tertulianos prestigiosos que van de Marujita Díaz a Carmele Marchante haciendo las veces de esos fiscales de los que burlonamente se dice que son “garantes de la legalidad” ¡Para mear y no echar gota! ¡Garantes de la legalidad los fiscales! Oigan, que no estoy de coña, que yo lo he leído en algún lugar que no era la revista “El Jueves”.
Cierto es también que, las cadenas de televisión deberían apoquinar, declinar el verbo endiñar en primera persona del indicativo y pagar el copyright al Ministerio de Justicia, para vocear en el corralón justiciero y traer a colación temas penales en los que se dilucida sobre vida, libertad y patrimonio de las criaturas y se montan unos juicios paralelos de la hostia, decidiendo a que personaje hay que meter o no meter en la cárcel. ¿O es que no han visto a Belén Esteban pregonando al juez de la Operación Karlos para que meta a la Campanario y hasta al Jesulín a chupar reja y a comer bandeja?.¿Que risa! Aunque a veces hay momentos amargos, como cuando, en todas las televisiones filmaron a los caballos moribundos del alcalde de Marbella, ese que tenía las llaves de las arcas del Ayuntamiento, el preso Juan Antonio Roca, porque el juez torres no dejaba que les dieran de comer ni que les curaran. ¿Qué que le pasó al torres? Nada ¿No ven que a los jueces les juzgan sus coleguitas? Hoy por ti mañana por mí.
Al corralón judicial le sucede como a una de las dos Españas del poeta, te hiela el corazón de asco y de repugnancia ante la injusticia institucionalizada. O como a la otra España, que te calienta la boca y te desternillas viendo trasportar a presos desencajados y dilucidando el futuro penitenciario de la Pantoja en plan ¡Toma, te jodes! Porque primero, en las televisiones, han contado que, todos a los que detienen poseen buenos dineros y no pasan las fatigas que padecemos el resto de los españoles. Tipo lucha de clases y refocile del proletariado al quemar los palacios de invierno.
Luces y sombras del cutrerío y del bajunerío. Pero muchas honras se perdieron. Y muchos caballos murieron en el corralón. ¿No sientes, en el fondo pena?.
La conjura de los necios (y de los malvados)
Noviembre 6, 2009 por Literary NewsPublicado eb La Opinión de Granada, ej día 6 de octubre de 2009, fecha de defunción del periódico.

El decano de una prestigiosa facultad de letras norteamericana, en clase de literatura, pregunta por dos alumnos -él y ella -, que no han aparecido en todo el curso: “¿Quiénes son?” ¿Acaso estoy refiriéndome a oscuros espectros?”.
El decano se llama Coleman Silk, personaje interpretado por Anthony Hopkins en la interesante adaptación cinematográfica de la novela “La mancha humana”, de Philip Roth. Y lo que ignora el pobre Coleman Silk es que los alumnos absentistas, a los que irónicamente ha definido como “oscuros espectros”, son “afroamericanos”, es decir, de raza negra. En cuanto la maquinaria inquisitorial de la policía del pensamiento y los nuevos dictadores de lo políticamente correcto se ponen en marcha, por reacción al comentario del decano, la vida de éste se convierte en un suplicio: se le expulsa de la universidad, lo jubilan… y su mujer fallece a consecuencia de una embolia súbita, provocada por el tremendo disgusto. La palabra “oscuro” ha destruido la vida del profesor y ha acabado con la existencia de su mujer. Es el arma con que la asesinaron, el veneno que gente sin conciencia pero atiborrada de buenos principios vertió en el paladar de la víctima mientras dormía. Eso sí, tal como afirma una histérica profesora del claustro, la chica negra que ha pasado el curso sin dejarse ver por clase de literatura, “está destrozada” por culpa de esa palabra: oscuro.

El resto de la historia, compleja, plagada de ambigüedad moral y desazón psicológica, podría haber sido anécdota, añadidos prescindibles al espectacular inicio de la historia. Philip Roth, sin embargo, prefiere abundar en los detalles más espinosos de la ingeniería social norteamericana. Un secreto acallado por Coleman Silk durante toda su vida, el amor por una enigmática mujer a la que dobla en edad y las maquinaciones homicidas del ex marido de ella, completan el entramado de una narración que, como era de esperar en la maestría de Philip Roth, llena de desasosiego al lector/espectador de esta obra; la cual, por cierto, pasó por nuestras pantallas en 2003 y sigue en librerías sin mayor popularidad que el resto de la producción literaria de Roth. Ni falta que le hace, desde luego.
Pero a lo que iba. La única conclusión que cabe tras la experiencia de “La mancha humana”, parece desoladora: ¿De qué sirve esforzarse, sacrificarlo todo -incluida la misma identidad -, en aras de una existencia sin complicaciones, si al final resulta que el mundo está en manos de los estúpidos y los malvados, lo que tarde o temprano nos condena a la perdición?

