¿Qué yo?

Febrero 10, 2010 por Literary News

Europa Press

8/02/2010

“El ‘yo’ ha dejado de ser una experiencia íntima” con las nuevas tecnologías.

“Internet ha potenciado la expresión autobiográfica”. Así lo afirmó en la Universidad de Navarra Anna Caballé, profesora de Literatura Española y responsable de la Unidad de Estudios Autobiográficos de la Universidad de Barcelona. Asimismo, destacó que “gracias a las nuevas tecnologías y a las redes sociales, el sujeto autobiográfico posee en la actualidad un componente muy público”, a lo que añadió que “el ‘yo’ ha dejado de ser una experiencia íntima para convertirse en una carta de presentación”.


Uno lee estas cosas y de inmediato le acuden dos preguntas a las entendederas: en qué mundo vive uno, sin enterarse de avances tan jugosos en el ámbito de los estudios psicosociales; y cómo es posible que fenómenos de tal calibre (la disolución/superación del yo íntimo en el apogeo tecnológico de las redes sociales, cuando se dudaba incluso de que tal yo íntimo tuviese suficiente entidad y capacidad agente como para siquiera expresarse en lo más aburrido de un partido de fútbol de segunda división), se produzcan así como así, apenas sin anunciarse, como la primavera que llega y da la impresión, siempre, de que va a quedarse eternamente instalada en nuestras vidas que despabilan tras el invierno.

No quiero ni pretendo poner en cuestión la autoridad de la doctora Caballé en asuntos tan complejos que incluso pudieran derivar en lo abstruso, pero la cuestión tiene su importancia. El “yo”, como sustrato necesario e insustituible del individuo, es en consecuencia, al mismo tiempo, receptor y catalizador de todos los valores establecidos, fijados y racionalmente desarrollados en las coordenadas que señalan el “estado de civilización”. Conjeturar sobre la cesión de atributos de ese yo esencial, en favor del yo público que se expresa en Internet, requiere (al menos debería), el aporte de una serie de precisiones insoslayables. La primera de ellas. ¿A qué “yo íntimo” se refiere la experta cuando lo reduce a la categoría de expresión autobiográfica en la red?

Quizás se refiera al yo/ego que psicólogos, psicoanalistas y neurólogos llevan un par de siglos indagando, sin haberse puesto de acuerdo todavía en cuáles son sus factores reales de enraizamiento en la percepción natural que todo ser tiene de sí mismo, así como, por afinidad “intuida”, sobre el conjunto de seres, pensantes o no, que conforman la realidad cognoscible, lo que los filósofos llevan tanto tiempo denominando “fenómeno”. Y de ahí a la conciencia como alusión perpetua que nos sugiere la pertenencia del yo a un “suprayo” que se sospecha estrechamente vinculado con el fondo indiferenciado de cuanto existe, sea manifestado (fenómeno), o no manifestado, es decir, pertenezca a los ámbitos, por decirlo de esta manera, del “más allá de las cosas”. Ese yo profundo, cognitivo respecto a sí mismo y el mundo, actúa con eficiente autonomía respecto al individuo, otorgándole la virtud de “conocer” y la desventaja de “saberse pero no comprenderse del todo” en el laberinto de impresiones, unas fácticas y otras de carácter espiritual, que conforman la realidad más recóndita del ser humano. No parece razonable que sea a ese “yo” al que se refiere la señora Caballé. Demasiado azúcar para tan poco café con leche como cabe en una red social.

Si hablamos del “yo social”, puede que nos aproximemos más a lo que se pretende exponer en estas conclusiones sobre la irrupción de las nuevas tecnologías en el propio concepto de individualidad percibida como fenómeno único. El problema estaría entonces, sin embargo, en que no habría gran cosa que “vender” a la publicidad de los medios virtuales. Sería, por poner un ejemplo clásico, como si el más depravado de los libertinos o el más diligente banquero intentase vender su alma al diablo. La baratura de la mercancía hace innecesaria la transacción. El yo social del individuo contemporáneo, generalmente considerado, sufre una degradación, o por mejor expresarlo, una desorientación de tal magnitud que reinventarlo a través de las redes sociales parece tarea tan sencilla, y tan obvia, que el descubrimiento carecería de relevancia y, desde luego, no merecería ser materia de estudio en unas jornadas universitarias como las celebradas días atrás en Navarra.

Por último, es posible y no creo que descabellado suponer que la doctora Caballé, cuando habla del “yo íntimo”, se está refiriendo al yo privado, es decir, al individuo protegido por la confidencialidad de su vida y actos a que todo ciudadano tiene derecho. En tal caso, no estaríamos hablando de un cambio sustancial en la conceptualización de dicho yo, sino en una galana cesión que una serie de insensatos hacen de su privacidad, confiándola a la turbamulta expresiva de medios digitales donde el yo privado deja de ser agredido por la presión y capacidad intromisora de poderes superiores (el Estado sobre todo, aunque no exclusivamente), para diluirse afónico en un guirigay virtual donde todo el mundo tiene el derecho a expresarse, de hecho todo el mundo se expresa y, por eso mismo, nadie hace caso a nadie.