Hay una simetría perversa, cruel hasta lo insoportable, en la vida de Coleman Silk. Los prejuicios raciales -es decir, la brutalidad humana -, lo convirtieron en impostor vitalicio; la tirana gazmoñería de los vigilantes de la corrección política acabaron con su carrera y con la vida de su esposa; y la alianza entre un perfecto asesino y la necedad de una psicóloga forense estragada por el buenismo mortífero de los ineptos, dejarán impune su injusto final. Se cierra el ciclo ecológico: las personas normales, sensatas, amantes de su trabajo y empeñadas en perfeccionarse a sí mismas, son depredadas sin compasión por los idiotas y los criminales. El funeral de Coleman Silk se convierte en una horrible escenificación de la hipocresía contemporánea: todo son golpes de pecho, arrepentimiento, alabanzas a su persona y compunción por lo sucedido. Los partícipes en estas exequias saldrán del templo convencidos de ser un poco mejores, cuando lo cierto es que su puntual mojigatería los confirma plenamente como lo que son: una execrable comandita de pérfidos santurrones. Sepulcros blanqueados.
Comenté a un amigo, hace unos días, mi intención de escribir sobre “La mancha humana”. Me preguntó de qué iba la historia y no se me ocurrió otro resumen que este: “Como <La conjura de los necios> pero escrita con mucha mala leche”. No creo equivocarme demasiado. Donde había situaciones hilarantes -en la novela de John Kennedy Toole -, pongan ustedes conflictos sangrantes, indignantes, y tendrán “La mancha humana”. La misma receta para distintos sabores, del mazapán de la risa al acíbar de la iniquidad. Dos sentimientos para una sola impresión: dos obras maestras que brillan y queman a pleno sol en el mundo oscuro de la gente oscura, que es la que manda.
¿Por qué en Londres ya es navidad y aquí no?
Noviembre 4, 2009 por Literary NewsNuria Van den Berghe
Eso me pregunto. ¿Por qué en Londres ya se han encendido las guirnaldas y la ciudad es un ascua de oro, mientras nuestras ciudades aparecen mustias y sombrías? ¿O es que los ingleses son personas y nosotros mandriles deprimidos?. Natural. Nuestros politicastros andan demasiado empeñados en las corruptelas, los dimes, los diretes y el marujerío, como para echar cuentas del estado de ánimo de los ciudadanos. Y esta España nuestra parece estar convirtiéndose en una puta tragedia cotidiana, mujeres asesinadas por sus parejas, atracos a comercios, delincuencia que nos tiene amargaditos y alcaldes detenidos por mor del ladrillo. ¿Esto que es? ¿Una nación europea o un parque temático de los horrores?.
Es el problema que se tiene cuando, los de arriba, los Privilegitis-Enchufaditis no hacen más que echar las túrdigas por agarrarse al sillón y a la moqueta y no tienen tiempo para elucubrar ideas ingeniosas. Que pueden no quitar el hambre, ni erradicar al gentío ávido, a las puertas de los supermercados esperando que tiren los desperdicios en los contenedores para lanzarse a pescar la fruta pocha o el yogur caducado. Tampoco el ingenio acabará con especuladores asquerosos, ni con banqueros inmundos. Aunque el ingenio si palia las escaseces y las injusticias y agricultores y ganaderos empiezan a trajinar para que, la fruta, la leche o el filete lleguen del campo al mantel sin que los tiburones quintupliquen los precios por el camino. ¿Cuándo una buena Malaya o una buena Gurtelada con el consiguiente paseíllo de intermediarios engrilletados? ¿Qué dice Monsieur Chupopterini? ¿Qué las batidas de intermediarios presentan “pocos” tintes políticos y no sirven para joder al del partido contrario? Vale. Pero enchiquerar a los buitres y a los tiburones alivia a los ciudadanos, hartitos de sufrir picotazos y mordeduras.

Alivia como alivia el encendido de las luces y el disfrazar las ciudades de lugares mágicos y hermosos. Usando y abusando de esa parafernalia maravillosa que es símbolo distintivo de la fiesta más bella del mundo: la Navidad. Aunque ofenda a los “laicos” que es como se autodenominan ahora los ateos-cristianófobos, que no islamófobos, porque, para ir contra el Islam hay que echarle muchos cojones, mientras que atacar lo nuestro sale gratis. Supongo que, en esa disyuntiva, los hijos de los ateos no esperan a Papa Noel la noche del veinticuatro de diciembre, para ellos no hay trineo tirado por los renos. Ni regalos. Para ellos no nace el Niño Dios en un portal de Belén ni llegan Sus Majestades los Reyes con quienes hay que seguir las siguientes directrices: 1ª Dejar ventana o balcón abiertos.2ª Colocar bien a la vista tres copitas de anís, una fuente de polvorones y también agua para los camellos, por si vienen sedientos 3ª No levantarse de la cama si se oyen campanitas o cascabeles que anuncian su llegada cargados de juguetes.