Como última reflexión sobre las supuestas ventajas de ciertas aplicaciones de las nuevas tecnologías en la exposición pública y genuina del yo, parece obligatorio recordar, tanto a la doctora Caballé como a quienes compartan su punto de vista, que la supuesta “potenciación de la expresión biográfica” en Internet, es un camelo en el que han dejado de creer, hace mucho tiempo, todos quienes tienen cierta experiencia en el manejo de navegadores, páginas web, foros, redes sociales, chats y demás ingenios propios de esta modernidad de la tarifa plana. Cualquier frecuentador de estos servicios sabe que los usuarios, por norma (y ciertamente por cautela, además de otros motivos menos confesables), mienten como respiran en dichos sites. No dicen una verdad ni al médico que los atiende on-line. Una cosa es contar y trazar los perfiles de la propia biografía, la que en verdad nos define como individuos reales, y otra inventarse un yo virtual que figure con aceptable éxito en los espacios, también virtuales, de las redes sociales. Desde que Julio Llamazares, por aquel entonces coordinador de Izquierda Unida, le dio unos azotes al rey de España en sus no menos reales posaderas, suceso acontecido en Second Life, hasta el gato de mi vecina sabe que en Internet puede suceder de todo, y que nada de lo que sucede es real. Y si pasa de verdad algo verdadero, no tiene importancia. Las autobiografías narradas en Internet son tan ciertas y por tanto merecedoras de atención, estudio, trazado de perfiles estadísticos y obtención de patrones fiables sobre la conducta, como el aspecto físico de una estrella de Hollywood después de pasar siete veces por la clínica de cirugía plástica. Con una gran ventaja, desde luego: en Internet, conseguir una imagen física más que notable es completamente gratis; sólo se necesita el Photoshop, una fotografía de George Clooney o Nicole Kidmam y un poco de credulidad por parte del respetable. Y de eso mismo, credulidad, hay a espuertas, dentro y fuera de Internet.

Los zapatos no son gratis

Febrero 6, 2010 por Literary News

En los últimos días, unos cuántos amigos bien intencionados me han dirigido este artículo del no menos bien intencionado y desde luego venerable, maravilloso autor José Luis Sampedro, acerca del préstamo de libros en bibliotecas y de las pretensiones de la SGAE de cobrar 20 ctms. de euro por cada uno de ellos, para “compensar” a los autores de esos libros dados en préstamo, gratuitamente hasta la fecha.

No cabe duda de que el sólo nombre de SGAE provoca de inmediato un acerbo rechazo, no digamos su voracidad recaudatoria, sus malos modos, sus abusos de posición dominante ya denunciados en multitud de ocasiones ante la Unión Europea y su Tribunal de Competencia y, para qué hablar, el descaro a veces sonrojante con que los rostros más conocidos de esta sociedad de gestión apoyan mansunamente -por no decir caninamente -, al poder que les llena los bolsillos.

Pero una cosa es la aversión a SGAE y otra hablar en serio y con absoluta sinceridad y algo de ecuanimidad sobre este asunto. Como decía el Código de Hammurabi: Al César lo que es del César y adiós muy buenas.

Reproduzco en primer lugar el artículo íntegro del bueno de Sampedro, y a continuación os doy mi opinión acerca del mismo, o mejor dicho, sobre la cuestión que plantea.

A ver cómo sale.

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POR EL PLACER DE LA LECTURA:

La SGAE (Sociedad General de Autores) ataca de nuevo.

Escrito y firmado por José Luis Sampedro, escritor.

POR LA LECTURA

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido,atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado élsolo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus ‘clientes’ éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque  les servía de guardería.. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a  burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de  libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón  bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del  préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:

a) obtiene algo a cambio.

b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis  intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro

Si estas de acuerdo, pásalo. Por el placer de la lectura

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José Luis Sampedro, por medio de entrañables anécdotas -como entrañable es su persona -, nos convence de que dejar los libros en préstamo en las bibliotecas, públicas o privadas, es un acto tan piadoso, tan honorablemente comprometido con la cultura y su popularización, que todos los autores deberíamos estar muy orgullosos de que nuestros libros estén en las bibliotecas y muy satisfechos de que se presten gratis.

Pero no es mi caso. Ni el caso de muchos “colegas” del gremio. (Escribo “colegas” entre comillas porque en este oficio el compañerismo y no digamos el gremialismo es algo tan infrecuente como el patinaje sobre hielo en Kenia. Otra cosa es la amistad, que por lo general soslaya con decoro los intereses de cada uno, a menos que esos uno [y el otro], sean dos conchabados en la consecución de una canonjía. De todo hay).

A lo que iba.

No es mi caso ni el de muchos porque, para empezar, ya no vivimos en un país rural, de entreguerras, vestido de pana y calzado con chirucas, semianalfabeto, donde el acceso a los libros fuera un privilegio sólo al alcance de las clases urbanas pudientes. No es así, por más que la memoria melancólica de Sampedro reinvente unas condiciones heroicas para el escritor, el lector y los libros que ya no existen. Tenemos una industria editorial muy poderosa que invierte y gana millones y muchos millones de euros cada año en este negocio del libro, poniendo al alcance del lector ejemplares de toda clase, tipo, condición y género, y a precios asequibles para cualquiera (a menos que el tal cualquiera esté dando las últimas del monedero, en cuyo caso, evidentemente, en lo último que pensará será en libros, de librería céntrica o de biblioteca de barrio).

Un libro, un humilde libro de esos que tan santamente se prestan en las bibliotecas y se leen gratis en casa, cuesta menos que unos zapatos, que llenar el depósito de gasolina del coche o la moto, que tomar unas copas con unos amigos, que llevar a los niños al cine, que pasar la tarde en el McDonalds… es más barato que una película en DVD, que un CD, que un videojuego, que las entradas para un concierto, que marcarse un baile en cualquier discoteca, que una tarifa plana de Internet, que abonarse a ver los partidos del Madrid en Digital Plus… y dura mucho más que todo ello, mucho más. Cuando los zapatos estén destrozados y no recordemos ni el título de la película que vimos aquel día, y Digital Plus haya desaparecido e Internet haya pasado de moda… cuando hayamos muerto y nuestros biznietos vayan a la escuela, ese libro, el mismo libro, seguirá ahí, en las estanterías del hogar que corresponda, a disposición de quien quiera leerlo, y nadie se acordará de si pagamos por él una fortuna o cuatro perras. La gente acude al préstamo de libros porque dicen que son caros. Sí. ¿Tan caros? Nunca el ser humano inventó una mercancía tan valiosa, tan útil, tan barata y tan duradera.

Pero es que se da otra circunstancia, más pintoresca todavía. Al amparo del supuesto coste excesivo de los libros, se aboga por su préstamo y se recurre, de inmediato, a la generosidad de los autores para que autoricen gallardamente dicho préstamo. A nadie se le ocurre plantearse que, igual de generosos y en aras de la cultura y su democratización, los empleados de la biblioteca, la señora de la limpieza, el auxiliar de archivos, el director o directora del centro, podrían trabajar gratis, o por un sueldo simbólico. O regalar las editoriales los libros a las bibliotecas, cosa que no hacen, desde luego. O mantenerse los edificios que albergan estas instalaciones igualmente de gorra, gracias al esmero profesional desinteresado de electricistas, informáticos, fontaneros, pintores, albañiles, ascensoristas y restauradores en general. Todo por la causa. ¿No? ¿Por qué no? Anda, que existe un prejuicio (más que absurdo prejuicio, un dañino convencimiento), de que todo el mundo puede lucrarse o beneficiarse del libro excepto su autor. El autor, como debe ser, trabaja gratis, por amor al arte y nunca mejor dicho. Nos encontramos con la paradoja, a menudo cruel si tenemos en cuenta las condiciones de vida de muchos autores literarios, de que nadie pone la menor pega a que las editoriales se enriquezcan exorbitantemente con el comercio de libros, igual que las grande cadenas de librerías, o los comercios más modestos pero no menos prósperos, los distribuidores, los comerciales, los agentes literarios, los profesionales del gremio: editores, correctores, diseñadores, impresores… una ingente industria que trabaja sin cesar y genera riqueza continuamente, de la que se benefician millones de personas al límite de que el erario público sufraga al año cuantiosos fondos que faciliten el préstamo de libros. Todos ganan. Todos obtienen una compensación. Muchos, la mayoría, viven de ello con dignidad. Menos los autores, quienes suministran la materia prima, el contenido, el material consumible de esta actividad que para tantos es su modus vivendi. La imaginación del común ha concebido la pueril idea de que el autor de libros es un señor sin nada mejor que hacer, empleado de alguna Caja de Ahorros, profesor de instituto o algo semejante, con poca faena, que se aburre y escribe por placer en sus ratos libres y se da por bien pagado una vez ve su nombre en la portada del libro. Una satisfacción que es para el ego lo que los phoskitos para el cuerpo: engorda pero no alimenta.

Ya que el Estado, los ayuntamientos y las Comunidades Autónomas se hacen cargo del ingente gasto que supone mantener abiertas miles de bibliotecas públicas en nuestro país, ¿es mucho pedir que a dicho gasto se añada el mínimo (esta vez sí, casi simbólico), de 20 ctms. de euro por cada préstamo que realicen? ¿De verdad alguien, en su cabal objetividad, puede argumentar como escandaloso que los autores aspiren a una compensación (que no “pago”, faltaría más, aquí la cultura no la paga nadie), por el préstamo de sus libros? ¿Algún sector productivo generador de materiales susceptibles de comercializarse presta algo gratis en este país, o en cualquier otro? ¿Qué tenemos en la cara los autores de libros para que la gente piense que estamos poco menos que obligados a cederles gratis el fruto de nuestro trabajo? La respuesta parece desoladora. Debemos tener en el rostro, desde luego, los estigmas más evidentes de la estupidez. Y claro, nos toman por lo que somos: tontos de remate. Pero vamos, que aunque medio lelos, opinión seguimos teniendo. Al menos nos podrían preguntar si queremos que nuestros libros se presten gratis o se cobre un mínimo canon por ello. Sería un detalle. Hablo de un canon que, tal como se contempla, en todo caso iría al bolsillo común de la célebre compensación.

Que la SGAE, a estas alturas y después de muchas décadas de no querer saber nada de los autores literarios, haya olido beneficio y quiera monopolizar la recaudación en bibliotecas, es cantar diferente. Como no hay en España una sociedad gestora común de derechos de autor (lo más parecido es CEDRO, y no quieren saber del asunto para no indisponerse con las editoriales), ellos mismos se ofrecen, tan desinteresados, a llevar el negocio.

Pues más despacio, amigos de la ceja. Una cosa es que un servidor, y muchos servidores, estemos a favor del pago por préstamo en bibliotecas públicas, y otra que nos apetezca que ustedes nos representen en el tinglado. Hasta ahí ya no llegamos. Y no se empeñen ustedes mucho en rematar el negocio de un día para otro porque, seguro, van a encontrar alguna que otra oposición a sus pretensiones. Por dos motivos. Porque si no estaban ustedes a las duras, nada de ustedes queremos saber a las maduras. Y porque, francamente: de ustedes nos fiamos muy poco.

Al tiempo, al tiempo, que guerra hay para todos. Y si no la hay, sin duda la habrá.

Barenboim

Febrero 6, 2010 por Literary News

...no nos obligue a odiar sus conciertos, señor Barenboim

LOS PLIEGOS SIN CORDEL

Contra Barenboim

JUAN MARÍA RODRÍGUEZ

El Mundo, Sevilla, sábado 30 de enero de 2010

Ya van dos semanas que, de remate de cualquier reunión de culturetas, cuando la pesadumbre, la decepción y la rabia han hecho mella tras detallar la larga lista de damnificados por los recortes sangrantes en los presupuestos de cultura, alguien apostilla siempre la hecatombe con esta queja lacerante: “Y, sin embargo, la Junta le sube este año la subvención a Daniel Barenboim otro 60%.” “¡Qué escándalo!”, responde el corifeo como un solo hombre.