¿Vale que aprovechamos estas líneas para dar las gracias a nuestros padres, que nos hicieron creer en la magia de la Navidad y vivir horas maravillosas? Eso, gracias. Por la espera emocionada. Por las horas montando el portal. Por llevarnos a la cabalgata a recoger caramelos. Y gracias al Dios del Universo por habernos concedido ser paridos como creyentes. Por enraizarnos las creencias en el alma. Por el don de creer. Pero, emociones aparte ¿Por qué en Londres ya es Navidad y aquí estamos muriéndonos de asco? Y que no nos consideren equipados ni preparados para encajar las frustraciones. Aquí los únicos preparados son los jóvenes, que, como ya saben están Pre-Parados. ¿Cómo piensan aliviarnos por la falta de guirnaldas? ¿Con un buen puesto en la cola del INEM para ir a sellar? ¡Mamarrachos! ¿Es que no sabéis proporcionar ni una miajita de árnica a los ciudadanos? Árnica en forma de luces y adornos, de cantos y música, de rebajitas anticipadas, de mensajes de esperanza, aunque sea un poco de mentirijillas, de meterle mano e inspectores a las cuentas del PNV durante los últimos veinte años para refocile del personal y reparación de tantas humillaciones infligidas a los españoles. ¿Y por qué Obama, la Obamesa y sus niñas aparecerán dichosos ante el abeto y nuestro ZP no? ¿Es que a esta España nuestra le han entrado el fario y un mal vagío? ¿Es que se nos está poniendo el talante siniestro ante tanta ave del mal agüero? De eso nada. Luces y guirnaldas anticipados, como en Londres, y que las contemplemos y nos sintamos felices y reconfortados. Porque lo bello reconforta. ¡Viva la Pre-Navidad!.
La maldición del camillero
Noviembre 1, 2009 por Literary News
Andaba un poco deprimido desde que publiqué en esta misma sección un artículo titulado “Vender la virginidad”, en el que comentaba algunas barbaridades que la gente hace por Internet, pues de su consecuencia el blog donde almaceno estos artículos se me ha llenado con mensajes de individuas que quieren vender su honra y pervertidos que desean comprarla por cuatro duros, lo que casi me convierte en sospechoso de connivencia cibernética con los depravados sexuales más despreciables de España y Latinoamericana, y… ya no sé por dónde iba.
El caso es que andaba un poco deprimido porque los telediarios de todas las cadenas se emiten plagados de la “venganza catalana”, fenómeno que consiste en que los rótulos que acompañan a la propia información aparecen masivamente contaminados de vocablos como “família”, “crímen”, “notícia” y similares, palabras asesinadas por la ominosa, analfabeta tilde, lo que me causa desasosiego; y estando en ello, es decir, deprimido, decidí pasar por el domicilio de mi nuevo vecino para entretenerme un rato en amena charla con este caballero a quien estaba deseando conocer, un médico que ha tomado año sabático para escribir un libro, eso dijo, ha alquilado su apartamento pared con pared al mío y, la verdad, tiene aspecto de ser persona pulcra, culta y de buen trato. Y allá que fui… y me deprimí más todavía.
-“Dios mío, Señor, ¿por qué el mal es dueño del mundo y quienes te amamos hemos de sufrir tanto?”
Eso fue lo que escuché cuando mi dedo estaba a medio centímetro del timbre. Hablaba solo, en voz muy alta y clamando semejantes quejas:
-“¡Envíame una señal, Cristo Redentor! ¡Mándame una señal y dime qué debo hacer, cómo debo librarme de ellos!”
Yo pensé que el hombre estaría recitando de viva voz algún fragmento del “Libro de las Lamentaciones” o texto de similar enjundia literaria. Ya saben que a los médicos se les presupone una formación humanística superior al resto de especialidades científicas, máxime si son de los que se conceden un año sabático para redactar un tratado divulgativo sobre interesantes materias. Sin alterarme por tanto, en absoluto preocupado y sin temblarme el pulso, apreté el timbre. De súbito, al otro lado de la puerta, tronó una voz cavernosa, como de Moisés arengando a los israelitas tras años de errar delirantes bajo el sol cabezudo del Desierto Prometido:
-”¡Vete de mi casa, Satán, huye y no me atormentes! ¡En el nombre del Altísimo te lo ordeno! ¡El poder de Cristo te obliga!”