Sí, todo se desmorona, en la Consejería de Cultura le han tomado el gusto al hábito de rebañarle 4 ó 5 millones todas las semanas a la olla miserable de sus presupuestos, el afeitado es general y ronda el 30%. Buques insignia como el Maestranza o la Orquesta de Sevilla, abandonados por el Ayuntamiento a un letargo tan inmerecido como estúpido, sufren también las embestidas; festivales señeros como el de Granada tendrán que trampear los veranos como puedan, proyectos emblemáticos como la Orquesta Joven de Andalucía se apagan como tristísimas pavesas y la red de teatros públicos sufre un apagón invernal de una oscuridad tupida y negra; algunos eventos  tienen su cabeza reclinada a los píes del sacrificio esperando que silbe el aire el afilado corte de la cuchilla y los heroicos y pobres editores andaluces, en medio del pasmoso desinterés de los angelicales poetas y escritores a los que todavía no hemos oído clamar protesta alguna –ingenuos: creen, estúpidamente, que el asunto no acabará repercutiendo en ellos– asisten encogidos de pavor a la súbita cancelación de las ayudas públicas a la edición y, efectivamente, mientras el campo de batalla se llena de cadáveres, descubrimos que la Junta aumenta un 60% sus aportaciones a los diversos proyectos que Daniel Barenboim mantiene desde hace tiempo abiertos en Andalucía por una factura anual de unos 5-6 millones de euros. Este biberón de socorro –pobrecillo: Barenboim, ¡como todos!, ha perdido este año patrocinios y hay que nivelarle el presupuesto con la misma teta pública que la Junta está retirando en otros frentes a toda prisa– es, efectivamente, un escándalo indecente y un insulto a toda la comunidad cultural andaluza que lucha contra la crisis en condiciones de precariedad y de miseria.

La estrategia de sacar su factura de Cultura –donde provocaba un escozor muy incómodo– para endosársela a Presidencia con el argumento de que el Diván es un tema “de asuntos exteriores”, es el clásico juego del trilero que ni cuela ni nos consuela nada. Al fin y al cabo, pasta pública: la que no tenemos. Punto. En realidad, no la hemos tenido nunca: ya hace 8 años –lo hemos escrito muchas veces– que Daniel Barenboim es un desmesurado lujo sibarita inexplicablemente sostenido por una comunidad pobre. Pero, bueno, íbamos tirando. Ahora no: ahora su presencia se ha convertido en un fardo y un agravio. Cuando todo lo nuestro amenaza ruina, mantener el capricho de esa presencia dorada se ha vuelto absolutamente intolerable.

El ciclo ha tocado a su fin. El sueño se ha acabado. Todos le agradecemos al señor Barenboim sus mágicos Wagner, Bruckner y Beethoven. A todos nos ha emocionado su quimera de adolescente orquesta intercultural: pero hasta él mismo, con mucha decencia, ha reconocido que políticamente no sirve para nada. Es hora, pues, de recoger los bártulos y marcharse –como el Diván era en su origen: itinerante– con la música a otra parte. Y ahora viene lo bueno: en realidad, esto sólo puede decidirlo él. Nadie con autoridad en Andalucía tiene el coraje de plantarse ante el todopoderoso protegido del secretario de Asuntos Exteriores, Bernardino León y de Felipe González, a los que devolvió el favor declarando a Chaves, que en esto iba de secundario paganini, “el gobernante con mayor visión cultural del mundo”. ¿Repetirá ahora la misma tontería cambiando sólo el apellido? Lo que empezó como una presencia áurea se ha convertido en un yugo férreo y pesado. Me duele mucho escribirlo, pero no nos obligue a odiar sus conciertos, señor Barenboim.

¿Qué me pasa, doctor?

Febrero 5, 2010 por Literary News

Ignacio Echevarría

El Cultural -05/02/2010

(No se molesten en buscar el vídeo en YouTube. “La usuaria lo ha suprimido”).

Días atrás, un amigo me mandó un correo electrónico con un enlace a un vídeo de You Tube y un único comentario: “Inenarrable”. Cliqué, lleno de curiosidad, y me encontré con un vídeo promocional de la novela Presentimientos, de Clara Sánchez, publicada por Alfaguara en febrero de 2008. El vídeo se titula “Clara Sánchez presenta Presentimientos” y en él aparece la escritora con una bata de médico y un estetoscopio colgado del cuello respondiendo a las preguntas que, en una sala de reuniones, le hacen tres jóvenes, supuestamente médicos también. A la pregunta “¿Qué tenemos, doctora Sánchez?”, la escritora responde con una larga tirada hablando de su novela y de lo que con ella se propuso, para, después de un rato, concluir, a coro con sus pupilos, que -mira por dónde- la novela es un best-seller, sí, “un best-seller clarísimo”, afirma, “que va a llegar a todo el mundo”.