Aunque nunca me he llamado Satán -sólo faltaría, bastante gracia hicieron mis padres con bautizarme José Vicente Ferrer -, salí de allí a escape, me refugié en lo más alto de mi coquetón dúplex y llamé al 112. Media hora más tarde, un conductor de ambulancias, un médico y tres camilleros se llevaban al vecino, regadera perdido y con trazas de sufrir una crisis paranoico-compulsiva, de las que empiezan con incendiarias invocaciones religiosas y acaban con la casa ardiendo por los cuatro costados. Al salir del edificio, uno de los camilleros dijo:
-”Joder, desde que han quitado los manicomios, está España llena de locos”.
Me miraba entre compasivo y admonitorio, como si pensase: “Tú no suspires mucho, que a lo mejor eres el siguiente”. Y no le habría faltado razón si así hubiese conjeturado, porque entre los disgustos que me dan el mercado internáutico de virginidades, las tildes del telediario y el funesto exceso de realidad que supone descubrir majara a tu vecino, no acabo de regir del todo. No atino, por ejemplo, a digerir noticias como esa que coloca a nuestro país en el puesto dieciséis de la escala internacional indicadora del bienestar anímico de la población. Son datos de la Base Mundial de la Felicidad, o sea, la “World Database of Happiness” nada menos.
¿Será mi vecino un chalado feliz? ¿Debería sentirme yo feliz porque aún no se me hayan llevado con camisa de fuerza? Misterios. Quien se siente feliz es mi casero porque le he anunciado que me las piro del dúplex antes de que suelten al vecino rezador. La verdad es que mi perro y él -me refiero al casero -, tuvieron problemas desde el primer día. Aunque esa es una historia distinta, un malentendido entre los colmillos de mi chucho y la tibia de mi casero que a lo mejor les cuento otra semana. Si no estoy de reposo en Villapirados, claro.

A Manuel Ruiz Amezcua
Octubre 30, 2009 por Literary News
Portada de "El romancero gitano", edición y prólogo de Manuel Ruiz Mezcua
Querido amigo:
He leído con todo detenimiento y mucha gratitud tu prólogo a “El romancero gitano”. Creo que consigues un resumen perfecto y equilibrado de tantas y tantísimas cosas como se han dicho y escrito sobre esta obra. La definición de Lorca como “poeta de mitos, más que de ideas” que señalas en López Morillas, la encontré hace años en Abellán y su “Historia crítica del pensamiento español”. La impresión que da tu formulado, sin embargo, es que te decantas por una posición más radical y más verdadera. Directamente y a las claras: Lorca no es un poeta de ideas, sino de mitos; lo que justifica su actitud digamos “notarial” (cargada de lírica y profunda lucidez sensitiva, pero fríamente “fedataria” a la postre), ante el drama del ser, la violencia, la vida y la sangre como confusos testigos de la única verdad que da sentido a la existencia: la muerte. Yo percibo en la obra de Lorca, tal como la analizas -y en eso creo que coincidimos de lleno -, un alejamiento poético de lo meramente humano para acudir a una gozosa y trémula rendición ante lo inevitable, la ley implacable que nos tiraniza desde el “fondo indiferenciado de cuanto existe”, nos impele a comportarnos como seres oscuros a medio domesticar por la razón y, al mismo tiempo, nos condena a la fascinación por la muerte en tanto supone el último, definitivo y extremo acto de amor al Todo (la unificación, “la destrucción o el amor” que diría Aleixandre). Desde ese punto de vista, el acatamiento a la indómita naturaleza del ser y su enfebrecida dependencia de la esencialidad de las cosas -claro está -, no me extraña que pongas de manifiesto el perfecto machismo del romance de La casada infiel. La realidad es la que es y el poeta, en este caso, se limita a señalarla tal como acude perceptible a nuestro sentido del mundo. La vida y su aliento simétrico, la muerte, no conocen de ideologías, ni políticamente correctas ni incorrectas ni Dios que las fundase.

El Rubencio.com
Muy precisa, yo diría que demoledora, me parece tu afirmación de que Lorca es un poeta universal porque “convierte en universal todo lo que toca”. Pues efectivamente, ¿cómo no iba a ser universal el poeta que, quizás con más capacidad intuitiva y desde luego con más talento, ha indagado hasta el vértigo en el misterio del ser, la naturaleza y la conciencia? Lo que me lleva a una última reflexión que no figura en el prólogo que has escrito para “El romancero…” pero que sin duda compartes: quien frecuente a Lorca en busca de pura y mera emoción estética, una de dos: saldrá finalmente frustrado o acabará convertido en uno de esos “lorquistas coñazos” que tiritan bobaliconamente complacidos en su mundo naif de lunas, nardos, gitanos de cobre y guardias civiles a caballo por el olivar. Sin embargo, si acudimos al poeta en busca de la osadía del conocimiento, ese “saber decir lo que nunca puede saberse”, entonces, ay… nos dará para pensar durante toda la vida.
En fin, mi enhorabuena por ese texto, necesariamente breve, que sin duda podría ser armazón original de un ensayo mucho más extenso y colmado de hallazgos sobre la obra lorquiana.
Un abrazo.