Dicho esto, la “doctora” Sánchez invita a sus pupilos a pasar a un quirófano, donde los cuatro, ahora con batas y mascarillas de cirujano, fingen realizar una operación a lo que sólo al final se deja ver que es un ejemplar del libro mismo, de Presentimientos, acerca del cual termina diciendo la doctora Sánchez, entre los enhorabuenas de sus ayudantes: “La operación ha sido un éxito. Está vivo, palpitando, y va a vivir muchos años. Yo creo que tenemos que felicitarnos”. Si el lector de esta columna tiene al alcance un ordenador conectado a la red, no se conforme, por favor, con la descripción hecha hasta aquí y acuda a You Tube (http://www.youtube.com/watch?v=b-5SydE8fYc) para ver con sus propios ojos el vídeo. Constatará que es, en efecto, inenarrable. Que su zafiedad apenas deja margen a la ironía, cualesquiera hayan sido las intenciones de sus autores. Y que, con independencia de esas intenciones, la consternación y la vergüenza ajena que el vídeo produce apuntan a algo que, por frecuente que sea, todavía suscita escándalo cuando se revela con tanta desnudez: la creciente disposición del escritor a actuar como publicitario de su propia obra, pasando por alto todas las cláusulas que el pudor y la educación imponían, hasta no hace mucho, a quien sentía el impulso de hablar bien de sí mismo, tanto más si lo hacía en público. Hace ya varias décadas que Adorno percibió como rasgo característico de los artistas modernos el exhibicionismo a que los empuja la tendencia a “exponerse a sí mismos como mercancías”. Pero el vídeo de la “doctora” Sánchez, como tantos otros, va más allá de esto, dado que no se trata en él de poner en venta la propia imagen o la propia interioridad, que era lo que Adorno sugería, sino de aceptar convertirse uno mismo en propagandista de su propia producción, desdoblándose en mercader a la vez que en mercancía. El de la “doctora” Sánchez está lejos de ser un caso aislado. Estos días circula, también en You Tube, “el primero de cuatro tráilers” (éste sí funciona, todavía), creados por Jorge Carrión para promocionar Los muertos, la novela que le publica Mondadori este mes de febrero. En esta ocasión el autor se ha adelantado a sus editores y ha tomado él mismo la iniciativa de actuar como agente publicitario de su propio libro. El resultado es, ciertamente, menos bochornoso que el del vídeo impulsado por Alfaguara, pero, al amparo de una irónica imitación de los tráilers cinematográficos, el autor se permite en definitiva, amén de otras lindezas, acuñar acerca de su novela eslóganes como “En la era de Matrix, de Facebook y Lost, un relato sin límites: ¿la primera novela del siglo XXI?”.
Ejem.
Carrión pertenece a una promoción de escritores que han descubierto con varias décadas de retraso la intertextualidad, la labilidad genérica, el fragmentarismo, la cultura pop, el mestizaje, el nomadismo y otros muchos aspectos que son invocados últimamente, y saludados, como novedades. Lo específico de estos escritores, sin embargo, no es nada de eso sino el hecho de haberse construido como tales en un medio que potencia, por medio de las llamadas redes sociales, la desinhibición, y disfraza como estrategias de comunicación lo que no dejan de ser, cualquiera sea el circuito considerado, estrategias comerciales más o menos intencionadas.

Que los propios escritores no perciban cuándo se produce el tránsito de una esfera a otra, que asuman entusiastamente el penoso papel de ser voceros de sí mismos, es un indicio elocuente de cómo su propia conciencia artística se halla colonizada por el mercado, cuyas estrategias han interiorizado, y a cuyos dictados, por lo tanto, resultan, lo sepan o no -y se sientan más o menos modernos o innovadores, más o menos alternativos o marginales-, tristemente obedientes.

Naufragio

Enero 18, 2010 por Literary News

Cómo cargarse un grupo editorial

y salir con lana del intento

El corresponsal literario

La máquina de languidecer

Diciembre 9, 2009 por Literary News

Entré en la librería, la única que hay en mi pueblo. El bajo Guadalquivir es pródigo en naranjales, romerías con orquesta y calores de santos mártires, pero no abunda en estas planicies el fervor al papel impreso. Por tradición, bastante hueco acaparan en el imaginario emotivo de los lugareños esos enormes tronos que cada primavera, entre aromas de incienso y flores que exhalan su fragante declinar, flotan en auras de sudor y pasiones al borde de la muerte. La cera derretida en cada espíritu deja poco espacio a los libros.

Entré en la librería, iba diciendo, y decía bien. Entré en la librería única de mi pueblo y solicité la última obra de Ángel Olgoso: La máquina de languidecer.

El librero me observó con súplicas de prudencia urgiendo en su mirada al mismo tiempo que, con un discreto movimiento de cabeza, señalaba a los tres o cuatro clientes nómadas por entre las novedades editoriales. Esperé a que la tienda estuviese vacía.

-Usted me compromete, caballero… -se quejaba con voz de sirena presa en las redes de un barco Pescanova.

-¿Tiene el libro o no?

-Está bien. Sígame.

Abrió una pequeña puerta, disimulada tras el mostrador. Me indicó que caminara tras de sus pasos. Descendimos una estrecha, húmeda escalera, tan iluminada como las más gloriosas noches de difuntos.

-Enseguida llegamos.

En el sótano había un anciano sentado en una silla de anea. Sujetaba un libro en la mano izquierda mientras que con el anular de la derecha ajustaba sus gafas a la prominente nariz. Junto a él, distinguí entre penumbras el bulto de un antiguo arcón.

-Padre… lo creía muerto a usted desde hace muchos años -se asombró el librero.

-Cada vez que bajas a mi sótano dices la misma bobada -respondió el viejo lector -. A ver, ¿qué tripa se te ha roto ahora?

-Este señor. Quiere La máquina de languidecer, de Ángel Olgoso.

-Ah, se trata de eso: un cliente. ¿Lo conoces bien?

-No.

-¿Es de confianza?

-No lo sé.

-Perfecto -afirmó satisfecho el anciano -. Veamos…

Con un llavín de plata que brillaba en la oscuridad como los ojos de un gato emboscado, abrió parsimonioso la tapa del vetusto arcón. No había polvo ni telarañas allí dentro. Un fulgor hipnótico que reproducía con tenaz aliento cada uno de los colores del arco iris, sin ser idéntico a ninguno, manó de aquel hueco donde los susurros de muchas eras antiguas acunaban a la última, impronunciable verdad del misterio.

-Éste no… éste, humm… cuánto tiempo… paciencia -se recreaba el anciano en la búsqueda. Tuve la impresión de que sus manos frágiles se hundían en un magma de oro líquido, el fluido inagotable de las palabras secretas, nunca dichas y jamás desveladas en las toscas regiones del mundo donde nuestros pies estaban aposentados.

-Ahá. La máquina de languidecer -exclamó por fin el viejo lector, dichoso y con orgullo de experto bibliotecario en la sima donde acecha todo cuanto ha de conocerse e, irremediablemente, callarse.