Arquerosa. hoy Valderrubio
PS./ Me permito hacerte una humilde corrección. La casa familiar de Lorca -aunque su padre lo “asentó” en el registro civil de Fuentevaqueros -, estaba y sigue estando en Arquerosa, no “Asquerosa” como figura en tu prólogo. El nombre deriva del latín “Aquae Rosae”, “agua rosa”, por antonomasia con el “rubéns/ rubentis” latino. Aguas rojas, doradas, por el fluir del oro en el cauce del río Cubillas y sus pequeñas derivaciones, tal como sucedía en nuestro mínimo, granadino Darro/Dauro. En sus memorias, Luis Seco de Lucena incluye una encendida defensa del nombre de Arquerosa frente al nuevo, más “presentable”, de Valderrubio. Afirma que se ha cambiado “el oro legítimo de la Historia” por “el falso metal” del recato léxico. Si te fijas, el remozado nombre viene a significar más o menos lo mismo que el anterior, “valle dorado”, pero dicho en idioma fino moderno. Ironías de los tiempos: de la misma manera que el decoroso nombre de Arquerosa derivó popularmente en “Asquerosa”, el ideario del común concibió la trepidante idea de que Valderrubio se llama de esta forma porque en dicha pedanía -hoy entidad local autónoma -, se cultiva o cultivaba mucho tabaco que luego era utilizado en labores tipo “rubio americano”. Cosas veredes…
La milicia no es angélica
Octubre 29, 2009 por Literary News
Creo que alguien debería explicarle a la ministra de Defensa lo que es un soldado. Me refiero a uno de esos que desfilaron hace un par de semanas con casco y escopeta. Es cierto que la ministra tiene alrededor, en cada foto, un montón de generales y uniformados varios que podrían explicárselo perfectamente. Pero tengo la impresión de que no se expresan bien; tal vez porque a medida que asciendes, te suben el sueldo y te acercas a la jubilación, uno suele volverse menos elocuente. Con lo fácil que sería, por otra parte, abrirle a la titular del ramo el diccionario de la RAE por la palabra soldado, mostrarle que significa persona que sirve en la milicia, llevarla luego a la palabra milicia y hacerle leer algo que no admite equívocos: (Del latín militia. Femenino). 1. Arte de hacer la guerra y de disciplinar a los soldados para ella. 2. Servicio o profesión militar. 3. Tropa o gente de guerra. Es cierto que hay una cuarta acepción: coros de los ángeles, que lleva como ejemplo la milicia angélica. Pero cuidado. Que no se haga ilusiones la ministra. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.

Lo que no dice el diccionario, desde luego, es tropa o gente de paz. En sentido recto, soldado remite a lo que debe: un fulano disponible para matar y que lo maten en guerras defensivas u ofensivas. Alguien que por patriotismo, obligación, dinero o lo que estime oportuno, está entrenado para escabechar a sus semejantes; procurando que palmen más fulanos del otro bando que del suyo. El lado turbio del oficio –matarife, a fin de cuentas– se compensa con otros aspectos respetables: disciplina, disposición a soportar penalidades y miserias, y el sacrificio singular de exponerse al dolor, la mutilación y la muerte. Hay gente a la que no le gusta ese paisaje, y desde un punto de vista tan digno como su opuesto defiende la desaparición de soldados y ejércitos, en favor de un mundo ideal –y me temo que imposible– donde la palabra soldado sea un anacronismo. Otros, más realistas, admiten que la existencia de soldados profesionales, que sirven de modo voluntario y aceptan los riesgos del oficio, es necesaria en un mundo imperfecto y violento como el nuestro.
En todo caso, la palabra humanitario nada tiene que ver. Eso no corresponde a los soldados, sino a las organizaciones y oenegés adecuadas. A ellas corresponde poner tiritas, repartir agua embotellada y socorrer a los parias de la tierra. Por el contrario, la misión básica de los soldados –considerando la convención de Ginebra y la conciencia de cada cual– es hacer todo el daño posible al enemigo. Matarlo mucho y bien, inspirarle temor y vencerlo, disuadiéndolo de intentarlo de nuevo. Los soldados no fueron ideados para otra paz que la impuesta por sus bayonetas, ni para inspirar afecto, sino temor. Incluso en una misión de paz se trata de pacificar a hostias, si hace falta. Llegado el caso, lo que se espera de ellos es eficacia letal; de un modo compatible, dentro de lo que cabe en su sangriento oficio, con la decencia y la piedad, cuando se pueda. Que maten más y mejor que nadie, de manera que los intereses de su patria natural o adoptiva, o de la paz ajena que defienden, sean respetados por otros. Eso significa eficacia y ausencia de complejos. Por eso, llegados a tales extremos, las palabras soldado y misión humanitaria pueden ser no sólo incompatibles, sino confusas y hasta mortales.

Es lo que ocurre en España. Incapaces de conciliar de modo inteligente la necesidad de un ejército con la tendencia pacifista de la sociedad occidental actual, nuestros gobernantes –eso incluye al Pesoe como al Pepé– intentan lo imposible: unas fuerzas armadas desarmadas compuestas por soldados humanitarios, cuyo objetivo no es hacer la guerra sino la paz, y a los que se respeta más cuando se dejan matar que cuando matan. Esa imbecilidad se desmorona cuando lo real se presenta en forma de mina, emboscada o combate, y las familias largan en el telediario, con toda razón, que nadie les habló de guerra, y que su chico no fue a que le volaran los huevos, sino a repartir leche condensada. Es entonces cuando la ministra o ministro de guardia en esta charlotada bélico humanitaria del Bombero Torero, atrapados en su propia incongruencia, se adornan con media verónica ahuecando la voz y poniéndose estupendos mientras hablan de la deuda que España tiene con los difuntos y difuntas. Haciendo, además, que éstos queden como pardillos, al negarles incluso la palabra guerra; que, por políticamente incorrecta que sea, es la única que explica una muerte en combate. Cuando en un ejército profesional, voluntario, las familias protestan y se dicen engañadas si sus chicos mueren, alguien no se ha explicado bien. O no tenemos soldados, o los tenemos. Y si los tenemos, es para que palmen sin rechistar cuando les toque. No para que la ministra de Defensa –y sigo sin saber lo que defiende– venga a decirnos, con voz trémula y solemne, que acaban de matar a un cervatillo en el bosque de Bambi.

Arturo Pérez Reverte – XLSemanal – 25 al 31 de octubre de 2009
Curso del 63
Octubre 25, 2009 por Literary News
Lo reconozco, soy seguidor del “reality” Curso del 63, uno de esos programas que siempre tratan de lo mismo: se encierra a unos cuantos gaznápiros en cualquier sitio, se les graba mientras hacen lo que saben, o sea, nada interesante, y ya tenemos la audiencia asegurada. La fórmula aburre incluso a los coleccionistas de dedales, pero en el caso que les refiero la cosa cambia, milagrosamente. Me divierto a rabiar.
Pensarán que mi interés por el programa se debe a ese conflicto, horrible al parecer, causado por el encontronazo de veinte jóvenes que se enfrentan a una educación similar -no igual, en absoluto idéntica -, a la de 1963. Mas no se trata de eso. Lo cierto es que los rebotes de la muchachada porque no les dejan llevar sus “piercing’s” ni maquillarse -tanto ellos como ellas -, a causa de la comida que les sirven, los horarios, la obligatoriedad del uniforme, etc, me resultan anodinos. De unos chavales que ponen cara de estupor ante la palabra “batracio”, y preguntan al profesor si es un vocablo español o de por ahí allende nuestras fronteras, cabe esperar que lloren o griten histéricos si les cortan el pelo, les obligan a comer lentejas o les prohíben llevar un aro en la nariz. Todo previsible.
Lo que me fascina de este programa son los padres y las madres que van apareciendo y comentando las vicisitudes de sus hijos en el colegio San Severo. Ellos, sin uniforme ni sujetos a las reglas del programa, son genuinos. Auténticos. Impagables como paradigma del progenitor estragado por su propio desconsuelo, derivado en aparatosa negligencia, ante el hecho irreparable de haber traído un ser humano a este mundo. Son geniales en su ignorancia, grandes en su debilidad, contumaces en el desconcierto con que intentaron educar a sus hijos y, desde luego, hilarantes en las mil argumentaciones, a cual más exótica, con que intentan explicarse cómo es posible que sus retoños sean tan caprichosos, respondones, inestables, impresionables, mal hablados y extremadamente maleducados. Son lo que hay: padres sin criterio que costean e intentan dirigir -de ilusión también se vive -, las vidas de los grandes protagonistas de la niñatocracia española. Son la caña.

“Bastante ha aguantado mi hijo la situación. Si llego a ser yo, le meto una hostia al profesor”, afirma el papá de una de estas criaturas, como resumen de su análisis sobre alguna desavenencia surgida durante la convivencia en el internado. Con padres así, con ese ejemplo y esas drásticas reflexiones, ¿quién se extraña de la violencia escolar y las agresiones a los docentes? Otros progenitores justificaban el que su hijo hubiese abandonado el programa, el primer día, por negarse al corte de pelo. “Sabemos que pierde una gran oportunidad de aprender, una experiencia importante, pero el pelo, para él, es tan importante… es su personalidad… es él mismo”. Vale. Las experiencias pasan y las oportunidades no suelen repetirse en la vida, aunque el pelo vuelve a crecer. Es una lástima que el niño se largara a las primeras de cambio. Esos padres convencidos de que la personalidad de su nene está en el peinado habrían dado mucho juego.