Me ofreció el volumen, un alma rumorosa que temblaba voraz entre sus manos. Leí el título, la contraportada, la primera línea del primer relato. Cuando alcé la vista, el librero había desaparecido. Otro añejísimo lector, guardián del sótano, ocupaba el lugar de quien una tarde de diciembre, muchos siglos antes, rescatase para mí aquel libro de las maravillas que nunca nadie podrá leer más allá de las sombras que preservan de miradas obscenas a la biblioteca subterránea.

-¿Qué tal? ¿Interesante?

No supe qué responder al desconocido. Me limité a sonreír sin demasiado entusiasmo. A pesar del tiempo transcurrido aún no había entre nosotros suficiente confianza para más abiertas efusiones.

-Pues siéntate aquí, a mi lado, y continúa leyendo. Todas las horas del universo son tuyas, nuestras en realidad, mientras tu vista recorra las sendas de ese libro.

He acabado la lectura del primer relato y voy por el tercer renglón del segundo. Durante estos apacibles eones, el mundo y todas las cosas que el mundo contiene se me han revelado en infinitas ocasiones, pero aún no he comenzado a aprender siquiera las vocales del abecedario infinito. Aún no sé nada. Debo seguir leyendo hasta que todos los nombres de todos los secretos comiencen a languidecer.

Aquí, buscándonos la vida

Diciembre 9, 2009 por Literary News

(c)  Nuria Van den Berghe

 

 … y pasando más fatigas que los leones del circo de Ángel Cristo. ¿O es que acaso no recuerdan ustedes las viejas imágenes de los felinos famélicos con apariencia de viejos felpudos apolillados? Pero no hablemos de anécdotas lamentables en estas fiestas navideñas, tan cercanas y con iluminación de bajo consumo. ¿Serán tontas las autoridades? En lugar de poner las ciudades como ascuas para llevar un poco de contento a la población, van escatimando iluminación o, como en los madriles, adornando en plan “progre-laico” con una serie de inventos que, más que adornos navideños, parecen pesadillas, fruto de un mal viaje con tripys.

   Pero todo es relativo, la mayoría del pueblo español echando las túrdigas de rabia ante la ofensiva cristianófoba y clamando por usar y abusar de las consultas populares para según que temas. Porque, las opiniones y el sentir los paren las urnas y no los privilegiados a quienes tenemos la desgracia de tener que elegir cada cuatro años, mayormente porque no hay otra cosa y existe una oferta muy limitada. Pero los Poderosos no quieren referendums ni jodiendas, sino hacer su santa voluntad y si quieren palpar la opinión colectiva encargan alguna que otra encuesta, no vinculante, por supuesto.

   Así, antes los apretones, ciudadanos tibios por tradición, se prenden un pins con una cruz en la solapa. Hoy, para ser contestatario y antisistema postinero, hay que acudir a nuestras tradiciones, reivindicar nuestras raíces y dar lecciones de multiculturalismo y de ansias de integración postulando la existencia de cientos de mezquitas en Occidente y de cientos de catedrales en Oriente. ¡Que bella es la Alianza de Civilizaciones!. Y todos tan felices y tan agustamente en plan de reciprocidad total. Porque, lo que no es reciprocidad es mamoneo. Y, en el fondo y en la forma hay que “buscarse la vida” o si no que se lo pregunten a los cientos de españoles que cruzan la frontera portuguesa para comprar móviles para ellos y por encargo de sus amistades. Hoy por hoy quien “está en la onda” tiene al menos un par de móviles portugueses, de esos del 646.

   Es cuestión de resiliencia, término tan de moda y que viene a definir la idiosincrasia española, nos pueden tratar de doblegar con leyes injustas, pueden vulnerar impunemente precepto tras precepto de la Constitución, pueden poner como burda excusa el terrorismo para usar y abusar del temible SITEL y tenernos a todos perennemente controlados, pueden contar con complicidades para legalizar los controles exhaustivos, pero jamás podrán agotar la inevitable capacidad de ingeniosa reacción de los españoles. Cosa del ADN, así, en condiciones fatales de recorte de libertades y con España entera bajo sospecha, a esta raza nuestra, tan revenía se le agudiza la creatividad. ¿Qué vamos a decir de un pueblo que vio aparecer la primera y la segunda parte de El Quijote? ¿Quién puede parar a los descendientes espirituales de Lázaro de Tormes? Nadie, ni el SITEL ni la última bocaná de los muertos del invento, ni los mismísimos leones desesperados del circo de Ángel Cristo. ¿Qué nos tienen espiados y controlados? Pues a comprar teléfonos portugueses y si el Ministro hace un pitiklín, pitiklín, a su homólogo portugués para que también aplique sistemas de control y de espionaje y obligue a los ciudadanos a dar sus datos para contratar móviles, entonces está el recambio de otros países europeos. Vale, vale, muchos mandan a un enganchao para que compre tarjetas y dé sus datos, pero la gente “puesta”, los profesionales liberales, los empresarios, constructores, promotores, comerciantes y demás “sospechosos” que conforman el tejido productivo de nuestra España, se alargan a Portugal y vuelven alborozados, con espíritu numantino, sintiendo que con “eso” están luchando por una España Libre. Y la lucha por las libertades es incluso más hermosa que la consecución de la ansiada libertad.

   Y a eso se llama “buscarse la vida” porque, hasta los desfallecidos felinos de Ángel Cristo saben y conocen que, cuando nos buscamos la vida es la vida en libertad.

Julio César Vior

Noviembre 22, 2009 por Literary News

Yo nunca voy a olvidar su voz.

Con mi gratitud, y la de Carmen, a Fernando Valverde

La Opinión de Granada

27/10/2009

Julio César Vior

Igual que uno no sabe a dónde va el tiempo que perdemos, nos resulta imposible adivinar a qué lugar irán a parar las personas con las que nos habría gustado pasar más tiempo. El poeta vallisoletano Julio César Vior se nos murió hace unas semanas a los cincuenta y cinco años. Yo siempre lo había visto en las presentaciones de libros y en las lecturas de poemas, en los actos del festival de poesía o en aquellos talleres dirigidos por Miguel Ángel Arcas en los que José Carlos Rosales nos enseñaba a escribir.Lo cierto es que hablamos muchas veces, siempre de poesía, era una de esas personas que circulan por la vida de uno como acompañantes y a los que no se les da la importancia que merecen hasta que somos conscientes de que no los veremos más. “Ha muerto Julio César, llevaba mucho tiempo enfermo”, me dijo un amigo por teléfono a la vez que yo recordaba sus palabras frente a la librería de la Universidad el día de la presentación de ‘Cambio de Planes’, el libro de nuestro común amigo Daniel Rodríguez Moya.

“Ando bastante jodido, Fernando. Me ha agarrado el cáncer y estoy intentando quitármelo de encima”. Aquello se me enganchó al pecho pero estuve seguro de que iba a conseguirlo, de que su insistencia y su constancia, como sucede en sus poemas, iba a servir para acabar con esa maldita peste, para que siguiera abrazado a la vida con la misma pasión con la que lo recuerdo ahora. Pero no fue posible, la muerte se lo llevó hace unas semanas. Entre sus últimos poemas que yo conozco, que forman parte de un libro que se titula ‘La piel de los meses’, hay uno que me gusta especialmente. “Astutos enemigos los días de noviembre”, empieza el poema, titulado ‘Noviembre’, en el que los días se van cargando con pólvora mojada.

“Yo nunca los viví como adversarios”, oigo en la voz quebrada de César, que pasea por los inviernos de Granada y me increpa ahora por no haberla escuchado más veces, por no haberme acercado a una de las lecturas que daba en diferentes ciclos de la ciudad, rodeado de tantos amigos que lo echan de menos. “Por ti, cambié el color / ceniza de este frío mes de muertos”. Julio César, al que deberían haberle quedado muchos años y muchos poemas, no llegó a ver un nuevo noviembre. Podría escribir aquello de que nos quedarán sus poemas, pero no estoy para bromas. “Noviembre desabriga la espalda / de la niebla y envidia nuestros trajes de invierno, / los cálidos recuerdos del verano. Hoy el día es difícil, / crece y se ensancha hora tras hora / como un pulso absorbente y desbocado”.

Fernando Valverde

Cutrerío & Bajunerío

Noviembre 19, 2009 por Literary News

De la justicia del “Tomate” a la justicia del “Sálvame de Luxe”

Nuria Van den Berghe

Texto : En el sur de nuestra preciosa piel de toro, existe la tradición de los corralones de vecinos, ya saben, las casas con galerías de pasillos, en torno a un gran patio central donde vienen a dirimirse todos los asuntos de la comunidad. Los habitantes de los corralones son normalmente personas humildes, algunas familias con menos dinero que las chinches, pero habitualmente se afanan en adornar con macetas el espacio disponible y en verano, con la fresquita, bajan las sillas al corralón y hacen corrillos. No es precisamente el ágora de Sócrates, pero es nuestro, es español, es una tradición y hay que respetarla, porque si no respetamos nuestras raíces nos vamos directamente al carajo.

   Lógicamente no todo es un remanso de paz y surgen disputas y enfrentamientos que se suelen solucionar pegando voces y pregonando a la de enfrente. Así se enriquece el idioma y un lingüista puede captar matices insospechados, de esos que no aparecen en los libros de texto ni en el Diccionario de la Real Academia. ¿Un ejemplo? Bueno, en mi barriada marinera queda algún corralón y yo he oído aullar “¡Me cago en la última bocaná de los muertos del casero! ¡En esta mierda de casa hace más caló que follando debajo ´ un plástico!”. Cosas así. Muy genuinas. Son las corraloneras y los corraloneros potenciando el habla andaluza. Y eso que no reciben subvenciones de cultura de la Junta.

   ¿Qué murmuran con indescriptible altivez? ¿Qué lo que estoy relatando es un cutrerío? Vale. Pero más cutrerío es que se siga permitiendo despellejar a los imputados en los sumarios en los programas del corazón. Eso sí, siempre he dicho y repetido que, si en esta España que a veces hiela el corazón se quiere obtener justicia, hay que acudir a los platós, a vocear y pregonar, a llorar y a contar. Es solo entonces cuando los Poderosos, por mor de la mala publicidad, hacen amago de solucionar los problemas. La Justicia se ha convertido en un inmenso programa televisivo, periodistas avisados para filmar la humillación de los detenidos, detenciones innecesarias de personas a las que, sencillamente, pueden llamar a declarar y en virtud de la declaración detener o no detener, show macabro con idas y venidas de furgones filmados por oportunas cámaras alertadas convenientemente. Y más tarde, el sucesor del “Aquí hay Tomate” como portavoz oficial de las operaciones de ringorrango como Hidalgo, Ballena Blanca o Malaya, en forma del “Sálvame” diario o del “Sálvame de Luxe” donde hace las labores de Presidente de la Sala Jorge Javier Vázquez y de Magistrada Ponente Belén Esteban, más una serie de tertulianos prestigiosos que van de Marujita Díaz a Carmele Marchante haciendo las veces de esos fiscales de los que burlonamente se dice que son “garantes de la legalidad” ¡Para mear y no echar gota! ¡Garantes de la legalidad los fiscales! Oigan, que no estoy de coña, que yo lo he leído en algún lugar que no era la revista “El Jueves”.