Hay una señora -último ejemplo, prometido -, que me encandila sin remedio. Decir, no dice gran cosa, pero su aspecto resulta maravilloso. Luce unos pendientes como ruedas de tractor, tan grandes que uno es incapaz de fijarse en ningún otro detalle de su apariencia o anatomía cuando aparece esa figura a medio sepultar entre los descomunales aretes. Asevera, bastante conmovida, que su hija siempre ha sido “mú delicá pa la comía”; le parece inhumano que le pongan delante un plato de garbanzos. Lo dice, en serio que lo dice, pero los anillos de Saturno que cuelgan de sus orejas ocultan cada palabra, la convierten en insípida excepción sonora que no altera el estruendo de la performance visual. Pues señora, con esas pintas que usted exhibe, no le extrañe que su hija saga “delicá” para comer y cualquier otra cosa ajena a la contemplación de dos zarcillos -valga el diminutivo -, luciendo intergalácticos en la inmensidad del hogar. ¿Se los quitará para dormir?
En fin, les recomiendo vivamente este programa de Antena 3 -mira, algo en condiciones hacen de vez en cuando -. No se pierdan las desventuras de los padres de los internos en San Severo. Para más risa y rechufla, las películas de Berlanga. A las buenas me refiero, es decir, casi todas las que dirigió hasta el año de “El verdugo”, que fue 1963.
2012
Octubre 23, 2009 por Literary News
No podemos sustraernos a la necesidad de un principio para cuanto existe. Y la experiencia indica que todo lo que empieza, acaba tarde o temprano. El mundo por ejemplo. Nos fascinan las conjeturas sobre el momento más o menos exacto de ese punto y aparte surgido tras la escisión entre ser y no ser, es decir: el acabóse.
El libro de la Biblia (con perdón por la redundancia) más leído, estudiado, analizado y minuciosamente despiezado por numerólogos y cabalistas es el Apocalipsis. Nos interesa más saber hasta cuándo vamos a estar sobre el planeta que el motivo de nuestra presencia en el mismo. Han surgido tantas adivinaciones y adivinos sobre el asunto que uno tiene a veces la impresión de ir esquivando cataclismos como quien escurre el bulto bajo la tormenta, escondiéndose por los portales. Estamos aquí de milagro, lo que nos lleva al principio del problema: si nuestra razón de ser en el universo es una enrevesada ecuación, ¿cuándo se resolverá la última incógnita? ¿Y con qué resultados?
Con este material de partida, se pueden hacer dos cosas. Estrujarse la mollera hasta sentir los latidos del vacío o, en plan mucho más práctico, convertilo en materia literaria y escribir una obra apasionante y divertida, como “2012″, del novelista y artista plástico estadounidense Brian D’Amato. Ah, pero no levante usted la ceja, serio lector de literatura respetable. Ya dijo Julio Cortázar -y lo dijo muy bien dicho -, que lo divertido no es lo opuesto a lo serio, sino a lo aburrido. D’Amato es un autor que tiene la rara virtud de ofrecer a sus lectores el excelente atractivo de la originalidad. ¿Apocalipsis? ¿Fin del mundo? El tema parece sugerente para uno de esos novelones, cualquier best-seller al uso, pero D’Amato no va a conformarse con tan poco; el que quiera saber, tiene primero que aprender, y por eso mismo nos participa su fascinación por una cultura tan antigua, esplendorosa y enigmática como el imperio maya. Y nos presenta, con toda solvencia y osadía, su escalofriante calendario.

Los mayas, que eran capaces de predecir con certeza milimétrica los cambios estacionales, el flujo de las mareas, los eclipses astrales y demás fenómenos maravillosos de la cúpula celeste, utilizaban un calendario tan fiable que establece, con toda solemnidad, la fecha del fin de los tiempos: el 21 de diciembre de 2012.
La efeméride va corriendo por ahí de boca en oído, y el juego ha comenzado: libros, novelas y, por supuesto, una película de próximo estreno se ocupan de la cuestión. La originalidad de Brian D’Amato ha sido, estoy convencido de ello, novelar con brillantez, audacia y no poco sentido del humor un argumento que a buen seguro va a llevar desasosiego a arúspices y visionarios; ha convertido la profecía funesta en un relato ágil, a menudo trepidante, colmado de guiños culturales al lector y muy inteligente en la medida en que tras la lectura de “2012″ (Ed. Vía Magna, para quien le interese el dato), se tiene la impresión de haber asistido a una amable ceremonia de desdramatización. Como dirían los griegos clásicos, tan rigurosos como siempre: una eficaz catarsis. Tal como afirma el novelista: “Yo, por si acaso, no sólo voy aprender a hacer fuego con dos palos, sino que voy a escribir una lista de cosas que quiero hacer a lo largo de mi existencia,… y pienso cumplirlas todas antes de que termine 2012. Sólo por si acaso. Y si no pasa nada, mira, que me quiten lo bailado”.