   Cierto es también que, las cadenas de televisión deberían apoquinar, declinar el verbo endiñar en primera persona del indicativo y pagar el copyright al Ministerio de Justicia, para vocear en el corralón justiciero y traer a colación temas penales en los que se dilucida sobre vida, libertad y patrimonio de las criaturas y se montan unos juicios paralelos de la hostia, decidiendo a que personaje hay que meter o no meter en la cárcel. ¿O es que no han visto a Belén Esteban pregonando al juez de la Operación Karlos para que meta a la Campanario y hasta al Jesulín a chupar reja y a comer bandeja?.¿Que risa! Aunque a veces hay momentos amargos, como cuando, en todas las televisiones filmaron a los caballos moribundos del alcalde de Marbella, ese que tenía las llaves de las arcas del Ayuntamiento, el preso Juan Antonio Roca, porque el juez torres no dejaba que les dieran de comer ni que les curaran. ¿Qué que le pasó al torres? Nada ¿No ven que a los jueces les juzgan sus coleguitas? Hoy por ti mañana por mí.

   Al corralón judicial le sucede como a una de las dos Españas del poeta, te hiela el corazón de asco y de repugnancia ante la injusticia institucionalizada. O como a la otra España, que te calienta la boca y te desternillas viendo trasportar a presos desencajados y dilucidando el futuro penitenciario de la Pantoja en plan ¡Toma, te jodes! Porque primero, en las televisiones, han contado que, todos a los que detienen poseen buenos dineros y no pasan las fatigas que padecemos el resto de los españoles. Tipo lucha de clases y refocile del proletariado al quemar los palacios de invierno.

   Luces y sombras del cutrerío y del bajunerío. Pero muchas honras se perdieron. Y muchos caballos murieron en el corralón. ¿No sientes, en el fondo pena?.

La conjura de los necios (y de los malvados)

Noviembre 6, 2009 por Literary News

Publicado en La Opinión de Granada, el día 6 de octubre de 2009, fecha de defunción del periódico.

El decano de una prestigiosa facultad de letras norteamericana, en clase de literatura, pregunta por dos alumnos -él y ella -, que no han aparecido en todo el curso: “¿Quiénes son?” ¿Acaso estoy refiriéndome a oscuros espectros?”.
El decano se llama Coleman Silk, personaje interpretado por Anthony Hopkins en la interesante adaptación cinematográfica de la novela “La mancha humana”, de Philip Roth. Y lo que ignora el pobre Coleman Silk es que los alumnos absentistas, a los que irónicamente ha definido como “oscuros espectros”, son “afroamericanos”, es decir, de raza negra. En cuanto la maquinaria inquisitorial de la policía del pensamiento y los nuevos dictadores de lo políticamente correcto se ponen en marcha, por reacción al comentario del decano, la vida de éste se convierte en un suplicio: se le expulsa de la universidad, lo jubilan… y su mujer fallece a consecuencia de una embolia súbita, provocada por el tremendo disgusto. La palabra “oscuro” ha destruido la vida del profesor y ha acabado con la existencia de su mujer. Es el arma con que la asesinaron, el veneno que gente sin conciencia pero atiborrada de buenos principios vertió en el paladar de la víctima mientras dormía. Eso sí, tal como afirma una histérica profesora del claustro, la chica negra que ha pasado el curso sin dejarse ver por clase de literatura, “está destrozada” por culpa de esa palabra: oscuro.


El resto de la historia, compleja, plagada de ambigüedad moral y desazón psicológica, podría haber sido anécdota, añadidos prescindibles al espectacular inicio de la historia. Philip Roth, sin embargo, prefiere abundar en los detalles más espinosos de la ingeniería social norteamericana. Un secreto acallado por Coleman Silk durante toda su vida, el amor por una enigmática mujer a la que dobla en edad y las maquinaciones homicidas del ex marido de ella, completan el entramado de una narración que, como era de esperar en la maestría de Philip Roth, llena de desasosiego al lector/espectador de esta obra; la cual, por cierto, pasó por nuestras pantallas en 2003 y sigue en librerías sin mayor popularidad que el resto de la producción literaria de Roth. Ni falta que le hace, desde luego.
Pero a lo que iba. La única conclusión que cabe tras la experiencia de “La mancha humana”, parece desoladora: ¿De qué sirve esforzarse, sacrificarlo todo -incluida la misma identidad -, en aras de una existencia sin complicaciones, si al final resulta que el mundo está en manos de los estúpidos y los malvados, lo que tarde o temprano nos condena a la perdición?

 Hay una simetría perversa, cruel hasta lo insoportable, en la vida de Coleman Silk. Los prejuicios raciales -es decir, la brutalidad humana -, lo convirtieron en impostor vitalicio; la tirana gazmoñería de los vigilantes de la corrección política acabaron con su carrera y con la vida de su esposa; y la alianza entre un perfecto asesino y la necedad de una psicóloga forense estragada por el buenismo mortífero de los ineptos, dejarán impune su injusto final. Se cierra el ciclo ecológico: las personas normales, sensatas, amantes de su trabajo y empeñadas en perfeccionarse a sí mismas, son depredadas sin compasión por los idiotas y los criminales. El funeral de Coleman Silk se convierte en una horrible escenificación de la hipocresía contemporánea: todo son golpes de pecho, arrepentimiento, alabanzas a su persona y compunción por lo sucedido. Los partícipes en estas exequias saldrán del templo convencidos de ser un poco mejores, cuando lo cierto es que su puntual mojigatería los confirma plenamente como lo que son: una execrable comandita de pérfidos santurrones. Sepulcros blanqueados.
Comenté a un amigo, hace unos días, mi intención de escribir sobre “La mancha humana”. Me preguntó de qué iba la historia y no se me ocurrió otro resumen que este: “Como <La conjura de los necios> pero escrita con mucha mala leche”. No creo equivocarme demasiado. Donde había situaciones hilarantes -en la novela de John Kennedy Toole -, pongan ustedes conflictos sangrantes, indignantes, y tendrán “La mancha humana”. La misma receta para distintos sabores, del mazapán de la risa al acíbar de la iniquidad. Dos sentimientos para una sola impresión: dos obras maestras que brillan y queman a pleno sol en el mundo oscuro de la gente oscura, que es la que manda.