Mientras el misterio se resuelve, la novela ilustra con una amenidad que es de agradecer sobre múltiples aspectos de la civilización maya, su organización social, ritos sagrados, ceremonias sacrificiales (incluido el destripamiento humano, lógicamente), la importancia que daban al juego de pelota como espectáculo mítico-relgioso y, sobre todo, la manera en que se las arregló una civilización mesoamericana, surgida 2000 años AdC, para componer un calendario tan preciso que incluía en sus marcas la llegada de los dioses blancos, viajeros en grandes naves. Aunque esa es otra historia, como otro es el vaticinio que ahora nos encandila. Porque en 2012 todos seremos demasiados jóvenes para trascender al infinito, acaso la nada. Aunque lo más seguro es que el calendario maya esté equivocado en ese detalle, les anticipo un dato tranquilizador: en la novela de Brian D’Amato, parece ser que el mundo tiene posibilidades de salvarse. Por los pelos, como siempre. Y de momento. Pero posibilidades, haylas.
Hacer patria
Octubre 18, 2009 por Literary NewsUna de las ventajas de ser español es que si no le gusta a uno tal condición gentilicia, puede cambiarla cuando quiera. Se pone de acuerdo con diez o doce que piensen como él, se construye su propia patria y santas pascuas. No van a faltarle ayudas oficiales, subvenciones, apoyo político y lo que sea menester. Y cuidado con criticar estos nobles afanes de nación novedosa sobre la invertebrada Iberia, aunque sea con argumentos rigurosamente basados en nuestro ordenamiento constitucional, el sentido de la Historia y el otro infrecuente sentido, que es, o debería ser, el común. De facha intolerante no bajarán los calificativos. Hacer patria pequeña es progresista, cuanto más pequeña mejor. Pensar en una nación grande… huy, huy. ¿Grande? ¿Libre? ¿Y qué más? Lo dicho: fascistas perdidos.
Aunque siempre pudiera surgir la pega, como diría Cherteston, de que “se deja de creer en Dios y se empieza a creer en cualquier cosa”. Para evidencia, ahí está el ejemplo del nacionalismo aranesista, muy de moda en Internet merced a una desafortunada réplica de Pilar Rahola, zanjando las pretensiones de un animoso grupo de patriotas pirenaicos, negándoles legitimidad y, uno por uno, los mismos derechos que tan vivamente reclama la jacarandosa dama para su nación catalana.
¿Y qué me dicen del nacionalismo leonesista? O mejor dicho, los nacionalismos leonesistas, porque, que servidor sepa, hay cuatro nada menos, un poco constreñidos en tan parco marco geográfico pero eso sí: muy de hacerse notar. Están los de “León solo” y “Villalar, a cagar” -los más sensatos desde mi punto de vista -; los asturianistas, los galleguistas y los -llamémosles así -, leonesistas puros. Estos últimos caballeros, con representación institucional en muchos ayuntamientos, van hilvanando poco a poco, ayudados de su bagaje cultural, su buena voluntad y su inquebrantable amor al terruño, un ideario nacional que alguna vez, en su planteamiento estratégico, nutrirá el alma colectiva del pueblo liberado, felices habitantes de la nueva y radiante patria leonesa. De momento, con el consistorio de la capital como promotor, han lanzado al mundo su célebre Llionpedia, joya del conocimiento universal que define a la lengua leonesa en los siguientes términos: “La Llingua Llïonesa ou “Llïonés” ye una llingua desenvuelta del Llatín Vulgar cun contribuciones d’outras llinguas prerromanas faladas nas provincias hespañolas de Llión, Zamora y Salamanca y nel Distritu de Bregancia en Pertual”. Efectivamente, cualquier lingüista objetivo, no contaminado por el imperialismo castellano, conoce de sobra las lenguas preromanas que se hablaban en la Zamora de aquellos tiempos, concretamente en la comarca de Villalpando que ya apuntaba maneras, y cómo éstas han influido en el actual, pujante y boyante idioma “llionés”. Es el procedimiento habitual: una historia común -zamorana a más inri -, una lengua, una cultura, un territorio y un pueblo. El Generalísimo no inventó nada nuevo. Su error fue írsele la mano en las magnitudes. Demasiada España para tantos preromanos.

Demasiada soltura, igualmente, la de Llionpedia en la definición de algunos fenómenos contemporáneos, como el Holocausto organizado por los nazis y el ejército prusiano-germánico en la segunda guerra mundial. Durante meses, y sin que nadie impugnase este singular punto de vista, el Holocausto fue la manera que tuvo el gobierno alemán de resolver “el problema judío”, causando “unos miles de muertos”. Vaya por Dios… ¿por qué será que a los nacionalismos, cuanto más radicales con más frecuencia, se les cae la “C” y se les convierte en una “Z” más grande que la boina de Sabino Arana?
Andan la fiscalía y el ayuntamiento de León removiendo Roma con Astorga, en busca del autor del artículo citado, para meterle un paquete por apología del exterminio racial. Todo apunta a un concejal leonesista que ya ha anunciado su determinaciòn de querellarse contra quien vuelva a insinuar tal responsabilidad en la tropelía. Me guardaré por tanto muy mucho de escribir su nombre. Cautela obliga. Y lamento dar la impresión de que tiro la piedra y escondo la mano. En llionés, para mayor claridad, se diría “tirar la piedra y esconder la mano”. Al menos eso dice, con toda autoridad, el diccionario en línea de http://paislliones.com. Desde luego, no hay nada como saber idiomas. Para entenderse con gente de todas las patrias.

